Voces

Juan Sebastián Martín, el joven autor de este cuento, indaga en el sentimiento de la pérdida y en el poder conjurador de la palabra. A modo de tríptico, el texto enlaza la visión de un argentino, una francesa y un inglés sobre tres historias que dialogan con “el más allá”. Un territorio tan íntimo como imaginario.

sábado, 04 de febrero de 2012
Voces
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¡Buenas noches!”, dijeron los árboles mendocinos que bordeaban el césped del cementerio. Fue un saludo alegre hacia el joven que se acercaba tímidamente. Él no los escuchó, o eso dio a entender, porque con lágrimas en los ojos se mantuvo observando el lustre de sus zapatos y no levantó la cabeza hasta llegar a la tumba que se alzaba sobre una diminuta colina verde, abrillantada por el fulgor de las estrellas. El joven, abrigado por un sobretodo negro, guantes de cuero y una bufanda gris enroscada a su delgado cuello, llegó hasta el pie de la tumba.

Los árboles, que se mecían de un lado a otro a consecuencia del furioso viento, no alcanzaron a distinguir el nombre inscripto en la placa del fallecido. Pero otro árbol viejo, que se encontraba más próximo al extraño muchacho, escuchó la voz de él, acongojada, decir, de rodillas en el suelo…

“Hola, papá. Creías que no vendría a visitarte. Aquí estoy, solo con vos, para hablar y hablar, para que de algún lugar alcances a oír el sonido de mi voz.

“Mientras caminaba por las veredas sucias de mi ciudad vislumbré, materializada, aquella tenue sombra a la cual todos llamamos ‘Felicidad’,  observarme a la distancia, donde ya terminan las luces papá, donde todo parece estar lejos. Vos siempre me dijiste que me mantuviese calmo, que nada está perdido, que siempre hay algo para ver, para escuchar. Pues ayer, tapado por las sábanas comencé a recordar: la luz de tus ojos al verme cantar y bailar y sonreír junto a la majestuosidad de lo divino.

“La luz de tus ojos al enseñarme a jugar a los naipes.

“Siempre me dijiste entre susurros que no me quedara dormido, aunque el dolor y el sufrimiento me doblegaran. Que siempre revolviese el mazo de cartas, porque tal vez, por un instante, llegase a mí el as de espadas. Pero papá, soy consciente de que esa carta no llega todos los días, entonces, yo sé, que deberé observarla bien de cerca y recordar por siempre su figura cuando a mis manos llegue. Luego seguramente tendré que meterla entre medio de las demás y barajar el mazo, y buscar ronda tras ronda su llegar nuevamente.”

Luego de eso el joven secó sus lágrimas, metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón y sacó un naipe, lo besó y lo dejó junto a la tumba. Miró a su alrededor, se colocó los guantes, ajustó la bufanda a su cuello, sonrió y les dijo a los árboles que parecían observarlo: “Buenas noches”.

A la misma hora, en Francia, el sol alumbraba, convirtiendo en dorado a las sombras de las calles de la ciudad de París. Una joven buscaba entre los bolsillos de su pantalón la llave para entrar a su casa. El sol, que todo lo veía, le sonrió cariñosamente a la joven desde el cielo y le dijo acariciándola con su voz: “Hoy estás muy linda hija mía”. Ella, marcando en su rostro la seriedad de los muertos, pareció no oír, introdujo la llave en la cerradura y entró a su casa.

Se sentó a la mesa, sirviéndose sus preferencias: una rodaja de queso, pan y una taza de buen café. Luego de oler el rico aroma que de la taza emanaba en forma de humo blanco y haber saboreado el exquisito queso sobre el pan, escuchó la voz de su madre decirle… “¿Qué te sucede querida?, hace tiempo que no te veo sonreír…”

-Nada madre. Simplemente puedo darme cuenta de que algo anda mal, mis manos tiemblan, sucede que en vez de caminar parece que anduviese de rodillas por un mundo sin voz. Hoy murió otro paciente, murió mientras yo le veía los ojos, un niño hermoso, tal vez, el más bello de toda Francia madre. Es obvio que algo anda mal... -y levantando la vista, dijo susurrando- ¿Sabes cuántos se me han muerto ya? -Su madre que tejía un pulóver, justo frente a ella, detuvo sus ademanes y mirando a su hija con el más profundo afecto sólo guardo silencio-.

