Alguien que anda por ahí

Esta semana sumamos a tu biblioteca poemas de amor para musitar al oído en San Valentín; una colección de canciones como homenaje a Luis Alberto Spinetta, fallecido el miércoles; y un divertido cuento de Luz Azcona. Este relato que abre nuestra edición, del libro “Mitos y leyendas del vino argentino” (Aguilar, 2011), es una de las únicas ediciones del género de la crónica periodística dedicadas a un tema cultural. Y el primero que trata sobre el vino.

sábado, 11 de febrero de 2012
Alguien que anda  por ahí
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Angelina!
-...
-¡Angelina!

Angelina no contesta. Son las cinco y media de la mañana. En el oeste jamás amanece a esa hora, el sol siempre llega con retraso. Ella se apura a pasar un trapo enjabonado sobre la superficie rugosa del suelo. Aunque sea primavera, adentro de la cava siempre es un invierno frío y húmedo que hace que duela ahí donde se articula la mandíbula.
 
No tiene miedo, pero siente que no está sola aunque sepa que es la única persona adentro de esta bodega reciclada, elegante, lustrosa como los vinos que se están criando en las barricas de roble francés que reposan en el subsuelo. Tiene mucho que limpiar y la niña de voz aguda -¡tan caprichosa!- que la llama por su nombre, si es que en verdad anda vagando en pena como ella supone, seguro no está apurada.

En 1562 el conquistador que fundó Mendoza, Pedro del Castillo, arribó al que los huarpes llamaban Valle de Huentata y tomó posesión de esas tierras en nombre de un rey. Por esas casualidades de la Historia había llegado desde una región vitivinícola española: La Rioja. Trescientos cincuenta años después, en 1912, otro riojano llegó a conquistar estos suelos pero con mano de agricultor. Se llamaba Luciano Saldeña. Venía de Haro, capital del vino rioja y cabecera de Logroño.

Tierra de veranos cálidos e inviernos fríos y brumosos. Ciudad famosa porque cada 29 de junio se realiza allí la “Batalla del Vino”. Una bacanal popular a la que sus invitados llegan vestidos de blanco y se van teñidos de morado. Miles de participantes se arrojan entre sí vino tinto por un buen rato en los Riscos de Bilibio. Una tradición que se celebra desde el siglo XVIII y que es tan popular en España como su pariente la “Tomatina”.

Saldeña se instaló en lo que hoy es Chacras de Coria, en Luján de Cuyo. Tierra que en lenguaje enológico es sinónimo de paraíso. Se la conoce como “primera zona vitivinícola” por la calidad de los vinos que pueden producirse en su suelo. Saldeña llegó hasta allí con su esposa y se dejó hechizar por el lugar. En esa zona de Chacras de Coria el paisaje es azul, cielo y montañas. Verde y marrón plenos, su valle.

Compró unos campos. Para vivir, mientras levantaba la bodega, adquirió una casona señorial que ocupaba casi una cuadra entera en el centro de la ciudad de Mendoza, y comenzó a construir en la finca. Venía a hacerse la América, pero a diferencia de Pedro del Castillo, no tenía que rendir cuentas a ningún monarca. Aunque al igual que el conquistador riojano que lo precedió, fue de este lado del océano donde lo encontraría la muerte.

Tal vez con esta vista de tierras altas Don Luciano se acordara de los montes obarenses y de sus valles. Él no era como esos otros inmigrantes que llegaban cargando un bolso con necesidades, ni escapaba de las miserias de la guerra. Era un señor rico, bodeguero también en España, que venía a pasar una temporada en América para abrir su negocio a otros mercados y territorios. Desde que llegaron, los Saldeña alternaron su vida en la Argentina con temporadas en La Rioja, lugar del que nunca se terminaron de ir.

Luciano Saldeña llegó casado. Había contraído matrimonio el 30 de mayo de 1906 en la Basílica de Nuestra Señora de la Vega, en Haro. La novia, Emiliana Canares, era una jovencita de familia acomodada. El día de la boda vestía de negro guardando un luto riguroso por la muerte de su padre, lo que desentonaba con el dorado barroco del edificio aunque iba bien con sus pinturas tenebristas. Su familia formaba parte de una generación de viticultores que se había beneficiado -por azar- con la desgracia ajena: en 1867 una expansión de filoxera, enfermedad que había atacado a las vides de Burdeos, hizo que los vinos riojanos alcanzaran un despegue definitivo.

