El salto

“El salto” editado este año, póstumamente, es el ‘gesto’ con el que el protagonista (como el Narciso del mito) naufraga en su propio reflejo.

sábado, 04 de febrero de 2012
El salto
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De Paola Kaufmann

El salto

Desde el momento en que se acercó al borde del acantilado, Bruno supo dos cosas: que no volvería a tener una oportunidad tan perfecta, y que, en consecuencia, sería necesario saltar. Más bien indispensable, aunque la primera vez que miró para abajo no pudo reprimir cierta vacilación.

Detrás de él otro hombre esperaba su turno para estimar la distancia hasta la superficie del mar; era bastante más joven que Bruno, tenía a lo sumo treinta años y el cuerpo atlético y bien bronceado de los que suelen pasar mucho tiempo al aire libre. Tal vez había estado de vacaciones, pensó Bruno, las vacaciones tenían la propiedad de embutir a la gente en un disfraz de buena salud, incluso de buena predisposición para hacer cosas, cosas tales como saltar de un acantilado.

Cuando Bruno vio que el otro insistía en investigar la plataforma, volvió a asomarse, esta vez de un modo ostentoso, como si el abismo no le impresionara en absoluto, y con una sonrisa de aliento le cedió el paso al muchacho que se acercó al borde y que después de mirar para abajo hizo un gesto como si se hubiese quemado la mano.

También tiró una piedra, pero el mar estaba demasiado lejos, y el viento que circulaba entre los paredones hacía que cualquier sonido se evaporara en la sordera de la roca. Un poco pálido miró hacia el otro lado del acantilado, donde había una confitería, y un mirador hecho sobre un pequeño promontorio resguardado del sol bajo un techo de paja.


Debajo de ese techo, una mujer rubia le hizo señas. “Anímate”, parecía decir desde lejos. El muchacho respondió haciendo un gesto con los hombros que fue más bien de desaliento. “Como si fuera tan fácil”, dijo entonces, buscando evidentemente alguna complicidad, pero Bruno contestó con un displicente: “Claro que es fácil”.

El otro lo miró con incredulidad, después volvió a mirar para abajo, y finalmente, se corrió para dejarle el lugar.

Bruno trató de localizar a Nuria en el balcón de la confitería: todavía estaba tratando de encontrar la cámara de fotos en el bolso. Al final levantó la cabeza con un gesto de triunfo, con la cámara en la mano. Bruno le gritó desde el acantilado que se preparara, que iba a saltar nomás.
Nuria no entendió, pero se puso a manipular los botones de la cámara. Eran las seis de la tarde, y el sol se pondría en poco tiempo.

El lugar estaba bastante concurrido; sin embargo era invierno, pleno invierno, aunque en el Mar Caribe eso se nota poco: atardece temprano, eso es todo. El mar desde la altura y a la sombra de los murallones parecía de titanio, como la superficie de un planeta extraño e inhóspito. Los murallones de piedra en ese lugar formaban una especie de semicilindro relativamente protegido del viento, pero sólo relativamente; las corrientes de aire podían acabar en remolinos capaces de desviar la trayectoria de cualquier objeto, pero eso Bruno lo sabía perfectamente.

De todos modos, entre la plataforma de salto y el agua había más de treinta metros. Bruno se sintió tentado de tirar una piedra a su vez, pero su rival más joven lo vigilaba con disimulo y con una expresión de suspicacia tal que Bruno desistió.

Miró a Nuria, que parecía estar tratando de enfocarlo desde la confitería. Un mozo la interrumpió, al parecer, para ofrecerle un trago, ella aceptó, y por unos instantes, dejó de mirar a Bruno. Pero Bruno no iba a saltar si Nuria no estaba preparada para tomar la fotografía. Le hizo señas con los brazos primero, después le indicó el acantilado como diciendo que sí, que iba a saltar. Nuria volvió a enfocar: todo estaba en orden.

Como si fuera un profesional preparándose para ejecutar un salto en una prueba olímpica, Bruno se puso en puntas de pie varias veces, flexionando y estirando los tobillos y las pantorrillas, estiró los brazos por encima de su cabeza hasta conseguir un plano perfecto, o lo que él creía que era un plano perfecto.

