“Recibí mejor trato de los ingleses que de mis superiores”

Con 20 años, este mendocino, Gustavo García,formó parte de la Compañía B del VII Regimiento de Infantería que combatió en las Islas. Relata sus padecimientos y cree que el “azar” determinó que siguiera vivo. A él se suman las voces de otros compañeros.

lunes, 02 de abril de 2012
“Recibí mejor trato de los ingleses que de mis superiores”

"Habían explosiones por todos lados, disparos, gritos y corridas" (Luis Amieva / Los Andes)

Por Javier Hernández - jhernandez@losandes.com.ar

La noche anterior a la de los primeros combates, el soldado Gustavo García cenó unas tripas que encontró entre los yuyos. Del resto del animal no tuvo noticias, pero comió con ganas porque en esos días solo había probado una sopa y llevaba adelgazados 15 kilos desde que llegó a Malvinas.
 
El hambre le hacía doler la panza y la cabeza y comió entusiasmado; después, con el tenedor rascó el fondo de la lata donde había cocinado. García dice que aquella precariedad era común en la tropa que defendió las islas a mediados del ’82; ese 7 de junio cumplió los 20 años y a modo de festejo, un oficial “lo bailó” toda la mañana y más tarde, con mucha “mala leche” le anticipó:
 
“Sepa milico, que usted vino aquí a morirse”; fue por ese maltrato y también por el hambre, por el frío y por las alucinaciones de ver al enemigo arrimarse cada noche en que le tocaba hacer guardia, que unos días más tarde, cuando finalmente llegó el combate y las balas enemigas comenzaron a silbarle junto a las orejas, que García se sintió aliviado y casi feliz de que todo aquello fuese a terminar de una vez por todas.

El hombre cuenta que los tomaron por sorpresa, que el combate comenzó a las 10 de la noche, que pelearon durante más de cuatro horas y que prácticamente no se veía nada, como ocurre cuando uno no tiene con qué alumbrar la oscuridad.
 
“Habían explosiones por todos lados, disparos, gritos y corridas. Yo tenía al enemigo al norte y también al oeste, pero en algún momento me encontré disparando hacia atrás, hacia mis compañeros, porque desde allí recibía tiros".
 
"¿Cuántos argentinos murieron por nuestras propias balas? Vaya uno a saber; la guerra es un caos donde vivir o morir es una pura cuestión de suerte”, dice García, que hoy tiene 49 años, pero que entonces era solo un pibe con un fusil y dos granadas en la cima del monte Longdon, donde el 11 de junio se libró la más brava de las batallas que hubo en Malvinas.

“La guerra es azar puro -insiste- porque mientras yo me salvé de morir media docena de veces, hubo compañeros que cayeron apenas asomaron la cabeza”.

El hombre es ingeniero agrónomo, docente y cinta negra en karate. Dice que de Malvinas volvió muy mal, paranoico y depresivo y que salió adelante gracias a sus padres y a su novia, Zulma, con quien más tarde se casó y tuvo cuatro hijos.

“Como prefiero la soledad, con mi familia vivimos en una zona rural; de la guerra me quedan algunas fobias y tengo mis días malos, pero tuve suerte porque otros se suicidaron o siguen viviendo en combate creyendo que el enemigo ataca cada noche. Es muy jodido y yo no los juzgo”, dice, y cuando habla de la guerra, le tiembla la voz y su cara nunca decide si quedarse en una sonrisa o salir de ella.

-¿Puedo decir malas palabras?

-Supongo que sí.

-Resulta que aquella tripa que me comí estaba podrida y en pleno combate me agarró diarrea; en un momento me agaché por los retortijones y una bala pegó encima de mi cabeza. Siempre digo que me salvé cagando -cuenta ocurrente, y vuelve a aquello de que en la guerra hay que tener suerte para no morirse y me convence de que es así.

A la mañana siguiente lo tomaron prisionero. García había sido parte de la compañía B del VII Regimiento de Infantería. Del grupo de valientes que intentó parar con el pecho a la furiosa arremetida del regimiento de paracaidistas ingleses, de los 64 soldados que la formaban, solo 17 quedaron vivos: “Recibí mejor trato de los ingleses que de mis superiores”, asegura.
 
