Una tragedia menor

Seguimos recorriendo obras inéditas (y no tanto) de los escritores mendocinos (y no tanto). Hoy vamos a disfrutar de varios cuentos breves de un excelente dibujante y cineasta, Andrés Llugany, que exhibe su interesante faceta de escritor (ilustrado por Gabriel Fernández). También se reúnen en estas páginas escritores como Beatriz Baudizone, Juan Edgardo Martín y Nicolás Sosa Baccarelli (los últimos, colaboradores de Los Andes). Al final, un capítulo elegido de “10 lugares mágicos de la Argentina” (Emecé), de Viviana Rivero y Lucía Gálvez: el que desentrama la historia y el encanto del Valle de Uco. Bienvenida sea la lectura.

sábado, 28 de enero de 2012
Una tragedia menor
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-Te diré por qué no debes llorar, ahora que el viento ha tirado tu casa y las lluvias han inundado tu huerta -le dijo el duende pequeño a la muchacha, que lloraba sentada en una piedra-.

Te diré que, aunque tu vaca y tu perro hayan muerto de peste y tu cabellera dorada se haya caído, tendrías sin embargo que reír y cantar, pues estas calamidades no son sino algo muy pequeño ante lo que ocurrió hace una semana, antes de que llegaran el viento y las lluvias y la peste.

Escucha, muchacha -el duende hablaba muy rápido, casi sin respirar-: Tu madre, aquella anciana que ahora teje bajo el eucalipto, cayó por el barranco y se partió el cuello. La descubriste por la tarde, cuando la luna bañaba su cuerpo de luz pálida y, destrozado tu corazón, te acurrucaste bajo su brazo inerte y murmuraste su nombre hasta el amanecer, intentando que despertara. Entonces, aparecí yo, dispuesto a cumplir tus desesperados deseos. Ofreciste tu casa, tu huerta, ofreciste tu ganado y tu perro y habrías ofrecido tu vida si yo no te hubiese tranquilizado con mis susurros. De modo que, a cambio de todo eso que ofreciste, hice que tu madre retornara a la vida.

-Eso es verdad -replicó la muchacha-, creí que había sido un sueño...

-Lo fue, y cuando al otro día tu madre despertó de la muerte me obsequiaste tu hermosa cabellera, que ahora guardo como mi más preciado tesoro.

La muchacha, al oír todo esto, levantó la cabeza hacia la anciana que tejía bajo el eucalipto y corrió saltando a su encuentro.

La liebre, el gusano y yo pasamos por allí unas horas más tarde y, naturalmente, no podíamos explicarnos por qué aquella muchacha, cuya casa había caído y sus campos yacían inundados y que acababa de enterrar a su vaca y su perro, estaba tan contenta recitando poesías medievales, junto al eucalipto bajo el cual dormía, plácidamente, su anciana madre.

Sin embargo, no opusimos ninguna resistencia cuando sonriendo nos ofreció algunas jaleas que había hecho a la tarde, con los membrillos de la huerta vecina.

Una fiesta a cuarenta kilómetros por hora

La liebre me dijo que podíamos viajar más rápido si yo le daba mis brazos y me ponía sus piernas. Decía que un hombre con cuatro piernas viajaría más rápido que un hombre y una liebre, y tenía razón. Así que se aferró a mi espalda y yo comencé a correr con mis cuatro piernas a través del campo.

Teníamos cierto apuro, porque, al mediodía, oímos el rumor de que la Reina había decidido hibernar el invierno próximo y no daría más audiencias hasta la primavera.
Corrí velozmente durante una hora, hasta que me detuve a descansar a la sombra de un eucalipto. Allí, encontramos a un conejo.

El conejo viajaba para el mismo lado, y se me ocurrió que iríamos aún más rápido si me prestaba sus piernas y se instalaba en mi espalda junto a la liebre. Él aceptó de buen grado y corrí entonces más rápido, mientras la liebre y el conejo jugaban a los dados en mi espalda. Luego, me prestó sus piernas un pequeño puma, y, más tarde, un avestruz. Mi espalda se llenaba de animales que jugaban a los dados y las piernas se multiplicaban debajo de mí. También subió una muchacha muy bonita que vagabundeaba, pero me negué caballerosamente a que me prestara sus piernas.

Adelantamos un buen trecho y, seguramente, habríamos alcanzado a la Reina en menos de un mes si los que viajaban sobre mí no hubieran decidido armar una carpa en mi espalda para dormir, luego de lo cual tomaron confianza e instalaron un alambique, y todos se embriagaron. Hicieron fiestas mientras yo corría como un desaforado y el puma osó colgar guirnaldas en mis orejas.

