Hasta el Aconcagua

Miriam subió a Plaza Argentina para ver a su hijo -jefe de porteadores- a quien no veía desde noviembre. Una hazaña que llevó calor a 4.000 metros de altura.

domingo, 05 de febrero de 2012
Hasta el Aconcagua

Celina de la Iglesia - turismo@losandes.com.ar

“Tal vez Dios cesó la lluvia y el firmamento se tornó tan azul para ser testigo del encuentro en las entrañas del gran Aconcagua” arranca Miriam, la protagonista, su historia.

A modo de presentación diremos que es una madre cuyo hijo trabaja a 4.000 metros de altura, allá en el techo de América. Como a otras tantas mamás en la misma situación, durante el verano la distancia y los metros sobre el nivel del mar les hacen más ardua la tarea de extrañar. Un llamado telefónico de vez en cuando a merced del capricho de los satélites, no es suficiente para ellas, que rezan cada noche y se les estruja el alma cuando saben de algún temporal.

En esta historia, amén de comprender la vocación de su hijo, un día cualquiera de enero la mujer sintió que faltaba mucho para el reencuentro, entonces decidió provocarlo, al menos por unas horas. Colaboradores y cómplices ayudaron a cumplir su sueño.

9 de la mañana del 18 de enero de 2012: un helicóptero parte de Puente del Inca rumbo a Plaza Argentina. La aventura ha comenzado.

Mamá va a la montaña

Miriam Pallotti es artista plástica, da clases de pintura y organiza muestras para que se conozca el trabajo de sus alumnos. Lleva una vida tranquila, se podría decir. “Mis dos hijos aman la montaña: Dante Horacio Pallotti es instructor de esquí y Diego Javier Pallotti es guía de montaña”, cuenta. “Hace varios años que caminan esos senderos de altura que hasta ahora yo no conocía”.

Diego, el menor, ha hecho cumbre en el Aconcagua varias veces y pasa los veranos trabajando en Plaza Argentina en el campamento de Aymará. Para llegar hasta allí son necesarios tres días de caminata, por lo que, en temporada, parte en noviembre y no regresa a casa hasta febrero.

Si bien Miriam está acostumbrada a pasar estos lapsos sin verlo, este año se acercó a la empresa  y le expresó a Martín Greech, el jefe de Diego, que quería verlo. “Me gustaría  ir a ver a mi hijo sin que él supiera”. Ya llevaba dos meses en la montaña y lo extrañaba demasiado. No obstante, la cosa no era tan sencilla.

Ocurrió lo improbable

17 de enero por la noche. Suena el teléfono y la voz de Martín lanza sin más: ¿Estás preparada? luego le confirma que en unas horas partirían rumbo al Aconcagua. “Tal vez eso nunca más se daría, era la oportunidad para hacer posible mi locura. Yo intuyo que una lámpara de Aladino tuvo algo que ver. Dante me preparó la ropa de montaña, lentes, todo lo necesario. Y lo que más le agradezco es que no me dijo; madre estás loca, sino ¡Qué locura madre!”, recuerda sonriente.

El gran día: madrugada del 18. Con una llovizna pertinaz partieron Miriam, Valeria -la esposa de Martín, que también estaba en el Aconcagua- y Charly -quien debía ir a hacer unos arreglos en el campamento- en un transfer rumbo a Puente del Inca.

“A las 9 mágicamente un cielo azul nos miraba salir con Duro (el piloto) en ese helicóptero tan pequeño y a la vez, tan grande para mí. Durante los 40 minutos de vuelo, Charly me indicó el nombre de algunos cerros, me mostró el glaciar de los Polacos y esa majestuosa pared sur que estaba frente a nosotros, imponente. ¡Qué bellos lugares, qué paz, qué fuerte presencia! Entendí por qué a mis hijos les gusta tanto cargar esa mochila e ir a la montaña; tal vez su peso se vuelve plumas y les libera el alma”, piensa en voz alta. Ya con los ojos húmedos continúa.

  “Duro nos avisó que finalmente habíamos llegado. Desde el aire podía ver a mi hijo y a sus compañeros, a casi 4.000 metros de altura, en la bella Plaza Argentina”.

Diego se desempeña como jefe de porteadores pero esa mañana, los cómplices le habían dicho que no tenía que moverse del campamento porque vendría alguien de la empresa a hablar con él. Tras el aterrizaje llamaron al joven para que ayudara con algunos paquetes.

“Entonces todo fue como en Matrix. Diego abrió la puerta del helicóptero y yo mis brazos. Tuve que sacarme los lentes para que me reconociera porque estaba toda camuflada. Luego un inmenso e interminable abrazo, lágrimas de emoción de todos, y a partir rápido al refugio.” “Mami, ¿cómo se te ocurrió?”, Diego no podía creer lo que estaba pasando.

10 horas

La presencia de Miriam, acaso la primera madre que llega hasta esas alturas para visitar a su hijo, revolucionó a todo el campamento. Fue por eso que Chemelo, quien está a cargo de la radio que transmite para Confluencia, Plaza de Mulas y Plaza Argentina, les hizo una emotiva entrevista.

“Compartimos casi 10 horas de anécdotas, risas, pizzas 5 estrellas de la Chana -la cocinera del campamento- y el helado que habíamos comprado antes de partir para dar un gusto a los chicos. Allá no hay heladerías”.

Esa jornada el Aconcagua se vio especial, más alto que nunca, pero también más cerca de la casa, de Diego y de sus compañeros. A las emociones las acompañó el agua, 5 litros que la mujer debió beber para  evitar edemas. Aun con clima festivo, cerca de las 19, un cielo nublado marcó el momento del regreso.

Miriam recuerda que esa noche, ya de regreso en su hogar, durmió tranquila por haber visto a su hijo, pero también por comprobar la camaradería de la gente que lo acompaña. Hoy agradece a Tincho, a Vale, a Dante, a Duro y a los otros chicos, a los cómplices. “Diego es un muchacho como tantos que trabajan en la soledad de las montañas y yo, como tantas otras mamás, anhelaba conocer alguna vez ese coloso, que a veces protege y otras no a nuestros hijos”. 

 “Tal vez Dios cesó la lluvia y el firmamento se tornó tan azul para ser testigo del encuentro, de un inmenso abrazo, bajo un limpio cielo a casi 4.000 metros de altura, en las entrañas del gran Aconcagua”, piensa ella. Intuimos que tiene razón.

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