Todos los años llegaban a esta región española los comisionados franceses para catar, seleccionar y comprar vinos que suplantaran el hueco que habían dejado sus malogradas cosechas. Este intercambio se vio estimulado por el tratado franco español de 1882, por el que se redujeron las tasas aduaneras. Con el tiempo varios bodegueros franceses se quedaron en Haro para abrir sus propias bodegas.

Según documentos del Ayuntamiento riojano, en esta época floreció el lugar. Durante este esplendor económico se instalaron el ferrocarril, la luz eléctrica, el teléfono y la Estación Enológica. Este era el cálido contexto que envolvía a la familia cuando decidieron venir a la Argentina. Un día planificaron invertir en América un dinero que habían podido juntar en esos tiempos de bonanza, y se embarcaron hacia el puerto de Buenos Aires, y luego en tren hacia Mendoza.

La Bodega Saldeña comenzó a levantarse de a poco para cambiar definitivamente el paisaje del lugar. Luciano se involucraba en los trabajos de la obra a la par de los albañiles. Levantaron primero una nave de la sala principal y la pusieron a andar. Al lado, construyeron una casona de campo con una galería que miraba al norte, para que Emiliana, que esperaba a su primera hija, estuviera cómoda. En cuatro años la bodega ya estaba produciendo tres marcas de vinos. Dos de lujo y una marca popular de un vino hecho con uvas comunes.

El 14 de noviembre de 1914 se escuchó el primer llanto de un bebé en el lugar. Había nacido la hija de Luciano y Emiliana: María Saldeña Canares. La llamaban cariñosamente Marucha. Era una niña que disfrutaba mucho de la vida en la bodega. Así pasó los primeros años de su vida, jugando entre las hileras mientras se llenaba de carnosas redondeces como las cepas.
La bodega pronto necesitó expandirse. Fue entonces que Saldeña decidió construir otra pileta para el almacenamiento de sus vinos.

Una mañana la tranquilidad del campo quedó cortada a la mitad por un estruendo. Enseguida, los gritos. Una de las paredes de cemento de la pileta, sin dudas mal calculada, se desplomó aplastándolo junto a uno de sus operarios. Murió instantáneamente.

Así Emiliana Canares se convirtió entonces en la viuda de Saldeña. Una mujer rica, joven y con una niña pequeña. Sola en el lugar que para ella era, literalmente, el otro lado del mundo. Habían comenzado las desgracias para esta familia. Aturdida por la pérdida, se embarcó en cuanto pudo hacia Haro con su hija, en busca de contención familiar.

Alguien la acechó con interés en el mismo barco en el que viajaba a Europa. Se llamaba Vicente de Montuaro, un dandy español que -supieron más tarde- era famoso por sus sainetes de juego y que le dio charla durante aquel viaje. Se dedicaba a comprar alfombras en los puertos de Estambul y Esmirna y se las vendía a la clase alta europea. Un elegante oportunista. Montuaro empezó su trabajo de seducción en ultramar y un tiempo después le propuso matrimonio.

Emiliana se casó en segundas nupcias y fue madre dos veces más. De un varón y una niña: Joselo y Pilar. A diferencia de la primogénita Marucha, los hijos de Montuaro recibieron privilegios de nobles. Dicen que el dandy les mandó a construir una casita de juegos en medio del jardín lindero a la bodega de Chacras de Coria. Una habitación de paredes bajas, techo a dos aguas, con dos ventanitas y una puerta. Allí estos niños guardaban sus juguetes y pasaban las tardes resguardando su pálida piel del picante sol mendocino.

Marucha, ya quinceañera, observaba todo desde la perspectiva que le daban las hileras de uvas tintas que su padre había plantado. Allí, al fondo, entre las parras, se escondía al anochecer para hacer la travesura de fumar sarmientos. Se daba cuenta de que su madre no era feliz al lado de ese hombre que se estaba jugando los campos de la familia en apuestas. Veía que la vida se desmoronaba como esa pileta de cemento que la dejó sin padre. Pitaba a escondidas, sin saber que lo peor no había llegado para ella.

La voz de la cava

-¡Angelina!

Cuando Angelina escuchó la voz por tercera vez le sonó ofuscada.

-Por favor te pido que te vayas. Este no es tu lugar. Dios te salve María...