El otro lo observaba ahora de lleno, pero lo más importante no era eso: lo más importante para Bruno era que muchas personas de la confitería y del mirador habían empezado a prestar atención y a mirar hacia la plataforma de salto; entre ellas, la mujer rubia debajo del techo de paja.

Ella no sólo estaba mirando sino que parecía alentarlo con todo su cuerpo, inclinada con suavidad hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas, la expresión oculta debajo de un sombrerito panamá. Un cuerpo tenso, pensó Bruno, y volvió a estirar los brazos por encima de su cabeza, hasta que sintió que, literalmente, estaba colgado de un hilo invisible, como un móvil de juguete. Bruno había dejado de mirar para el lado de Nuria, sabía que ella estaba donde tenía que estar, sentía el foco de la cámara sobre su costado, y tal vez Nuria ya había sacado algunas fotos de los preparativos.

Muy bien: ahora tenía que saltar. Un paso más, y vio la cara interna del murallón, rugosa y áspera, con protuberancias de piedra como cuchillos primitivos. Tenía que saltar hacia adelante, se dijo, hacia adelante tanto como le fuera posible. Si se tiraba de pie, el viento lo haría entrar en una rampa de aire y podía dar con la cabeza contra las salientes. Si se tiraba de cabeza, en cambio, podía cubrir un buen trecho horizontal y alejarse de la piedra sin arriesgarse a saltar tan desde el borde. Tenía que saltar de cabeza, eso le dejaba menos margen de maniobra para entrar al agua, e incluso para mantener alguna trayectoria.

Volvió a estirar las pantorrillas: por ningún motivo Bruno quería que el joven que lo miraba a sus espaldas presumiera que él estaba dudando, o que pretendía dilatar el salto. En algún sentido era así, aunque no por los motivos que al otro le hubiese gustado creer. Simplemente, estaba esperando a que se juntara más gente para que el esfuerzo del salto tuviese más sentido. Bruno solía darle a ciertos aspectos de la vida un sentido muy particular: la gente, por ejemplo, no le interesaba.

O le interesaba en tanto y en cuanto tuviera relación directa con su persona; tampoco era que no le interesaran, no era desprecio, si bien la mayoría de las veces su actitud era tomada como despectiva, no era así: Bruno se consideraba un individualista, y ser individualista no era grave. Tal vez tenía poca paciencia para con los demás, eso podía ser cierto, pero ser impaciente tampoco era ser malo, era sólo ser impaciente.

¿Entonces por qué tenía tanto interés en demostrarles a todos los que estaban mirándolo que él sí podía saltar desde una altura que el común denominador de los hombres, al menos de los hombres del lugar, consideraría casi suicida? ¿Él era suicida?

No, por supuesto que no: no sólo no era suicida, sino que además renegaba profundamente de ellos. ¿Entonces por qué la gente importaba tanto ahora? ¿O sólo importaba la mujer rubia del mirador, la que todavía se ocultaba debajo del sombrero con esa vocación para el misterio que a Bruno tanto le gustaba, y de la cual la pobre Nuria carecía por completo?
 
Claro que le importaban los demás, siempre y cuando le dieran una medida de lo que él era. Nuria, por ejemplo. ¿Dónde estaba Nuria? No pudo localizarla mirando de reojo, pero no se preocupó: seguramente habría cambiado el ángulo para que la foto saliera mejor. Por otra parte el sol estaba hundiéndose en el horizonte y la luz cambiaba todo el tiempo. Nuria, y el tiempo: a veces Bruno se sentía un impostor, alguien que estaba ocupando un lugar que no le correspondía del todo…

Tuvo la impresión periférica de que el joven a sus espaldas había empezado a alejarse. Miró rápidamente hacia donde estaba la mujer del sombrero: ella, al parecer, también se preparaba para irse. Entonces Bruno dio un paso muy largo, clavó la vista en un punto impreciso del cielo, e impulsándose contra el borde de las rocas, saltó hacia adelante, de cabeza.

En los primeros metros de la caída, Bruno se sintió feliz. Feliz y audaz al mismo tiempo, como si las dos cosas nunca hubiesen estado separadas y la felicidad hubiese estado desde siempre intrínsecamente ligada a la audacia. Y también a la arrogancia, porque mientras caía Bruno sintió también que la diferencia que lo separaba del resto del mundo aumentaba con cada centímetro de espacio que su cuerpo iba cancelando, tan aerodinámico como él se imaginaba el cuerpo de un águila.

