El Negro Morales y el culto a la amistad en el bar La Polémica

Es uno de los puntos de encuentro obligados del departamento, allí se reúnen personas de los más variados ámbitos, para compartir un juego de truco, un trago o un café.

Edición Impresa: lunes, 20 de agosto de 2012
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El Negro Morales y el culto a la amistad en el bar La Polémica

El Negro y su esposa, junto a folcloristas que animan las noches de este bar que nunca cierra.

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Textos: Javier Hernández

Pocas cosas deben haber en Santa Rosa más conocidas que el bar La Polémica, y aunque la comisaría, el municipio o la iglesia le disputen ese asunto, el bar corre con ventaja porque ningún otro sitio guarda la magia de tantas historias ni ha sabido reunir bajo el mismo techo a jueces y bandidos, a políticos y santos, que dejan de lado las diferencias y se sientan a una mesa de truco o a compartir una carne a la olla en algunas de las fiestas que organiza el dueño.

El bar La Polémica o "La Facultad", como lo llaman algunas esposas, por aquello de cuando van a buscar al marido, la mujer sale y contesta: "Ya se fue para la facultad", tiene 70 años de estar en la misma esquina de la avenida San Martín y su dueño, Julio Cesar Morales, es el "Negro" Morales para las miles de personas que lo conocen en la región, y los muchos amigos que tiene en la Argentina y en el mundo, y en eso no hay exageración, como ya se verá.

"Mi viejo, don Cipriano Morales, construyó este bar cuando yo tenía cuatro años, así es que mire si habrá historias acá", dice el Negro, que ahora tiene 74 y está sentado en una mesa de seis, orejeando la suerte de sus cartas; es el cierre de un partido de truco que viene peleado desde el principio y están 14 a 14 en las buenas. Enseguida el partido se define para los adversarios, en un envido ganado con 24 y habrá risas, cargadas y una nueva vuelta de vinos.

El bar no tiene horarios y hasta no hace mucho, tampoco tenía cerradura y entonces, a la hora en que se iba el último parroquiano, se improvisaba una tranca en la puerta con algún cajón de soda: "Tengo suerte, nunca se llevaron nada", cuenta Morales, pero piensa un segundo y corrige: "Bueno, capaz que algún borracho sediento haya entrado por una botella, pero nada más".

El Negro es un tipo desprendido y solidario, que no duda en meter la mano al bolsillo cuando hace falta y sacar unos pesos para el que lo necesita de verdad, aunque jamás en la vida lo haya visto. Y es por los gestos de ese buen corazón que muchos vuelven por Santa Rosa, aunque hayan pasado diez, quince o veinte años, solo para ver al Negro y agradecerle aquella gauchada oportuna. Y así es como ha hecho amigos en todas partes.

"Cuando la gente que va de paso por Santa Rosa tiene algún problema, suelen caer al bar a pedir ayuda. Pasa siempre, porque son los mismos vecinos los que dicen, vaya a verlo a Morales", cuenta Fabián Sánchez, chofer de ambulancia y habitué de La Polémica. Como muestra, un botón: hace algunos días, una pareja de paceños y su bebé se quedaron de a pie cuando pincharon la cubierta de la moto, era de madrugada y no había dónde emparchar la rueda, por lo que fueron a lo del Negro, que sin conocerlos ni cobrar un peso, sacó el auto y los llevó hasta La Paz. Historias similares han pasado con gente de toda la provincia, con puntanos, cordobeses y porteños que se han llevado del bar alguna ayuda desinteresada y amistad.

No hace mucho, un hombre se paró en la esquina del boliche con un cartel: "Negro Morales", decía el papel escrito a mano. Era un canadiense que casi no hablaba español y que estaba recorriendo el continente en bicicleta, cuando se quedó sin plata por no poder usar su tarjeta. Fue entonces a pedir ayuda a un taller y allí le escribieron el letrero y lo mandaron al bar.

Como el Negro no entendía nada fue a buscar a una amiga que sabe inglés y después de un rato terminaron en guitarreada y comiendo chivo en lo de Morales; para el viaje, Mirta, la esposa y compañera del Negro, le preparó unos sanguches y el dueño de casa le arrimó unos pesos. Al año, llegó una carta de agradecimiento desde Canadá y un banderín de Boca, el club de sus amores. Algo parecido le pasó al Negro con un francés que andaba perdido en el pueblo y con unas monjas que recorrían el mundo y que partieron de Santa Rosa prometiéndole bendiciones, también ellas escribieron, desde Afganistán.

El Negro no es millonario y aunque le han ofrecido más de una vez ir de concejal, no hace favores para meterse en política; ayuda y comparte simplemente porque es buen tipo: "A mí, con que al final del día me queden unos pesos para darle algún mimo a mis nietos (Victoria, Cipriano y Martín), ya estoy pagado", dice.

Al bar lo atiende el Negro, pero cuando en la madrugada se va descansar, la posta suele tomarla algún parroquiano de confianza y llegado el caso, a ése lo reemplaza algún otro y así. "Por mi trabajo paso seguido por Santa Rosa y paro en lo del Negro a tomar algo. A veces está, a veces no y a veces lo que uno paga es a voluntad, porque el que atiende no recuerda los precios", cuenta un viajante. El Negro tiene clientes de todas partes y hay casos curiosos, como ese que todos los días va a buscar cerveza fiada, el Negro le da las que pide y anota; una vez al año, justo después de la cosecha, el hombre pasa y cancela toda la deuda: "Se juntan 3 ó 4 mil pesos en cerveza", dice Morales, como si nada.

El boliche no tiene costumbre de cerrar y ni siquiera lo hizo el año pasado, cuando en febrero se le cayó parte del techo por un temporal. Tardó 20 días en arreglarlo y mientras tanto, la gente siguió yendo a jugar y a juntarse con amigos debajo de las estrellas.

"Es un referente de la sociedad y aunque parezca extraño, llegamos a mucha gente a través de su bar", cuenta el comisario Darío Irrutia, jefe de la departamental y cierra: "El que no conoce este bar se pierde un montón de historias y si algún día La Polémica cierra, Santa Rosa ya nunca va a ser la misma".
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