El problema no es el original sino los clones. Las copias desteñidas -cuando no directamente malas- de lo que alguna vez fue gracioso, revelador o ambas cosas.
La mal llamada “incorrección política” -que, en su versión más conocida es el equivalente mediático de aquel cuya especialidad consiste en tirar cohetes en los velatorios- abunda en ejemplos. En televisión, por caso, son varios
-muchos, demasiados- los programas cuyos integrantes trabajan de ocurrentes y, lanzados hacia el podio de la viveza catódica, no dudan en apuñalarse en cámara con tal de tener el mejor remate, la frase más “jugada”. ¡Vieran lo audaces que son frente a los caídos en desgracia anche políticos de cuarta línea! ¡Lo picaruelos que pueden llegar a ponerse frente a los personajes (y personas) puching ball!
Repasemos: en la Primavera de los incisivos, todos querían ser Michael Moore o, mínimo, hacer CQC. Más tarde, el faro fue la revista Barcelona, a la que le creció alrededor una asombrosa tiara de fanzines renacuajo. Lástima que si en algún lugar la copia made in Salada se paga carísima, eso es en las tierras de la Incorrección Política, allí donde el rebelde de segunda oleada nunca llega a rana. Será que calca la forma, nunca el fondo, y desde allí sale a “provocar”. Esto, en su módico diccionario, significa burlarse de los sueltos, de los que nunca son patota.
De las minorías, cuanto más “mínimas”, mejor. Travestis, viejos, tullidos, todo viene bien para jugar al Rambo ideológico. Hasta que, un día de esos, el joven inconformista estira el elástico al máximo. Y lo rompe. En marzo, un joven escritor publicó una columna del tipo provocador en contra de un grupo de mujeres que denuncia el acoso callejero. En la última línea, rebeldía total: anotó una guarrada -según él, graciosísima- dirigida a la líder del grupo. Después, lo de siempre: el escándalo, las voces a favor, las tibias disculpas, la nada. Paz en la laguna.
Días atrás, cuando a otro joven rebelde se le antojó que el parecido fónico entre ghetto y Ghetta (el apellido de un DJ) tenía tanto “punch” que justificaba una tira cómica sobre los campos de concentración nazis, otra vez sopa. El “chiste” (menos racista que malo a secas, menos discriminador que idiota e inoportuno) reinició la secuencia de siempre: el escándalo, las voces a favor, las tibias disculpas, la nada. Y, en cada oportunidad, la misma triste comprobación: lo corto de la mecha rebelde.
Porque no bien comienza el griterío, el vitriolo se hace Nesquik. Los punk se alisan la cresta, se enderezan la corbata. Dicen tener un amigo judío, un empleado negro en blanco y hasta una esposa mujer. Piden luego perdón al amable público, a las sagradas instituciones, a los generosos anunciantes y a todos los que los conocen.
Arguyen -raro, con lo vivos que son- que nunca imaginaron que sus acciones pudieran molestar tanto. Un chiste, ¿vieron? Pobres, la rebelión los abandona tan rápido como el mal desodorante y ni siquiera amagan a defender eso que ayer nomás publicaron encantados.
Puro error de cálculo: el doble salto mortal que debía depositarlos en el estante de los más locos del condado terminó en cabeza partida.
Mejor dicho, en un doble milagro. El primero es que se vuelven dobles, sólo que ahora de Ned Flanders. El segundo es que, por primera vez en sus alocadas vidas, puede que logren hacer reír a alguien.