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Messi, Palermo y las Leonas usan idéntico combustible: el hambre de gloria

Ellos y ellas resignifican un patrón que tiende a perpetuarse en el tiempo. Los mueve la utopía y el deseo irrefrenable de correr el límite siempre un paso más allá. Por Fabián Galdi.
Messi, Palermo y las Leonas usan idéntico combustible: el hambre de gloria

Martín, la noche de lluvia y del gol a Perú. Un símbolo de la argentinidad.

domingo, 05 de febrero de 2012Doce o catorce brazos se apoyaron en el cuerpo de Messi con el afán de expresarle esa mezcla de gratitud y reconocimiento luego del gol de Lío para el Barcelona, frente a Real Sociedad, por la liga española, y luego de que el mejor jugador del mundo fallase cuatro de esas situaciones en las cuales no perdona.

Doce, catorce o dieciséis brazos hicieron exactamente igual en la humanidad de Belén Succi, arquera del seleccionado argentino de hockey sobre césped femenino, después de una monumental actuación que privase a las tenaces holandesas de quedarse con el cupo a la final del Trofeo de Campeones, el cual ahora le pertenece a las Leonas.

Cincuenta o sesenta mil brazos se movieron acompasadamente en la Bombonera para acompañar consignas en forma de cánticos afectivos dedicados a Palermo, quien tejió una relación de hermandad entre la tribuna y él durante catorce años, sólo levemente interrumpidos por un paso olvidable en el fútbol español.

Tres momentos en uno o uno en tres; da lo mismo.

El combustible que pone en movimiento a estos protagonistas es el hambre de gloria, que jamás queda saciado por los billetes y, por el contrario, está en confrontación permanente con el modelo exitista que sólo pone el foco en las cuentas bancarias.

No hay comparación entre Succi, por un lado, surgida desde un deporte cuasi amateur, al de Lío o Martín, provenientes de otro híper profesionalizado, si se aplicara la lógica del dinero. Sí la hay, indiscutiblemente, si se analiza el motor que los mueve interiormente, y que no es otro que el de la mezcla de placer, autoestima y solidaridad grupal. En La Pulga, el Titán y Belén se hace manifiesto aquello que está latente en todo deportista de raza: lo lúdico como herramienta de superación personal.

En la valoración habitual que hace un analista futbolístico sobre el nivel de Messi, desde el plano inconsciente se aplica una escala alejada del común de los mortales. Ayer, por ejemplo, estuvo participativo en el juego como siempre, metió asistencias de gol e hizo que su equipo girase en derredor de él. Tal apreciación hubiera bastado para que otro futbolista fuera calificado con un ocho o un nueve; en su caso, cuando la acción no termina en gol, la sensación habitual es interrogarse qué le pasa y por qué está al borde del fracaso. El punto es darse cuenta como un ser diminuto en talla, que recibió tres World Player consecutivos y que está dispuesto a seguir rompiendo récords se desahoga gritando un gol en un partido en el cual Barcelona ya estaba en ventaja. Eso es hambre de gloria.

En el caso de Succi, cada expresión victoriosa agitando su brazo cuando detenía un disparo de gol servía para retemplar el ánimo de sus compañeras. Las Leonas, vaya descubrimiento, han reinventado un deporte que parecía hasta antes de los juegos olímpicos 2000 apenas un espacio reservado para minorías selectas. En Sidney nació el sentimiento leonino, que refleja el logotipo del escudo: una fiera en actitud de dar pelea. Las nuevas generaciones han crecido bajo este influjo. El corazón y la garra ya son parte indisoluble de esa forma de ser. Eso es hambre de gloria.

Martín eligió la frase “Gracias totales” como un ícono que representa la lucha de su amigo Gustavo Cerati por mantenerse con vida. No debiera sorprender la elección del nueve más emblemático de todos los tiempos con la camiseta azul y oro a la hora de cerrar su discurso frente a la multitud. Él, simbólicamente, también luchó a lo largo de toda su carrera para levantarse y ponerse de pie luego de las tantas dificultades que lo persiguieron con tenacidad. Martín fue el prototipo del que se parece a cada uno de nosotros: humano, y por tanto, falible e imperfecto. Nunca estuvo tocado por la varita mágica de los que se bañan en las aguas del talento; lo suyo fue constancia, aprendizaje constante y ponderación del esfuerzo como meta. Eso es hambre de gloria.

Messi, Palermo y Las Leonas resignifican un patrón que tiende a perpetuarse en el tiempo. Los mueve la utopía y el deseo irrefrenable de correr el límite siempre un paso más allá. Hacen camino a su andar. Y mantienen encendida una antorcha que va pasando de mano en mano desde que el mundo es lo que es. El hambre de gloria es, definitivamente, su documento de identidad. Fabián Galdi (fgaldi@losandes.com.ar)

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