Esa distancia que lo separaba de los demás, por primera vez, era una distancia física, mensurable, no una abstracción, no una distancia inasible, no esa idea que le generaba en definitiva la incertidumbre de ser un impostor, de ser algo que no era simplemente porque no podía explicar en dónde residía la diferencia. Esa distancia real lo reconciliaba con una distancia intuida que había tratado de explicarse desde siempre, sin conseguirlo. Porque solamente, se dijo Bruno mientras seguía cayendo, le había faltado audacia.

Otra percepción extraordinaria fue la de estar deslizándose hacia abajo en vez de caer, como si el aire no se le opusiera, como si nada en la naturaleza pudiera oponérsele o crearle alguna fricción. Era el modo en que él había imaginado siempre el instante del nacimiento, el descenso por el canal de parto donde nada podía interrumpirlo en su salida. Fue ahí cuando Bruno empezó a oír las voces, las voces de la gente que estaba en la confitería, en el mirador, las voces en general, pedazos de charlas, algún grito, algunas risas.

¿Por qué podía oírlas con tanta nitidez? Seguramente el viento circulaba de un modo tal que atrapaba las voces de arriba en una red de aire, una especie de cazamoscas de voces que las arrastraba hacia el mar, amplificándolas contra las murallas del acantilado, amplificándolas con un eco sobrenatural, porque en verdad Bruno las oía un poco deformadas, enlentecidas, pero sin embargo con la claridad suficiente como para distinguir lo que decían algunas de ellas.

“Se va a matar”, dijo una.
“Qué coraje”, dijo otra.
“Pobre infeliz”, dijo una tercera.

Esta última era una voz de mujer ligeramente ronca que creyó reconocer de algún lado, tal vez la voz de la rubia del sombrero, pensó Bruno, o de Nuria, pero ya la punta de sus dedos tocaba el agua, y la superficie del mar sí le opuso resistencia. Siguió hacia abajo, o hacia el costado, ya tampoco sabía si su cuerpo estaba derecho o si estaba más bien rodando, hecho un ovillo o si había entrado de cabeza, sólo sabía que sus manos habían tocado el agua primero.
 
Curiosa certeza, como también la de la temperatura del agua: ni demasiado cálida, ni demasiado fría, tampoco tibia: perfecta. Posiblemente porque se acercaba mucho a la temperatura de su propio cuerpo, se dijo Bruno, y también pensó: ahora aparecen el gato de Cheshire y la Reina de Corazones y me invitan a tomar el té. De haber podido, Bruno se habría reído.

De hecho se rió, pero para sus adentros, para no tragar agua. Y cuando dejó de girar, cuando su cuerpo finalmente perdió la aceleración, Bruno se dio cuenta del silencio. Era lo último que descubriría con un asombro tan genuino: ese silencio azul de útero deshabitado, ese silencio antinatural.

Gritó bajo el agua, y unas burbujas de aire salieron de su boca, pero eso fue todo: el silencio absorbió el grito, y todo a su alrededor siguió mudo, sordo y azul. Bruno, maravillado, se dejó llevar suavemente hacia arriba, sus pulmones todavía estaban llenos de aire y casi no tuvo que hacer ningún esfuerzo para alcanzar la superficie. ¿Habría podido sacar la foto Nuria? ¿Qué dirían ahora todos los que habían apostado a que no iba a saltar?

Misteriosamente, salió a la superficie bastante más allá de lo que había calculado antes de tirarse. ¿Tan lejos había saltado? ¿O la corriente lo había arrastrado un poco mar adentro? De todos modos Bruno distinguía sin problemas la escalera que colgaba del acantilado, la confitería, el mirador...

Decidió nadar rápido, brazadas cortas y enérgicas y constantes para entrar en calor, para no perder el ritmo, prestando mucha atención a su inhalar y exhalar sincrónicos, a su corazón que latía como un metrónomo y que acompañaba cada golpe de brazo sobre el agua: uno, dos, uno, dos, derecha-respira, uno, dos, uno, dos, izquierda, respira. Cuando alcanzó la escalera, Bruno resopló con la alegría vital de una foca, y agarrándose de la cuerda, empezó a subir.

