En el nombre del padre

“Hasta que vuelva a tenerte” narra la historia de un papá al que se le impide ver a su hija. La crónica indaga la lucha judicial y emocional de un hombre que, como los personajes de Di Benedetto, se perfila como “víctima de la espera”.

sábado, 07 de enero de 2012
En el nombre del padre

Periodista de policiales, es un escritor destacado de nuestra provincia. Entre la ficción y la realidad.

Mariana Guzzante - mguzzante@losandes.com.ar

Puede tratarse de una vivencia que le hizo eco, de una confesión que le impactó, de una llamada a la redacción del diario que siguió en un café hasta llenar ceniceros. Para los buenos cronistas, empieza entonces a tomar forma la aventura de convertir cualquier tema en una gran historia.

Y esta historia tuvo, desde el principio, un gran potencial: la naturaleza de los vínculos y las aristas de la ley, un realismo crudo, que por momentos desemboca en drama. El lenguaje es moderno, despojado, se prioriza la acción permanente, a la descripción o la reflexión de los personajes que se van revelando en situaciones que se concentran en el siniestro asunto de ‘lo familiar’.  El rock como conjuro para no sucumbir, el silencio como escudo, la casa tomada por los parientes, la medicación como freno.

Lo que el divorcio se llevó

Un padre joven (HC) y en plena lucha legal con su ex esposa por la restricción que le impide ver a su hija (Adelina), decide contar su historia para drenar la impotencia. 

El relato comienza en el domingo soleado de una familia muy normal. En la primera persona del padre, desde el capítulo uno, se nos exponen los detalles del caso: el quiebre de esa normalidad y el inicio de un duelo imposible. A partir de allí, el drama de la espera se convierte en un pleito entre la familia de la ex mujer (Marisa) y el ex marido (HC es un contador de clase media, de 38 años) por recuperar a Adelina.

Y la espera, que parece hacer de la melancolía su principal fortaleza, ata los cabos de la historia. Toda la novela está impregnada  de esa impotencia por la insoportable y repentina desaparición de la normalidad, el momento en que el mundo de alguien estalla en pedazos, aquello que en la tragedia griega llamaban anagnórisis.

Thriller psicológico, en un punto. En el que no se trata de descubrir al criminal, sino más bien de problematizar el rol de la víctima. Novela confesional (a contrapunto) en la que la voz del protagonista describe ese ‘calvario’ de laberintos judiciales y roces afectivos. Allí donde la peregrinación sirve sólo para manifestar la perplejidad del ¿por qué me pasa esto? ¿por qué me pasa esto a mí?

La crónica (ese género que abreva en el periodismo y la literatura) acompaña, a lo largo de todo el libro, con la tercera persona neutra del narrador. Pero además, es la voz del relato reconstruye la infancia de HC, sus anécdotas, sus sueños, los primeros años de su matrimonio y las esquirlas que lo atraviesan cuando su vida se desparrama.

La hija se construye en el entramado de esa escena, dando lugar a una cruzada. HC quiere recuperar a Adelina. ¿Y quién puede contar la historia de una pérdida sino el que se queda con el vacío? Sin embargo, cada uno de los capítulos deja entrever que no es posible narrar una historia familiar desde una sola perspectiva, aunque éste sea el caso, así que sólo se vuelve verosímil al problematizarla, en el propio tejido de las culpas.

Pero la hondura del texto gira en torno de una sola pregunta: ¿quién se queda con Adelina? Es decir, ¿quién se queda con todo? Porque si la madre hunde a toda la familia en el supuesto absurdo, la hija se convierte en lo único asible que queda entre tanta injusticia.

Una de las claves de la novela está en la convicción de HC que se ofrece a ser requisado psíquicamente por el lector.  Acaso, a la espera de su propia revancha: porque aquí no se trata, como en Duelo y melancolía, de Freud, de “terminar de matar al muerto”, sino de resucitar lo vivo, como en esos textos en bastardilla, donde la escritura de HC aparece: “Es una mañana clara y luminosa: la luz entra por todos los costados de mi casa. Yo estoy al pie de la escalera y comienzo a subir lentamente; peldaño por peldaño. Al final puedo ver los pelos rubios y ensortijados de Adelina. "

"Veo su cabeza primero, su cara después, su torso y, finalmente, al  llegar a tres peldaños al final de la escalera, la veo de cuerpo entero (advierto que luce más alta que la última vez que la vi). Ella está de pie, quieta, y me dirige una mirada como el agua: sin color, sin sabor, sin olor. Yo me detengo y la miro con una mirada de padre que hace mucho que no ve a su hija. Todo se pone en pausa por unos segundos pero parece una eternidad. Ella y yo, frente a frente después de tantos meses. Adelina me dirige una última mirada de agua y se da vuelta y se va corriendo, no muy rápido, pero corriendo.Yo me quedo a tres peldaños del final de la escalera con mis regalos en la mano”.

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