Las necesidades del relato también tienen límites

La malvinización de la política, la postura oficial sobre la minería y el avance del severo ajuste económico, son temas que han golpeado fuerte en el interior del kirchnerismo.

Edición Impresa: sábado, 11 de febrero de 2012
Las necesidades del relato también tienen límites

Por Carlos Sacchetto - csacchetto@losandes.com.ar - Corresponsalía Buenos Aires

Que el gobierno de Cristina Fernández ha maximizado con la comunicación sus réditos políticos, ya no resulta ninguna novedad. La construcción del llamado relato oficial, dentro del cual se focalizan sólo los aspectos favorables de la realidad y hasta se reescribe la historia para ajustarla a sus necesidades actuales, es una herramienta formidable para alimentar la mística de la militancia y también para fidelizar adherentes.

En el conjunto social hay amplios sectores que viven absolutamente desconectados de las noticias y mucho más de las interpretaciones que de ellas se hacen. Sólo les interesa la realidad inmediata que los afecta, como su economía personal o los problemas cotidianos, a los que generalmente no visualizan como conectados a las decisiones gubernamentales.

En ese contexto elaboran sus simpatías políticas y las mantienen sobre una base donde la credibilidad es clave.

Los peligros

Cualquier analista de los comportamientos sociales sabe que gran parte de los altos niveles de popularidad de los que goza la Presidenta se generan porque su palabra resulta creíble y confiable.
 
Con agudeza, Cristina y sus asesores han explotado esta herramienta al máximo. Les sirve para agrandar y mantener poder. Más todavía cuando disponen de una vasta red de medios financiados por el Estado.

Este esquema, sin embargo, tiene sus riesgos. Uno de ellos es confiar en que cualquier cosa que se diga en nombre del relato oficial,  expresada por alguien creíble, va a ser tomada siempre como una verdad absoluta.

Si se distorsionan tanto y en forma repetida los hechos, es probable que la simple confrontación con la realidad deje al desnudo la maniobra. Otro de los riesgos es abusar de esa delegación tácita de certezas que mucha gente, de buena fe, hace en quien creen.

Algo de esto se insinuó durante la semana que termina con las dos puestas en escena mediáticas que hizo el Gobierno y en las que, apelando a la notable oratoria y al histrionismo de la Presidenta, se buscaron efectos políticos favorables con argumentos muy cuestionables.

Quizás en las generaciones más jóvenes, de las que provienen el grueso de los militantes kirchneristas y los integrantes de la influyente agrupación La Cámpora, no se tenga una idea clara de lo que fue, hace 30 años, la Guerra de Malvinas. Pero eso no justifica cambiar la historia.

Decir que la causa Malvinas sólo fue sostenida por la irracional dictadura militar de entonces, desconociendo la pasión patriótica que legítimamente se instaló en la sociedad, es modificar lo que vivimos millones de argentinos.

Aportar como una novedad la difusión del llamado Informe Rattenbach sobre las responsabilidades militares y políticas de la guerra, que ya fue publicado en distintas ocasiones, es borrar algo que efectivamente sucedió.
 
Elogiar desde la política por su espíritu amplio y democrático al fallecido general Benjamín Rattenbach, autor y firmante del decreto de proscripción del peronismo en 1963, es priorizar el rédito político a la verdad histórica.

Tampoco resultó creíble el supuestamente espontáneo y casual diálogo por televisión entre la Presidenta y un obrero minero que repudió las acciones ambientalistas para evitar la explotación a cielo abierto. La postura de Cristina al respecto ya era conocida y la posterior represión desatada en Catamarca lo explica mejor que nada.

En debate

La malvinización de la actualidad política, la postura oficial sobre la minería y el avance del severo ajuste económico que está en marcha, son temas que han golpeado fuerte en el interior del kirchnerismo. La pregunta es hasta dónde puede el Gobierno presentarlos como favorables a su imagen, cuando en realidad producen el efecto contrario en la sociedad.

No son esas las únicas cuestiones por las que deben preocuparse los custodios del relato. Hay otros aspectos que resisten cualquier cortina de humo que se levante para disimular dificultades.

En lo que tiene que ver estrictamente con la realidad política, la actitud del jefe de la CGT, Hugo Moyano, sigue siendo una bomba de tiempo que podrá estallar o desactivarse sólo por decisión de Cristina.

Hasta ahora, y más allá de las buenas intenciones de algunos comedidos que quieren acercarlos, no ha habido ninguna señal favorable a un arreglo por parte de la Presidenta.

Esa actitud de la habitante de Olivos, quien se ofendió aún más por la aparición del camionero en un programa del canal TN el lunes pasado, está tornando más intransitable el camino hacia una reconciliación.
 
Y como si eso fuera poco, el pedido de Daniel Scioli a Moyano para que no renunciara a la conducción nacional del PJ despertó los peores comentarios en el cristinismo. No son pocos los que auguran que de seguir las cosas así, en poco tiempo más Scioli y su vicegobernador, Gabriel Mariotto, protagonizarán una remake de la historia entre Cristina y el ex vicepresidente Julio Cobos.

La diferencia es que el mayor poder, esta vez, está del lado del vice.

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