Impresiones del hombre que mató a dos ladrones (y lo volvería a hacer)

Hace nueve días, el ferretero Hugo Correa dejaba de ser un comerciante anónimo para convertirse en el matador de dos asaltantes. No estuvo preso porque es casi seguro que el suyo fue un caso de defensa propia. Algo de su vida antes y después de aquella tarde de balazos fatales.

Edición Impresa: domingo, 12 de febrero de 2012
Impresiones del hombre que mató a dos ladrones (y lo volvería a hacer)

(Ilustración: Rodrigo Pérez Moralejo)

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Rolando López

Si el ferretero Hugo Correa (55) dijera lo que piensa abiertamente acerca de por qué mató a los dos ladrones que pretendieron asaltarlo hace más de una semana sobre una tarima en un acto político, probablemente se convertiría en intendente de Las Heras, o al menos en ministro de Seguridad de cualquier gobierno.

Algunas de sus frases usuales, como: "hay que cambiar las leyes, son muy blandas", "los delincuentes entran por una puerta y salen por otra", "los honestos vivimos enrejados" o "la policía tiene las manos atadas a la hora de actuar", provocarían una ovación.

Devenido en una suerte de pequeño Blumberg lasherino, este hombre delgado, de temple sereno, amante de las armas, de la caza, de los perros de raza dogo argentino y del tiro al blanco, pasó en menos de diez segundos de ser un ferretero de barrio a un héroe que le puso coto al accionar delictivo. Al menos eso opinan los más de sus vecinos.
 
"Toda esa zona de Las Heras padece la inseguridad ante la desidia de las autoridades: es verdad, mató a dos personas, pero lo podrían haber matado a él", explica un farmacéutico de la zona de calle Pescadores, muy cerca de donde hace dos viernes el ferretero Hugo mató a los ladrones Juan Ríos (18) y Jorge Olguín (28).

Correa es ferretero casi de casualidad. Hasta 1998 trabajaba en el Banco Mendoza y pensaba -como ocurrió con su padre- que él iba a morir antes de que el banco desapareciera. "Pero no, el banco desapareció y con la plata del retiro voluntario compré el terreno donde tengo la ferretería y hace quince años que estamos ahí".

"A mí me fue bien; a otros de mis ex compañeros, no: hicieron malos negocios y quedaron en la calle; muchos entraron en depresiones, se suicidaron, se separaron. A mí me fue bien. Es un negocio familiar que atendemos con mi esposa y mis hijos; un comercio digno pero humilde, bien de barrio".

"A los dos (ladrones) yo los había visto el día anterior, el jueves. Creo que me hacían inteligencia. Estaban en una parada de micros que queda frente a mi negocio, sentados en el cordón de la vereda. Pero no se tomaban ningún colectivo, los dejaban pasar. Uno de mis vecinos me llamó la atención: 'Cuidado con esos, están mirando mucho para acá'".

"Yo iba a llamar a la policía, porque la policía me ha dicho que los llame cuando vea algo raro. Pero cuando agarré el teléfono para marcar el 911 se levantaron y se fueron. Al otro día los volví a ver en el negocio, pero cuando entraron a asaltarme".

El relato del atraco está en el expediente a punto de ser archivado que tiene el fiscal Santiago Garay: "Uno de ellos, el más grande, me apuntó y me pidió la plata. Cuando se la iba a dar -porque se la iba a dar, recalca- y me agaché para sacar los billetes, escuché la corredera de la nueve milímetros del ladrón más grande y vi que le apuntaba a la cabeza a mi esposa.

Entonces disparé, él me disparó y la bala me pasó al lado de la cabeza. El más chico quiso trepar por el mostrador y en medio de ese lío, que no duró más de diez segundos, volví a disparar. El chico se fue insultándome y por lo que sé, caminó una cuadra hacia el norte, donde lo esperaba un hombre en un Falcon que lo llevó al hospital en la parte trasera del auto".

El ladrón Olguín quedó en el piso boca arriba -tapaba la puerta de la ferretería con su cuerpo- y con su arma en la mano. Correa comenzó a gatear por detrás del mostrador porque no sabía si sus disparos habían sido mortales.