Angelina declamó mecánicamente un Ave María. Jura que no sintió miedo, pero cuenta que se le cayó el plumero con el que espantaba el polvo que un viento zonda había dejado encima de un escaparate. No fue miedo, repetía mientras lo contaba, fue tan sólo el sobresalto provocado por el grito. Igualmente rezó. Eran las cinco y media de la mañana, la oscura cava estaba húmeda, y el eco de sus pasos iba acompañado del chasquido de sus zapatos sobre los charcos que había en el piso.

El tercer llamado fue el que la decidió a hacerle caso a su compadre, que sabía más que ella de espíritus, y prendió una vela que había guardado en su bolso por las dudas. La encendió por el eterno descanso en paz de esa voz que la llamaba. No era una vela especial, excepto porque se trataba de una que le había quedado del cumpleaños de su hijo menor. Así le rezó un rato a la Virgen y le rogó -a quien fuera que la llamaba- que se fuera. Angelina cuenta que, a partir de entonces, nunca más escuchó nada. La voz desapareció junto a los primeros rayos del sol para no volver nunca más.

-Yo sentía alguien que andaba ahí. Primero me llamó y no me di vuelta ni le respondí. Luego me llamó con más fuerza, como enojada. Era la voz de una muchacha. Recién la tercera vez le contesté y, sin darme vuelta, le pedí que se fuera.

Angelina es una mujer pequeña pero robusta, nació en Luján de Cuyo, lugar del que nunca se alejó. Allí crió a sus siete hijos y aún trabaja en la ex Bodega Saldeña, que hoy es una prestigiosísima bodega de dueños franceses que no tienen ningún vínculo con los dueños anteriores. En 1950 la bodega fue a remate. Y pasó varios años abandonada hasta que en los ‘80 la volvió a comprar un argentino de reconocida estirpe bodeguera. No representó un buen negocio, por lo que la volvió a poner en venta en los años ‘90. Ya le habían cambiado la razón social a la bodega y así se cayó en el olvido el paso de los Saldeña por la industria del vino argentino.

En los ’90 muchas viejas bodegas fueron adquiridas por capitales extranjeros. A la de aquel riojano la compró un francés, en 1997. Él fue quien hizo reciclar la que fuera la casa familiar, tirando abajo viejas paredes y también el responsable de la modernización con tecnología de vanguardia de la bodega. Se mantuvo la cava original, que todavía lleva grabada la fecha de su inauguración: 1912.

Y se mantuvo la casita de juegos de los hijos de Montuaro, no se sabe bien para qué. Este nuevo dueño francés, al igual que Saldeña, también murió trágicamente aunque no en la bodega sino en Francia, mientras intentaba salvar a un chico que había caído de un yate, en el año 2000.

Cuando fui en busca de los parientes de los Saldeña, en Mendoza, me encontré con Lorena, la nieta de Marucha, que también está vinculada al vino en su rol de gerente de exportación de una firma internacional. Vive en Chacras de Coria, a metros de la tierra en la que se afincaron sus bisabuelos Luciano y Emiliana y donde naciera Marucha. No vive allí por haber heredado esas tierras porque su abuela, aquella niña que fumaba sarmientos, fue despojada de su herencia por el malvado y rapaz Montuaro.

Vive allí porque construyó su casa en la misma zona, en tierras que en algún momento pertenecieron a su bisabuelo, probablemente fascinada por los mismos paisajes que les habían encantado a ellos. Es, además, historiadora. Buceando en los sucesos de su familia le pregunté si había escuchado el cuento de las voces de la bodega y me contestó que sí:

-Hay quienes creen en un destino aciago de los dueños, muertos ambos en trágicos accidentes. Por supuesto que no creo en eso, son sólo habladurías que inventa la gente ante sucesos en apariencia conectados por un mal sino.

Pero ella también había oído de los fantasmas. La historia de las ánimas en pena es un clásico de la mitología popular. Un alma que por alguna desgracia o deuda impaga queda vagando por los lugares o entre las personas que frecuentó o, también, en aquel sitio en donde sucedió aquello que puso fin a sus días. Actualmente, en esta bodega varios testigos aseguran haber escuchado distintas cosas.

Uno de los enólogos franceses que en la década del ‘90 llegó a trabajar allí le contó a sus compañeros de trabajo que una noche se había quedado hasta muy tarde en el laboratorio. Estaba seguro de estar solo, cuando escuchó música clásica. Siguió trabajando extrañado de que las empleadas de la sala de degustación se hubieran quedado hasta esas horas y estuvieran escuchando música.