Me detuve ofuscado (y con tantas piernas como tenía tardé cinco minutos en detenerme) e hice bajar a todo el mundo. Luego de devolver las piernas, saludé seriamente a cada uno y continué caminando en compañía de la liebre, que, aún, estaba un poco ebria. Y, mientras nos alejábamos, oía cómo los demás iniciaban una nueva fiesta en la espalda de la muchacha vagabunda, mientras ella corría en círculos alegremente.

La metamorfosis

Nos hospedamos en una posada atendida por un muchacho. Su padre había viajado a un torneo de caza y lo había dejado a él a cargo. De modo que, durante muchos días, la liebre y yo dormimos y comimos en su compañía, muy agradable, por cierto.

El muchacho estaba enamorado de una chica que vivía detrás de la colina y, aunque le había demostrado su amor todos los días de los últimos dos años y medio, ella se las había arreglado para mantener siempre una distancia entre ambos. Él insistía y pensaba, todas las noches, qué cosa hacer al día siguiente para conquistarla. Sospechaba que algo debía haber que despertara en ella la pasión por él.

La liebre, que siempre fue bastante práctica, le propuso que se olvidara del asunto y que mirara hacia otras colinas, que detrás de cada una había una hermosa chica esperándolo. El muchacho le dijo que no era una cuestión de elección. Él se había enamorado de ella y no podía elegir no estarlo.

Un día, nos preguntó a la liebre y a mí si notábamos algo particular en él que pudiera desagradar a una chica. Nosotros no supimos qué decirle y corrió, entonces, a preguntarle directamente a su amada. Pero ella no le respondió nada concreto y él volvió meditabundo.
Al otro día, se había cambiado la nariz y había ido a mostrarle a ella su nueva apariencia.
Al día siguiente, tenía otra boca y otros dientes.

Luego, se puso unos hermosos ojos verdes y lucía brillantes músculos.
Cambió de cabello, volvió a cambiar la nariz.
Se vistió de amarillo.
Se alargó la cara, usó perfume.
Probó otros ojos.

Siempre fue rechazado por la chica que amaba y, un día, ella se casó con otro.
Cuando salió el sol, el muchacho de la posada se sentó a la mesa mientras comíamos y, por primera vez desde que llegamos, lo oímos hablar de alguna cosa que no fuera aquella chica. Pensativo, comentó que se aproximaba el invierno y que debía ir a comprar frazadas para los huéspedes.

Había cambiado mucho. Su rostro no era el mismo y era más alto y corpulento; y (nos enteramos mucho después) cuando su padre regresó no lo reconoció y le disparó entre los ojos con su escopeta de caza, creyendo que era un ladrón.

Una feria condenada al fracaso

or aquella época, había muchas ferias dando vueltas por los pueblos. Cada vez que se juntaban diez o más fenómenos instalaban su propia feria, con la que salían en giras que a veces duraban varios años. Eran todas muy parecidas, incluso usaban el mismo color de carromato. La gente de los pueblos veía acercarse un carromato rojo y comenzaban los festejos por el arribo de la feria. Eran ferias distintas las que llegaban, invariablemente cada dos meses, pero, aunque a la gente de los pueblos le parecía siempre la misma, nunca las recibían con desánimo o miradas tediosas. La presencia de la feria llenaba de algarabía las calles.
Sin embargo, una de las ferias no había pintado de rojo su carromato.

Y la gente de los pueblos no se alegraba al verla en el horizonte. Se encerraban en sus casas y no salían hasta que esta feria había pasado de largo.
Solía acampar, como todas las demás ferias, pero nunca se quedaba en un pueblo más de dos días, pues la concurrencia era mínima. Al anochecer del segundo día, el carromato seguía su triste camino.

Era una feria de muertos. Varios espíritus que, por distintas razones, habían quedado varados en este Reino y que, ahora, se exponían sin pudor, tratando de ser aceptados por las personas vivas. Ofrecían un espectáculo de levitación y transparencias, con un número intermedio de desaparición. Los espíritus cobraban una entrada muy barata; pero, aunque el espectáculo era interesante, no lograban que la gente entrara a verlo. No es fácil encontrarse frente a frente con un pariente fallecido, y todas las familias tienen alguno. Nadie, por lo tanto, estaba dispuesto a arriesgarse a entrar a la carpa.