"No estaba seguro de que el que quedó en mi negocio estuviera sin vida. Me di cuenta cuando por fin soltó el arma de su mano". Entonces el ferretero salió a la calle a los gritos a pedir que llamaran a la policía.

La casa particular de Correa está custodiada por orden judicial. En la puerta se puede ver a un agente de la policía local que cambia cada doce horas. "Estamos acá por órdenes superiores, no sabemos hasta cuándo", dice el efectivo, quien tiene que llevar una relación íntima con los dueños de casa. La familia le dice quién va a venir a visitarlos y el visitante debe hablar con el efectivo antes de tocar el timbre.

Si el conocido no es tan conocido, el policía lo revisa antes. Cuando sale de su casa en su auto, Correa es seguido por un auto policial sin identificar. "Nunca imaginé llevar esta vida vigilada, pero sé que no queda otra; me tocó a mí...", asegura el ferretero, quien ha dicho que el mote de justiciero no es de su agrado. "Defendí a mi familia de un ataque, para eso no hay que ser justiciero, lo hace cualquiera", insiste.


¿Si hablaría con las familias de los ladrones que maté? No, no me parece, ¿para qué?, ¿qué cambiaría? Y eso que entiendo el dolor de una madre que ha perdido a su hijo. No soy un insensible, pero repito, y me pregunto, ¿cómo habrían actuado ellos si alguien les apunta con un arma en la cabeza a un ser querido?"

Correa hace referencia a la aparición por TV de la madre del ladrón menor, quien se quejaba del accionar del ferretero. "¿Qué le costaba tirarle a los pies?", se preguntaba la joven madre ante las cámaras de Noticiero 7. "Yo no sabía que mi hijo anduviera delinquiendo..."; completaba la idea con carteles que decían "justicia" detrás de ella portados por sus vecinos.

El ferretero responde: "Yo tengo hijos. Y siempre estuve encima de ellos. Uno como padre no sabe en qué momento tu hijo se junta con gente inconveniente y toma por el mal camino. Hay que tomarse el trabajo de controlar a los hijos, y sobre todo cuando tienen cierta edad".

Correa no es garantista pero se cuida de decirlo abiertamente. Cree que las leyes son blandas para los delincuentes y que si roban y vuelven a robar es porque no se les da el escarmiento que necesitan. Despotrica contra los abogados que los sacan de prisión. Y opina que la policía "tiene las manos atadas: ¿para qué va a disparar un policía si después tiene que dar explicaciones que ni siquiera se las piden a un delincuente?".

En cuanto a lo que él hizo y las repercusiones que provocó, Correa no parece preocupado. Para él hay mucha diferencia entre opinar desde la comodidad de un micrófono o escribiendo desde una computadora, a estar en vivo y en directo cuando alguien le apunta con un arma a un ser querido.
 
A la hora de los bifes -dice- la diferencia es muy grande. "La verdad es que no recomiendo usar armas ni hacer justicia por mano propia. Yo también soy una víctima de todo esto que pasó. Desde el asalto no he vuelto a abrir mi negocio por una cuestión de seguridad. Tengo gastos de abogados que no pensaba".

Una tarde del año 2003, Correa salió de su negocio para poner las rejas ya que iba a cerrar porque era tarde. Entonces, en la vereda, sintió el caño de un arma en la espalda y escuchó la voz: "Metete adentro, calladito".

Los dos entraron al local y cuando el ladrón quiso pasar del otro lado del mostrador, salió Bartolo, uno de los dos dogo argentino que viven en el local por seguridad. El ladrón se asustó y apuntó al perro y al dueño alternadamente.

"Los quemo a los dos", dijo. Correa -que, se nota, ama a sus perros- le pidió que no lo hiciera, que le daba todo. Llegaron a un arreglo y el ladrón se fue con el dinero y el auto del ferretero. Desde aquella vez Correa optó por dejar un arma fija en su local. La que usó nueve años más tarde; hace dos viernes.

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