De Malvinas, el hombre guarda tres medallas en algún cajón, no tiene fotos y perdió los pergaminos que le dieron; en una de esas chapas, el Congreso asegura que su portador es Héroe de la Nación.

-Tal vez lo sea, pero el país está lleno de héroes a los que no se reconoce, gente honesta que trabaja o estudia y que sale a poner el cuerpo todos los días.

Otro caso

Siete de cada diez soldados que llegaron a Malvinas fueron simples conscriptos y Vicente Molina (49) estuvo entre ellos. "Yo hacía la colimba en la Marina y un día nos llevaron al Sur y de ahí a Malvinas; fue así, de rompe y raje y casi sin instrucción. Llegué el 2 de abril, el mismo día de la ocupación, y estuve hasta que no quedó otra que rendirse”, explica Molina, un empleado municipal en La Paz que durante la guerra formó parte de la logística de llevar pertrechos y alimentos de acá para allá.

-Éramos unos pendejos (sic) que nunca recibieron instrucción militar. Sin ir más lejos, yo tenía una granada en mi equipo, pero nadie me enseñó a usarla. Supongo que no me reventó encima de pura casualidad.

Molina sabe que no se repartió entre los conscriptos todo lo que había para darles y aunque no hace falta que lo explique, aclara que no fue su culpa: “Había galpones llenos de comida y a los muchachos no les llegaba, pero yo no tuve la culpa; era triste ver cómo muchos iban a buscar algún pedazo de pan duro a la ‘chanchera’”, recuerda, y cuenta que la ‘chanchera’ era un enorme basural.
 
Como ex combatientes García y Molina reciben una pensión que ronda los $5.000 y reclaman, como tantos otros, por los primeros diez años de posguerra en los que no se los tuvo en cuenta: “Entre 1982 y 1992 no hubo pensión y es por lo que luchamos”, coinciden.

 También están de acuerdo en que veterano de guerra es aquel que pisó Malvinas, el que pasó hambre y frío, el que durmió metido en un agujero mojado y que tuvo miedo, el que volvió medio loco o tullido, y dice que ese título no le cabe al que “simplemente fue movilizado al Sur del país y quedó en el continente durmiendo calentito en un colchón”.

El testimonio de un “movilizado”

Pablo Rodríguez tiene 48 años y en el ’82 fue soldado y estuvo en Río Gallegos. Parte de sus recuerdos sobre Malvinas son una hipótesis y dice en potencial cosas como “podría haber sido llevado a la isla” o “podría haber combatido”, pero lo cierto es que eso no ocurrió y el hombre admite algún grado de diferencia, aunque asegura que también sufrió la guerra: “Fuimos miles los movilizados a defender las costas porque el peligro de que los ingleses atacaran el continente siempre estuvo; todo el mundo recuerda eso”, asegura, y subraya mirando a los ojos: “Somos los verdaderos ninguneados de esta guerra y necesitamos que de una vez se reconozca nuestro aporte”.

-¿Y cómo sería eso?

-Con una pensión de veterano ¿Qué otro modo queda a esta altura?

Puro coraje

Osvaldo Rallo (52) fue cabo segundo en Malvinas y, como muchos de los que combatieron, cree que la guerra podría haberse ganado: “Coraje no faltó y nosotros estábamos en tierra, que es una posición inmejorable; es cierto que tenían superioridad en armamento, pero el problema grave fue que se tomaron algunas decisiones equivocadas”, arriesga, y cierra: “Faltó coordinación en las órdenes y una estrategia conjunta de las distintas armas. La guerra se perdió pero no fue culpa de quienes combatimos”.

Más notas de esta sección
  • "An argentine soldier known unto God"

    "An argentine soldier known unto God"

    Pasaron 30 años y aún no se sabe quiénes yacen bajo 123 cruces blancas en el cementerio Darwin, en Malvinas. Recién ahora comienza a hablarse de una identificación. Los familiares nunca pudieron saber dónde estaban sus muchachos.

  • Una carta formidable que no se usa

    Una carta formidable que no se usa

    “El derecho de autodeterminación lo tienen los pueblos, y los habitantes de Malvinas, según la Argentina, no constituyen un pueblo distinto del británico: son parte de él”.

Copyright 2010 Los Andes | Todos los derechos reservados