Los espíritus comprendían esto y, con humildad, habían pintado de negro su carromato.
Tenían, sin embargo, un público fiel con el que podían contar en cada presentación. Eran las muchachas que habían visto morir a sus enamorados, y que aún guardaban una pequeña esperanza de reencontrarlos. Entraban en la carpa y se sentaban expectantes; mientras, frente a ellos, los espíritus hacían sus actos. Pero las jóvenes estaban menos pendientes de las gracias que de los espíritus en sí y sólo pretendían encontrar lo que buscaban. Se retiraban, por lo tanto, decepcionadas y con los rostros llenos de tristeza, lo que no ayudaba mucho como publicidad.

Los mapas imaginarios

Gente de todo tipo iba desde lugares muy remotos a pedir audiencia con la Reina. A veces, nos encontrábamos con alguno descansando a la sombra de un eucalipto solitario y continuábamos el camino en mutua compañía.

Los trechos se hacían mucho más cortos escuchando las historias de estos circunstanciales compañeros y más de uno, incluso, llegó a hacernos lamentar el hecho de que finalmente se separara de nosotros (pues en definitiva todos ellos en algún momento optaban por una senda que no era la nuestra).

Nadie parecía saber, sin una mínima duda, el camino seguro al castillo de la Reina y, de repente (en alguna bifurcación), nos encontrábamos nuevamente solos.

Nosotros, que habíamos conseguido un mapa, podíamos ver sobre el papel el camino correcto y, aunque lo mostrábamos cada vez que alguien nos contradecía en la ruta a seguir, nadie le daba a nuestro mapa más crédito que el que se le da a un marinero ebrio. Al principio, no entendíamos esa actitud y nos quedábamos mirando cómo desaparecían en el horizonte todos esos viajeros que preferían confiar en el errático instinto antes que en nuestro colorido mapa.
Finalmente, un hombre barbudo que nos acompañó un buen tramo advirtió las inquietudes que nos embargaban y nos señaló un pequeño garabato tembloroso al pie del mapa, que no habíamos visto antes.

Era la firma de un famoso navegante que había cruzado varios océanos en su barco de madera, y que había pasado sus últimos años enfermo y hundido en licores, en una taberna del muelle, viendo cómo los barcos zarpaban una y otra vez. Durante esa época de vahos alcohólicos se dedicó a trazar muchos mapas, que luego vendía a precios irrisorios. Sus mapas terminaron por adquirir fama por lo poco confiables que resultaban, y por la extraña circunstancia de que todo aquel que optara por seguir una ruta en cualquiera de sus mapas terminaba indefectiblemente llegando a una capilla erigida en medio del Desierto de la Luna, donde un muy anciano párroco daba cobijo a todo aquel que le golpeaba la puerta.
Este anciano era el padre del marino, a quien había visto marchar del hogar mucho tiempo atrás y quien nunca supo que era el hijo el autor de aquellos mapas imaginarios.

Por su parte, el navegante siempre recordó la infancia junto a su padre y, aunque lo único que deseaba al final de su vida era retornar con él, hacía tiempo que había olvidado cómo llegar a aquella pequeña capilla perdida en el medio del Desierto de la Luna. Entonces, ahogaba su pena y soledad dibujando mapas de zonas que inventaba. Y, lentamente, fue muriendo, sin saber nunca que para llegar a su padre sólo tenía que seguir cualquiera de sus muchos falsos mapas.

Digestión musical

Desfallecíamos de hambre cuando pasamos junto al huerto de los membrillos que hacen cantar, de modo que no nos fijamos en posibles consecuencias y devoramos muchos membrillos con gran gula. El granjero nos disparó unos cuantos tiros con su escopeta, pero ya habíamos corrido lejos y satisfechos. Incluso, nos habíamos llevado varios membrillos que hacen cantar, para comer más tarde.
Y, a la noche, la liebre cantó esta bonita canción que ni ella conocía:

Había una vez una doncella desesperada,
corriendo agotada
por el bosque. Y los gritos de nada
le servían. Pobre doncella de ropa ajada
tristes jirones de tela al viento y asustada.

Su cabeza continuamente atrás giraba
porque algo temible la amenazaba,
y aunque, descalza y veloz, se alejaba,
ni un poco apenas descansaba.
Un respiro
y él estará aquí, pensaba
y seguía corriendo.

Pero yo ya estoy aquí,
susurraba
un demonio en su oreja.
Y ella no escuchaba.

Yo, que había comido de los membrillos tanto como la liebre, también canté lo mío. Pero, vaya uno a saber por qué, la canción me salió en alemán y nunca supe el significado de mis palabras.

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