martes, 07 de febrero de 2012
La Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol (Iffhs) elaboró un ranking con los mejores entrenadores del sigo XXI, y Argentina tiene un representante dentro del top ten. Marcelo Bielsa, quien actualmente dirige el Athletic Bilbao, figura en el puesto número 8 de la lista que tiene a Alex Ferguson como el más destacado.
El ranking, elaborado en base a los mejores 20 técnicos de cada año desde 2001, reúne tanto a los que dirigieron selecciones nacionales como a los que estuvieron al frente de clubes. Con Ferguson a la cabeza por su gran trayectoria en el Manchester United, el podio lo completan el francés Arsène Wenger, actual DT del Arsenal, y el portugués José Mourinho, quien dirige al Real Madrid. En tanto, Josep Guardiola, campeón de todo con el Barcelona, está en el 22° lugar.
Por otra parte, hay varios argentinos que figuran entre los 100 mejores. Además de Bielsa, quien dirigió a la Selección Argentina y a la selección de Chile, aparece Carlos Bianchi en la 24° posición, tres lugares por encima de José Pekerman. Más lejos, aparecen Gerardo Martino y Héctor Cúper, en los puestos 37° y 42° respectivamente, mientras que Alejandro Sabella, hoy al frente de la Selección, quedó en la 47° ubicación.
Mourinho, el DT “hooligan”
Sus logros en el fútbol son lo de menos. Lo realmente asombroso es cómo en los 20 meses desde que José Mourinho asumió el cargo de entrenador del Real Madrid se ha convertido, de lejos, en el personaje más polémico de España. Posiblemente nadie haya provocado más división -más repulsa o más fanática adhesión- desde tiempos de Franco. No da la sensación de amar el fútbol en sí, a diferencia de Guardiola, Ferguson o Valdano. Los cuatro años que vivió en la capital británica, como entrenador del Chelsea, fueron otra cosa.
Mourinho tiene todo en sus manos -sin excluir un salario básico de 10 millones de euros anuales- para ser una persona dichosa y universalmente admirada. Pero el hombre se complica mucho la vida, o quizá sea víctima de una personalidad Jekyll y Hyde. En casa, con su familia, no hay motivos para dudar de que sea alegre y cariñoso. Pero la cara pública es la de un personaje permanentemente iracundo y resentido que ve enemigos por todos lados. No es paranoia, porque enemigos sí tiene. Pero los tiene en gran medida porque se los ha buscado.
Sus declaraciones, e incluso sus gestos, parecerían estar sistemáticamente diseñadas para generar antipatía en un amplio sector de la población. El otro sector, el que está con él, lo adula en buena medida por el antagonismo que ha generado en los demás. Uno o está con él o contra él.
¿Cómo se explica? Principalmente, por la monumental prioridad que la afición madridista le otorga a la rivalidad con el Barcelona. Se fichó a Mourinho ante todo para que bajara al campeón de casi todo de su pedestal, pero lo que pasó la semana pasada -el desencadenante del enfado sin precedentes que provocó- fue que, una vez más (de los 10 partidos que los ha enfrentado desde la llegada de Mourinho, el Madrid sólo ha ganado uno), el equipo catalán triunfó.
Nada nuevo ahí, pero lo que inflamó a la afición fue la manera -y las maneras- con la que se perdió. Fue, en resumen, la gota que colmó el vaso. Porque lo que se entiende ahora con más claridad que nunca es que hacía ya tiempo que muchos aficionados del Real Madrid albergaban dudas sobre su entrenador.
Ha habido como consecuencia un inesperado acercamiento entre los antimourinhistas y los que, por un sentimiento de lealtad o por no querer dañar a su equipo, decían apoyarlo. Hubo muchas "gotas" acumuladas antes de la semana pasada, muchas que aquellos madridistas apegados a aquel concepto de "señorío" con el que se gusta identificar al club se vieron obligados a tragar. Las raíces del problema se pueden trazar a la derrota del Madrid por 5 a 0 contra el Barcelona en su primer encuentro de la era Mourinho. Fue a partir de ahí que Mr. Hyde se destapó.
Las primeras señales se detectaron en los malos tratos hacia determinados individuos, como su antecesor en el Madrid, Manuel Pellegrini, cuando declaró que nunca trabajaría en un club como al que se había traspasado, el Málaga (de paso, insultó a toda una ciudad); como Manolo Preciado, el españolísimo y muy querido entrenador del Sporting de Gijón, que respondió que Mourinho era "un canalla"; y, lo peor, Jorge Valdano, el director general del Real Madrid, antiguo jugador y entrenador del equipo y además campeón del mundo con Argentina, al que despreció y humilló sin ningún disimulo.
Y luego, los berrinches. Muchas de las ruedas de prensa de Mourinho han sido como sesiones públicas de psicoanálisis en las que descarga sus agravios contra el mundo, contra el destino o, por decirlo de otra manera, contra los árbitros o los jugadores rivales. Es casi inevitable concluir que el motivo por el cual Mourinho cae tan mal entre tantos españoles (y más y más en el resto del mundo, ya que el Real Madrid es un fenómeno global) es que combina dos cualidades poco admirables en un ser humano: la inmadurez de un adolescente complicado con la intolerancia y la exigencia de lealtad absoluta de un dictador militar.
Decía precisamente esto sobre Mourinho un conocido personaje del fútbol español en una conversación esta semana. Lo que lo caracteriza, agregó, es un egocentrismo tan total que le da igual que el equipo a su mando sea el Madrid, el Chelsea, el Oporto o el Inter con tal de crear ejércitos en cuyos triunfos él se pueda vanagloriar.