En agosto de 2007, mientras pasaba unas vacaciones en Barcelona, tuve la oportunidad de escaparme unos días con una amiga, Vanina, a una de las ciudades que más añoraba conocer de Europa: Lisboa. Atraída por los relatos de otros amigos viajeros y el encanto histórico de su gigantesco puerto, viajamos hacia allá sin tener preparado un itinerario firme ni un plan demasiado preciso. Sólo con unos mínimos datos de cómo llegar y dónde quedarnos, que es una de las maneras que más me gusta viajar.
Los primeros días nos dedicamos a caminar, horas y horas, por el casco antiguo y los barrios que se van sumando escaleras arriba. Lo primero que me llamó la atención es el abandono de edificios antiguos que ciertamente tuvieron en algún momento del siglo algún esplendor. No era uno sino docenas de ellos que se iban sumando en la medida en que nos adentrábamos en las profundidades de sus pasajes.
Una de las experiencias más alucinantes de esos días fue tomar uno de los recorridos del circuito de tranvías, donde prácticamente el pasajero puede tocar con las manos las paredes de los edificios de las calles que recorre, subiendo y bajando vertiginosamente los cerros de la ciudad, lo que me recordó mucho a Valparaíso.
Como era de esperarse, no tardamos en buscar y encontrar el típico bar portugués donde se presentan cantantes de fado; una auténtica experiencia sensorial que termina de cerrar todo el concepto estético de la ciudad. Uno tiene allí la sensación de que no se conoce Lisboa realmente si no se sienta a escuchar un fado en vivo.
Cuando uno comienza a escuchar las canciones, se siente cómo esta música va encajando en toda la visual de sus calles atravesadas con guirnaldas de colores, sus pasillos angostos y las veredas pequeñas y desgastadas. En esa misma fórmula la personalidad de la ciudad también se define con la amabilidad de su gente, los azulejos que adornan las fachadas de algunos edificios y la vista de la ropa colgada en los marcos de las puertas que aguanta el peso de décadas intactas. Como si fuera una fotografía.
Entre otros paseos muy atractivos, incluimos a Oporto, la segunda ciudad de Portugal, encantadora con su ribera al Duero y sus gigantescos parques, donde se percibe una modernización evidente, sobre todo en la construcción de tiendas, restaurantes y shoppings.
Otro de los paseos inolvidables fue caminar por las calles de Sintra y unir los caminos entre el pueblo y el Palacio Nacional de la Pena, una de las residencias de la familia real portuguesa durante el siglo XIX.
Deslumbra su arquitectura y su interior al estilo romántico, una obra maestra de la arquitectura. Vale la pena subir las colinas caminando entre las sombras de los árboles en la freguesia de São Pedro de Penaferrim.
Uno tampoco se puede ir de Lisboa sin probar sus típicos bocaditos dulces de su pastelería. Delicias indescriptibles.
Miriam subió a Plaza Argentina para ver a su hijo -jefe de porteadores- a quien no veía desde noviembre. Una hazaña que llevó calor a 4.000 metros de altura.
Casi al límite con Chile, el pueblo ofrece fantásticos paisajes de montaña. Termas, viñedos, dunas y el calor de sus habitantes, no hacen más que mejorar el talante. La última posta antes del espectacular Paso de San Francisco.