Treinta y cinco... -contestó la joven a los ojos de su madre sin vacilar-. Y lo peor de todo es que, no puedo recordar a cuántos he salvado.

Luego, dio un último sorbo a su café, tomó las llaves de la mesa y se dirigió a la puerta. Al abrir, la suave brisa le dio en el rostro haciéndole saber, o mejor dicho, recordar, que allí afuera no todo es todo…

Su madre, inmutable, sentada en el sillón, siguió tejiendo, y de espaldas a su hija le dijo ásperamente, “Ponte maquillaje, píntate los labios y no le cierres los ojos a las estrellas.”
La joven sin contestar cerró suavemente la puerta, miró al cielo, en especial al sol, que conociendo la belleza de ella, resplandecía, con sus rayos, la blancura de su piel y el color azulado de sus ojos… Entonces, la muchacha moviendo suavemente los labios dijo, “Usted también es muy guapo. Gracias.”

Mientras tanto, en Londres, un hombre vestido de negro camina por un solitario callejón. La fabulosa figura del Big Ben se alcanza a ver desde aquel escondrijo, y se escucha a lo lejos, el triste sonido de las sirenas que rebotan en cada pared de aquel pasaje asfaltado, haciendo eco. Las palomas, en lo alto de los techos observan alegres al hombre que camina con sus manos en los bolsillos, derramando lágrimas de dolor y pena. Algunos papeles revolotean a su alrededor, el aire es frío y pronto comenzará a llover, pero la tormenta que el hombre lleva en su interior es más poderosa, por lo tanto, aquella amenaza no parece preocuparle tanto.

Entonces, las palomas, enteradas de todo, porque son palomas, le hablan con cariño a los oídos del hombre desde los techos de los edificios opacos y vetustos… “Ella está bien, sigue amándolo como siempre.”

El se detiene, mira hacia arriba, pestañea varias veces haciendo que más lágrimas bajen por sus blancas mejillas, toma aire y dice…

“Desde aquí puedo ver el gran reloj, mi Big Ben. Me pregunto si algún día las agujas se detendrán, como se detuvo el ritmo de su respiración, mi querida Lisa. Ella me dijo una vez, -“Cuando muera querido, no me recuerdes enferma, no me recuerdes muriendo, sólo piensa que en algún lugar sigo existiendo, observando alegre a todo aquello que vive, y no te preocupes, tú eres especial, tu podrás escuchar el sonido de mi voz, como un canto en el aire, diciéndote: te amo, te adoro, te extraño.”- Eso fue lo último que recuerdo, luego me abandonó, y ya tan lejos de mí se encuentra…

¡Palomas!, ¡díganle que yo también la amo!, ¡díganle que puedo escucharla!”      

 Luego, la campana del Big Ben sonó, haciendo que las palomas volaran lejos, muy lejos…
En el mundo que nos rodea, a veces se desconocen aspectos materiales e inmateriales que hacen al arte de vivir, que estimulan a la existencia humana, que de alguna forma u otra, nos mantienen como participantes aficionados a este simple juego.

Tal vez a los personajes, tanto el argentino, la francesa como el inglés les pareció oír aquellas voces; tal vez los árboles no nos saludan al vernos tristes, el sol no nos halaga, ni las palomas nos dan un susurro de esperanza. Tal vez, la dicha de aquellas voces singulares es sólo el producto de la virtud que envuelve a todos los lenguajes, a todo el mundo, aquí y allá, que nos habla al espíritu, y que sin ella este cuento no existiría…
¡Imaginación!

Fin.

* Mención especial, concurso: “Letras jóvenes Godoy Cruz 2011”.

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