Un paseo por La Salada, la megaferia de la polémica

Al entrar en sus pasillos es imposible no desorientarse ni evitar ser pisoteado por los carreros que llevan y traen mercadería. Cuestionada por su informalidad y sus productos ‘truchos’, es un fenómeno de ventas.

Edición Impresa: domingo, 29 de julio de 2012
Un paseo por La Salada, la megaferia de la polémica

“Punta Mogote”, la mayor de las tres ferias que forman La Salada, tiene 15 mil m2 cubiertos.

Textos: Horacio Aizpeolea - Corresponsalía Buenos Aires

¿Es original el conjunto Nike de Boca que cuesta $ 160? No. ¿El jean Etiqueta Negra, de $ 160? No. ¿Y la camisa Levi’s, de $ 65? Tampoco. El hecho de que estas prendas de prolija confección sean copias de primeras marcas, no disminuye el entusiasmo de las casi 30 mil personas que visitan las ferias de La Salada.
 
Al contrario, el precio de esa prenda de marca falsificada, que cuesta hasta cinco veces menos que en un negocio formal, explica acaso el secreto de un movimiento comercial que lleva a “Punta Mogote” a autoproclamarse “la feria más grande del mundo”. Quién lo sabe. Lo cierto es que este lugar, integrado por 357 socios, es la feria más grande de La Salada y probablemente lo sea del país.

La feria abre tres días a la semana. Los lunes y los miércoles, el movimiento arranca a las 20 y se extiende hasta las 4 ó 5 de la madrugada. Los domingos funciona desde las 6 de la mañana hasta pasado el mediodía, cuando los puestos agotan su stock. La nocturnidad disimula en parte el áspero entorno social donde están emplazadas “Punta Mogote”, “Ocean” y “Urkupiña”, las tres ferias de La Salada, independientes entre sí.

Los nombres responden a los piletones que en los ‘50 funcionaban como balnearios en esa zona. Cuesta imaginar aquellas piletas (una ofrecía aguas termales) hoy: La Salada se ubica frente al Riachuelo, un brazo del río Matanza, por lejos la cuenca hídrica más contaminada del país. Hablamos de Ingeniero Budge, Partido de Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires.
 
A treinta cuadras de allí nació Diego Maradona. Una costanera parquizada el año pasado lleva con su tránsito lento a los micros y combis (los ‘tours de compras’) hacia La Salada. Los trapitos ubican a los autos por unos $ 40, a lo largo de la ribera. En enero, una feria aún más informal que La Salada fue desalojada a los palos de la costanera. Ahora, los gendarmes patrullan la zona.

Sin carteles, sin allanamientos

“Punta Mogote” ocupa 15 mil m2 cubiertos. Un sector fue techado hace tres años. Sobre ese techo de hormigón se estacionan unos 80 micros. Es inevitable mirar para arriba y rezar para que la estructura aguante. En el estacionamiento, apenas bajan los compradores de los tours, empieza la acción: un hombre ofrece dos almohadas por $ 40. A las dos horas vendió 30 pares.

Desde el estacionamiento, dos escaleras mecánicas (se colocaron el año pasado) llevan al interior de la feria. No hace frío. Un sistema de calefacción se extiende entre las vigas de cemento pelado. Unos 2.300 puestos distribuidos entre pasillos angostos esperan a los visitantes.

En la recorrida, desorientarse es inevitable. “Deberían poner carteles indicadores”, propone con ingenuidad este cronista. “Los sacaron porque permitían identificar mejor los puestos de marcas falsificadas y facilitaban los allanamientos”, explican.

Caminar por los pasillos implicará una alta posibilidad de ser pisoteado por los carreros. Por $ 20, estos llevan y traen mercadería. Tienen prioridad de paso, por prepotencia misma. Es un código que nadie discute. Los compradores, a su vez, cargan bolsos o los changuitos hogareños de dos ruedas. Quien pretenda evitar empujones, que no vaya.

“Toque la calidad de este sweater de hilo”, invita Marce. La mujer, junto a su esposo e hijo, tiene un puesto (un cubículo de dos por dos) en “los lugares nuevos”, como se llama la parte techada hace poco. “Lo vendo a $ 130. Pero si no le pongo ‘Tommy’ (Hilfiger) no los vendo. La gente busca marcas”. Cuenta que le saca $ 13 de ganancia. Muestra luego una remera (de algodón mullido). “Mire qué calidad. La vendo a $ 60. Le saco $ 12 de ganancia”, sigue.