Llegó exultante. No recordaba haberse sentido así desde su infancia, desde esos días en que se trepaba al árbol del patio y llegaba al tope, o a la última rama posible, todo lleno de magullones y raspaduras, y miraba su casa desde la altura, miraba a los otros chicos del barrio allá abajo y los techos vecinos y sentía que aún de haber decidido tirarse desde donde estaba no se habría hecho daño, porque él era, sencillamente, invulnerable.
 
Y de algún modo, la exultación que sentía ahora, otra vez al borde del acantilado, era producto de una invulnerabilidad idéntica a la que sentía arriba del árbol cuando tenía menos de diez años. ¿Porque cuál había sido siempre su gran defecto, sino la omnipotencia?

Pero no la del arrogante: la de él era la omnipotencia del indiferente, la que nunca se adivina porque casi nunca el indiferente acepta probar que sí puede hacerlo todo. Acaso porque lo sabe y no necesita de comprobación alguna: la propia certidumbre le alcanza y le sobra. Por eso Bruno nunca se había tirado de aquel árbol.

Pero ahora sí que lo había hecho, lo había hecho y estaba otra vez en el punto de partida, con una sonrisa de triunfo casi infantil. Había un solo detalle curioso, y era que todos parecían seguir mirando hacia la plataforma de salto vacía, o hacia el mar. A medida que se acercaba a la confitería, Bruno notó que debía haber pasado algo porque la gente no se acercaba a preguntarle nada, y él no era el centro de atención como se había imaginado, sino más bien algo o alguien más.

Se dirigió al borde más cercano a la plataforma, y antes de ver el cuerpo flotando de espaldas, aún sin poder distinguirlo con claridad, supo que el muchacho también había saltado, quizá dejándose llevar por la promesa de facilidad de Bruno, o por su ejemplo. O quizás había sido sólo mala suerte. Bruno buscó con la mirada a la mujer rubia, la mujer del sombrero, quien seguramente habría tenido que ver con su decisión fatal de saltar.

Estaba sola, sentada en el banco del mirador, el sombrerito apoyado sobre el banco y la cabeza profundamente hundida entre los hombros, con las manos cubriéndose los oídos, como si no quisiera oír, ¿pero oír qué, se preguntó Bruno? ¿Oír quizás el grito, su grito al patinarse tan desafortunadamente de la plataforma, al sentir el beso de las piedras como los huesos de una virgen de hierro, el grito de espanto al saberse muerto en el aire, muerto cuando todavía estaba vivo como un muerto en tránsito? No, no había sido mala suerte.

Bruno se acercó despacio a ella, que permanecía inmóvil en el banco, abrazada a sí misma como presa de un terrible desamparo. Una bruma azul oscurecía el mirador, aunque después Bruno notó que todo parecía tomado por el azul, y por esa densidad anormal del aire. Hasta la piel de la mujer, en las manos por ejemplo la piel más tensa sobre los nudillos parecía cianótica, como la piel de un ahogado. Extraña neblina, canturreó Bruno suavemente con una melodía inventada o tal vez con la melodía de otra canción mientras buscaba la manera de abordar a la mujer.

Por lo pronto Bruno había dejado de cantar cuando se detuvo frente a ella sin decidirse a tocarle el hombro, o acariciarle la cabeza, el cabello que en el aire azul parecía celeste, o las manos anémicas. Tratando de contener unas ganas repentinas de abrazarla, Bruno la rozó apenas cerca del cuello, una presión en apariencia tan leve que ella no cambió la postura en absoluto. En el otro extremo, un grupo de gente se había reunido alrededor de una camilla portátil: seguramente estarían a punto de subir el cuerpo. Bruno se lo dijo, y volvió a tocarla con delicadeza. Recién entonces ella miró hacia la plataforma.

- Ese tipo se hubiera matado igual-, dijo una voz que no la sobresaltó.
El muchacho se había acercado sin hacer ruido, presumiblemente venía del bar y ahora estaba al lado de Bruno, casi codo a codo, los dos de pie frente a la mujer. Y había dicho “ese tipo se hubiera matado igual”. Bruno alcanzó a oír a la mujer decir en voz muy baja:
- Nunca pensé que fuera a saltar.

El muchacho, en silencio, se sentó en el banco y la rodeó con el brazo.
Del otro lado del mirador, dos guardavidas practicaban una resucitación inútil sobre el cuerpo que estaba en la camilla.

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