Estilo

Murió Spinetta

Perfil de un genio

El Flaco falleció ayer tras luchar contra un cáncer de pulmón que le habían diagnosticado el año pasado.

jueves, 09 de febrero de 2012

Con la muerte del ‘Flaco’ se extingue un microcosmos único de música y poesía cuya luz, sin embargo, seguirá brillando por siempre. Quedan los discos, claro, pero también una actitud intransigente frente al negocio, la pauperización del arte y la banalización cultural. Porque Spinetta siempre peleó, con discreción pero con firmeza, contra las convenciones a las que un músico debía someterse.

Esas convicciones también tiñeron su partida: ahí donde cualquier celebridad hubiera puesto un agente de prensa para informar sobre su estado de salud, Luis eligió batallar contra su mal lejos de todo bullicio. En silencio, al margen de todo. Del mismo modo en el que pergeñaba sus discos.

Si bien empezó como cancionista psicodélico al frente de Almendra, a fines de la década del ‘60, la carrera de Spinetta siempre desafió sus propios estándares y esgrimió un lirismo generado a partir de la expansión de la percepción. Por caso, su primer gran éxito, “Muchacha ojos de papel”, recicló el surrealismo de André Breton en el afán de buscar una vuelta al imperio de la música beat.

Desde entonces toda expresión “spinetteana” se ajustó a ese desajuste sensorial. Entonces en su obra las serpientes viajan por la sal; los duraznos sangran, los atolones se sublevan, los paquidermos se galvanizan, la canción llega hasta al fin, el sorgo alcanza dimensión bursátil, un tren se convierte en la “fucking Gioconda”.

En suma Luis Alberto Spinetta sostuvo en el tiempo, y ante cualquier circunstancia, el mandamiento de “la imaginación al poder”. Otro detalle del lirismo de Spinetta está en la omnipresencia de las musas. En muchas de sus canciones hay un “ella” al que se le debe cierta redención o, simplemente, se convierte en objeto de un amor inextinguible. Es así desde “El blues de Cris”, de Pescado Rabioso, hasta el más reciente “Perdido en ti”.

Ese tácito femenino se enfocó en los últimos tiempos en la madre tierra. Lean lo que dijo Spinetta al periodista Santiago Ramos en 2009: “En general son productos de mi imaginación, pero como siempre es lindo cantarle a la mujer, hay que encontrarle otro nombre. Por ejemplo, en mi nuevo disco, que no sé si se va a llamar ‘Espuma mística’ (finalmente se editó como ‘Pan’), hay un tema titulado ‘Proserpina’, que es nombre de mujer también. Pero no se trata de una novia imaginaria. Proserpina es la diosa de la fertilidad en la tierra, la que nos provee las cosas tan impresionantes que podemos producir en nuestro suelo”.

Así como en pleno ejercicio surrealista unió el término “prosperidad” con Argentina para obtener Proserpina casi al cierre de la década pasada, en los primeros ‘80, aludió a la desaparición de Maribel como un sueño en el que, al partir, se encuentra una brisa enorme de libertad.

El trayecto

Spinetta nació el 23 de enero de 1950 en una familia de clase media del barrio porteño de Belgrano. Su padre era un cantor de tangos aficionado y acaso haya sido su influencia el disparador de su amor por la música.

Almendra fue el grupo que armó con compañeros de secundaria (Emilio del Guercio) y amigos del barrio (Edelmiro Molinari y Rodolfo García). Pescado Rabioso, un intento por alinearse al rock furibundo de Hendrix para el que usó la base de un Pappo’s Blues (Black Amaya y David Lebón) que ya había allanado el asunto de los ‘vúmetros a mil’. Invisible fue un trío fascinante, que llevó el ideal de fusión a un nivel cósmico. Para entonces, también usó una base de Pappo (Pomo y Machi Rufino).

Luego vino Spinetta Jade: un experimento jazz-rock, con varios discos editados, con el que trabajó con varios pianistas-tecladistas (Juan Del Barrio, Leo Sujatovich, el fallecido Diego Rapoport) y bajistas con groove (Beto Satragni, Frank Ojstersek, el cordobés César Franov, Paul Dourge).

Más cercana en el tiempo está su última experiencia grupal: Los Socios del Desierto, un power trío con el que logró reinstalarse en la década de 1990. Entre todas esas experiencias, claro, hubo lugar para una carrera solista sinuosa y alucinada, que tiene cimas compositivas como “Artaud” (1973), disco concebido por las suyas pero editado como de Pescado Rabioso y que fuera proclamado en todas las encuestas como el mejor disco del rock argentino de todos los tiempos, y como “Kamikaze” (1982), una delicia acústica en la que se permitió incluir una zamba, “Barro tal vez”, compuesta a sus tiernos 15. La letra de esa canción resume los propósitos estéticos de Luis Alberto Spinetta: “Si no canto lo que siento, me voy a morir por dentro”.

Carácter insular

Spinetta fue un músico popular pero no masivo. El acceso a su obra exigía de parte del público un compromiso interpretativo enorme, que dejaba afuera a todo aquél que buscara algo más asequible. Ahora bien, el que accedía, por la razón que fuera (encantamiento espontáneo, subyugación poética o ambas cosas después de aceptar la sugerencia de un amigo), se convertía en incondicional. El carácter insular de su expresión hacía sentir especial a todo aquél que conseguía atraparla, como parte de una logia cuyo fin último era flashear, abstraerse de todos los males de este mundo.

Spinetta era el antídoto contra esos males. Pero su poder sigue intacto. Porque hay cosas que la muerte no puede vencer. Además, un guerrero no detiene jamás su marcha.







Germán Arrascaeta - LVI

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