En un momento decidió bajar a descansar un rato y a preguntar qué celebraban allí. Pero, por supuesto, no había nadie. Como pensó en un principio, estaba completamente solo. Nunca supo de dónde salió aquel sonido que no podía provenir de las casas vecinas, tan distantes de la bodega

Otra vez, me cuentan dos actuales empleados, se encendió una prensa en pleno octubre. Esas máquinas gigantes, de estrépitos metálicos, que aplastan los granos para sacarles todo el jugo, sólo trabajan en época de cosecha, de enero a abril. Otra historia relata que una bonita noche de primavera se daba una cena con degustación para unos clientes importantes. Mientras comían, uno de ellos salió a fumar un cigarrillo a la intemperie.

De noche el paisaje de montaña es místico. Un cordón de gigantes de sombra, bajo un cielo que muestra todos sus detalles astronómicos sobre las viñas de un verde brillante mojadas de rocío y luz de luna.

Eran las dos de la mañana, según su reloj, cuando vio pasar corriendo a esos niños. Eran dos. Un nene y una nena que jugueteaban en la oscuridad de las hileras. El hombre pensó que eran los hijos de alguno de los presentes, por lo que entró de nuevo a la sala para avisarle a un encargado que había dos niños que jugaban sin control de los mayores por el campo. Pero nadie había ido con niños esa noche. Y más preciso aún, nadie sabía quiénes podían ser. Esta historia me la contó Celia, que es actualmente la encargada de la bodega.

Los otros

Muchas son las versiones acerca de estas voces de la bodega. Una de ellas es que los fantasmas son las almas en pena de sus dueños, muertos en circunstancias traumáticas. Pero esta versión del destino trágico pareciera ser tangencial, o paralela. Porque lo que muchos afirman es que las voces son de niños. Unos niños que defienden el lugar. Esta hipótesis se conecta con la del invitado que vio unos chicos jugando de noche entre las hileras. Me pregunté, entonces, ¿quiénes habrían quedado vagando en esta bodega, cuál sería la razón por la que se convirtieron en almas en pena?

Emiliana Canares de Saldeña tuvo una muerte precoz. Un cáncer de mama la mató en 1929, dejando a su primogénita Marucha completamente huérfana, y a los dos hijos de su segundo matrimonio a cargo de su padre, Montuaro, que ya se había vuelto un jugador de mala vida full time. Este, apenas fallecida su esposa, dio en adopción a Marucha -que tenía quince años- a unos tíos maternos que la acogieron en su hogar. No le dejó nada de la bodega.

La privó de la herencia de sus padres, la despojó de los bienes que habían atesorado sus abuelos. Lo que quedaba se lo jugó en apuestas. Y se embarcó de nuevo con destino a España, con sus dos hijos pequeños. Nunca más se supo de ellos. Hay quienes cuentan que los chicos fueron también dados en adopción a unos tíos al llegar a España.

Dicen que las voces y las apariciones comenzaron cuando los actuales dueños de la conocida firma que adquirió la bodega en el año 2000 pensaron en tirar abajo la casita de juegos -una de las únicas construcciones que perduran de la bodega original- para levantar en su lugar un restaurante. Según las conjeturas de los testigos, los fantasmas podrían ser aquellos dos niños, los hijos de Montuaro, de los que nada más se supo y que estarían defendiendo su espacio de juegos. Sólo se especula esto por los testimonios de quienes han visto o escuchado a dos almitas juguetonas vagando por el lugar. Dos pequeños que han tomado la casa.


Como los cuises que hace un tiempo tomaron el jardín y corren a esconderse cuando ven a los turistas llegar por la ruta del vino argentino hasta este destino obligado. Pecas pardas y nerviosas que se desplazan manchando ese verde impoluto del jardín que hoy da la bienvenida a la bodega. Don José, el jardinero, está allí con su tijera. Antes de irme le pregunto por los fantasmas. Me dice que ha escuchado las historias. Pero que no me preocupe, porque todo esto de las almas en pena no es otra cosa que habladurías, puro verso. Leyendas para beodos, o trasnochados.

(*) Esta historia se desarrolla en un establecimiento ubicado en Chacras de Coria, que actualmente elabora vinos de alta gama. Tanto el actual nombre de la bodega donde suceden los hechos narrados por los testigos, como los nombres propios fueron cambiados para proteger la identidad de los protagonistas. Los testimonios recogidos en esta crónica provienen de gente que está actualmente trabajando allí y de parientes directos de los personajes allí descriptos.

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