A diferencia de la travesía "oficial", un periplo alternativo nos permitió llegar al templo sagrado de forma independiente y gratuita. Aventura desbordada de mística y paisajes alucinantes. Lo auténtico de la experiencia.
Te dan la comida, la bebida, te llevan la mochila y te instalan el campamento. Te guían los cuatro días de excursión,, y, claro, te cobran 400 dólares. Eso siempre y cuando hayas realizado tu reserva con varios meses de anticipación. Te dicen que es la única forma de hacer el Camino del Inca. Pues no.
Norte, sur, este y oeste. Antes de la caída del imperio, hace unos 480 años, los incas llegaban hasta el templo sagrado de Machu Picchu desde todas las direcciones. El terreno quedó plasmado de senderos, de huellas, pisadas que los locales aún intuyen, manteniéndolas con vida. Se calcula, aunque al turista se le venda un guión diferente, que existen por lo menos ocho caminos con final en la otrora ciudad perdida. Hoy vamos a desglosar uno de ellos.
Aquel que desde Santa María, en los fondos del Valle Sagrado, recorre selvas, ríos y cerros hasta alcanzar la tierra prometida. Será de forma independiente y gratuita. Esto es, sin porteadores, cena incluida ni servicio de cama. Pero con mucha más adrenalina y autenticidad.
Día uno
La aventura comienza en la ciudad de Cusco. Tras el paseo por la antigua capital y su precioso casco histórico, hay que dirigirse a la terminal de buses de Santiago, ubicada en las afueras. Destino: Santa María. Seis horas de carretera que ayudan a imaginar el porvenir: los costados explotan de alturas y verde furioso. Tentador en todos los sentidos.
A la llegada al pueblo, buscar una pensión digna. Los primeros contactos con la comunidad local venían del colectivo y ahora se profundizan. El viajero descubre gente maravillosa. Sencilla de cabo a rabo, feliz por el solo hecho de ser. La aldea está hecha de casitas humildes, calles de tierra y vegetación. Con ese sentir Macondo nos vamos a dormir y a soñar con lo que se viene.
Día dos
La jornada nace madrugadora y ya estamos en movimiento. Una ruta ancha y abierta se extiende por tres kilómetros y, tras tenue subida, choca con un cerro impresionante. Selva es lo que tiene en el lomo y ahí nos metemos. Hay una sensación que domina, que dice que empieza lo mejor. Será pendiente y pendiente, cuesta arriba entre árboles. Buscando una senda difusa que olfateamos a puro instinto.
Después surgen algunos claros, haciendo notar a través del panorama, la altitud. En eso, un ranchito perdido. La dirección es nuevamente imprecisa, así que golpear la puerta ayuda. La charla confirma la calidez de la gente que, a través de referencias naturales ("delante del árbol con las ramas gordotas", "a la izquierda del pico de la montaña"), va aclarando el trayecto.
Continúa la subida, escalones de tierra y horizonte para ver. La postal quita el aliento. El valle entero, tan puro, tan magnífico en formas y relieves, hace notar su potencial. Pensar que por aquí pasaban ellos. Los dueños de este mundo. Los que la historia y el hombre blanco borraron de un cachetazo. Los que en largas y duras procesiones, henchidos de fe, marchaban con rumbo al templo. El mismo hacia donde ahora vamos nosotros.
Más adelante regresa la selva. El encuentro es con una familia, que vive de su plantación de café y de vender agua a los pocos turistas que pasan. Sentados con jungla en derredor, el hombre de la casa nos cuenta los secretos del grano, el proceso de secarlo al sol. También sobre cómo es la vida por estos recluidos parajes, sus alegrías y sus tristezas. Nuevas indicaciones, manos que se estrechan, y mutuos deseos de buena suerte.
Tras un fuerte descenso, aparece el Río Urubamba. Cristalino y furioso, el afluente es vital para la subsistencia de la región. Cruzarlo será otro desafío. Los pobladores de la zona utilizan una gran canasta de metal que, sostenida por cuerdas, sirve para atravesar el agua desde lo alto. El visitante hace uso de sus propias manos para avanzar, sentado en el dispositivo y tirando de la soga. Le tiemblan las piernas pero, con la premisa de no mirar para abajo, cumple el objetivo.
Cuando cae la noche, la pequeña localidad de Santa Teresa dice presente. Ofrece unas termas naturales que ayudarán a aplacar el cansancio y a recuperar energías para lo que resta.
Día tres
Otra vez a patear y otra vez a cruzar el Urubamba. El sol ilumina el terreno todo, mientras el camino anuncia bananeros y demás signos de clima subtropical. Aldeas se pierden entre el follaje, fecundado de palmeras. Hacia la derecha, una cúspide infinita libera agua, formando pequeñas cataratas que dan idea de paraíso. El espectáculo, maravilloso.
120 minutos de andar para llegar a la central hidroeléctrica, punto donde la senda se choca con la vía del tren. Las dos se fusionan para regalar tres horas de los paisajes más alucinantes del continente y el mundo. Los cerros, sensuales en sus formas, son todo verde. Literalmente. Las cimas van redondeadas, con cóndores y otras aves engalanándolas. La diversidad irradia el cielo de colores y bellas melodías.
Ya por la tarde, el arribo a Aguas Calientes nos reencuentra con el movimiento turístico experimentado en Cusco. Mucho hotel y restaurante en la última posta antes de Machu Picchu, aunque en un entorno aún lo suficientemente cuidado como para que la esencia local se conserve. Luego, mirar hacia arriba. Mañana estaremos ahí.
Día Cuatro
El sol todavía no se dio por aludido, cuando algunos caminantes salen en busca de la montaña. Será una hora de verticalidad máxima para arribar al rincón tan anhelado. Una vez allí, ya hay amanecer. Los primeros rayos iluminan uno de los mayores tesoros de la humanidad, que descansa arropado de siglos y leyenda. Ni Pizarro ni sus hombres llegaron a verlo. Pero sí lo hace el viajero, emocionado. Las vivencias de estos cuatro días se sientan a su lado y le palmean la espalda.
Actividades turísticas para complementar las noches de folclore que propone el Festival Nacional de la Tonada.
Una de las ciudades más impactantes del orbe, gélida por estos días y con su historia a flor de piel.