Marce explica que el secreto es vender cantidad: “El que más gana es el comerciante que nos compra a nosotros y le pone un precio tres veces mayor en su comercio”. Muestra también la boleta de monotributista. “Estamos inscriptos, si no no podríamos comprar las telas o pagarle al taller que nos hace las prendas”. Dice que ese taller donde compra los sweaters pelados que luego transfomará en una marca multinacional, “es el mismo donde compra la exclusiva marca Lago Puelo”.

Hace once años que vende en “Punta Mogote”. El alquiler del puesto le sale $ 350 por día de feria (los más precarios se alquilan a $ 300). Las ventas (mayoristas o minoristas) son siempre en efectivo. Es excepcional el uso de tarjeta de crédito o cheque. Vendedor y comprador, además, rara vez se piden facturas.

Copias y bajos precios

Todos los puesteros saben qué implica infringir la Ley de Marcas: “Secuestro de mercadería, clausura del puesto y Comodoro Py (donde están los tribunales federales). Nos jugamos”, admiten.

Tommy Hilfiger, Penguin, Lacoste, Adidas y Nike, Etiqueta Negra, Tucci, Columbia, Lotto, Kevingston, Patagonia, GAP. Según la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came), en La Salada se infringe la ley con unas 70 marcas. Hay copias muy buenas y otras muy malas.
Las zapatillas, reconocen los mismos puesteros, “son muy complicadas de copiar”. Un par de Adidas se consiguen a $ 60. De lejos, se nota que son truchas. No tienen la calidad de confección que llega a alcanzar la ropa. Se calcula que 40% de los puestos ofrece ropa plagiada.

En “Punta Mogote” se afirma que el secreto de los bajos precios reside en que la mercadería es fabricada por “una economía familiar”. Del taller sale directo a la feria, sin intermediarios. La Came replica: esos “talleres familiares” funcionan con mano de obra ilegal, no pagan cargas sociales ni otros impuestos. Son pequeños espacios donde familias, muchas de inmigrantes (los peruanos tienen fama de expertos costureros), se hacinan, turnándose entre la máquina de coser y una cama. Ojo: marcas como Kosiuko fueron denunciadas por esta cuestión.

Tonke es una de las marcas bonaerenses lícitas que tiene uno de los puestos más grandes (no más de 4 metros de mostrador). Fabrican en Laferrere ropa colegial deportiva. Los precios van de los $ 27 a los $ 78, según el talle. Buena calidad de friza, se ve. “Entre otros, le vendemos a un colegio de Mendoza que luego ofrece los conjuntos al doble de precio”, cuenta el vendedor.

También venden a Brasil. Enfrente, de un local cuelga un conjunto Adidas para niños a $ 30.
Hay otras curiosidades en oferta. Un puesto precario (apenas una mesa) con dispositivos para defensa personal: un aparato del tamaño de un teléfono móvil suelta ruidosas descargas eléctricas. A $ 220. “No mata”, aclara Pedro. “Esto es gas pimienta”, dice y señala un tubo que sale $ 70.

La feria tiene una agencia de vigilancia. Dicen que son 70 custodios. Andan con handy. Las “mecheras” son la presa buscada. Y los bolsos de compradores distraídos, a su vez, el botín buscado por aquellas. En la planta alta, cerca de la administración y sin acceso al público, hay un gran salón. Una veintena de mujeres están sentadas en el suelo, otras paradas. Miran aburridas. “Son mecheras -dice un custodio-.
 
Las metemos acá hasta que termina la feria y luego las soltamos”. Las mujeres aceptan el encierro: prefieren que las pillen así, a que las envíen a una comisaría y les abran una causa. Otro día de feria irán por la revancha.

Las noches de lunes y miércoles concentran a los compradores mayoristas. El domingo a la mañana, el paseo se vuelve familiar. Este centro de la informalidad nacido en 1991 y que explotó hace diez años, donde conviven esfuerzos familiares, marcas truchas y legales, evasores y pillos con emprendedores abnegados, está lejos de agotarse.
 
“Punta Mogote” proyecta la construcción de un patio de comidas, a la vez que se está ampliando otra planta para duplicar la cantidad de locales. “En unos años seremos un shopping”, arriesga un puestero. Mientras, ya se habla de extenderse a Mendoza, Córdoba y Miami.
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