Seguimos recorriendo las pasiones de los personajes ilustres. El ardiente amorío entre Liniers y Ana Perichon. ¿Era la “Perichona”, como le decían, una espía inglesa?
domingo, 15 de enero de 2012
Era un doce de agosto de 1806 frío y ventoso en la ciudad de Buenos Aires, el olor de la pólvora, los estampidos de las balas que partían de todos lados, los gritos de “¡Viva el rey!”, y las maldiciones lejanas en inglés no hacían perder la compostura de ese apuesto y marcial cincuentón de abundante cabello cano que marchaba elegantemente al frente de su regimiento por la calle de San Nicolás (actual calle Corrientes).
De pronto, desde un balcón, cae a los pies de aquel distinguido francés un delicado pañuelo bordado y perfumado. El hombre lo toma con la punta de su espada, huele la fragancia, levanta los ojos y observa que desde los ventanales del piso alto de la residencia Perichon- O’Gorman, una hermosa damita lo observa con admiración…
La escena parece sacada de un film de Hollywood, sin embargo, así es más o menos cómo refiere Paul Groussac que se conocieron Santiago de Liniers y Ana Perichon (1775-1847).
Esta singular mujercita que llevó una vida azarosa había nacido en lo que actualmente son las Islas Mascareñas, ubicadas en el Índico, al este de Madagascar, y por aquel tiempo, colonia francesa. Habíase casado con un irlandés de apellido Gorman u O’Gorman, el cual no gozaba de muy buena reputación por la vida licenciosa que llevaba. Ella, andando el tiempo, tendría una nieta que también daría que hablar: Camila O’Gorman.
Durante la defensa de Buenos Aires, en tiempos de las invasiones inglesas, la casa de Anita estuvo protegida por una bandera francesa, que era en realidad, su nacionalidad. Sin embargo, en dos oportunidades, primero el mayor King, y luego el Coronel Kingston jefe del Regimiento de Dragones trataron de posesionarse de la bandera. Los Patricios de Liniers hirieron de muerte al inglés, el cual no obstante los cuidados que en la misma casa de Anita se le prodigaron, acabó muriendo.
A partir de allí comienza un ardiente romance entre la agraciada francesita y el dos veces viudo comandante de los Patricios y futuro Virrey del Río de la Plata. La gente de la ciudad comenzó a llamarla “La Perichona”, acaso asociándola con la célebre “Pericholi” del Perú (la cual tuvo amores con el Virrey Amat y Juniet de aquel Virreinato, y según aseguran los cronistas de la época que cuando se enfurecía la llamaba “¡perra, chola!”).
Liniers y Anita convivían en la casa de él. A partir de allí, ese lugar se convirtió en el centro nervioso de la política virreinal. Allí se tejían intrigas, se concedían ascensos, y se otorgaban favores. Cuentan que ella ejercía demasiada influencia sobre Liniers, ascendiente a que el francés no podía sustraerse, pues se hallaba enamorado. Era Anita una “criolla francesa de elegancia estrepitosa y belleza volcánica”, tal cual es descripta por Groussac. Por su parte, Liniers –ya Virrey- la llamaba cariñosamente “la petaquita”.
Pero la hermosa damita no era una belleza inofensiva. Según Martín de Álzaga su casa era un verdadero depósito de espías británicos, y aprovechaba sus amores con Liniers para servirse de los bienes públicos. Por su parte Groussac la califica de “persona de avería (…) buena frescachona (… ) bastante voluntariosa y malcriada”. Mientras ella gozaba de los favores del Virrey, su esposo navegaba por los mares en un buque de bandera portuguesa. Castelli y el mismo Pueyrredón fueron asiduos visitantes de la tertulia en casa de “La Perichona”.
El romance duró dos años aproximadamente, hasta que el mismo Liniers obtuvo pruebas que acreditaban que aquella hermosa dama era en realidad una espía de los ingleses y que conspiraba en contra de la dominación española. Fue expulsada y marchó exiliada a la Corte de Río de Janeiro. Allí volvió a hacer de las suyas. Su casa era el centro de reunión de patriotas argentinos en el exilio –entre ellos Pueyrredón- y fue la querida de Lord Strangford (embajador inglés en Brasil). Pero tuvo la desgracia de no gozar de la simpatía de la infanta Carlota, quien, tal vez por celos, la mandó nuevamente a Buenos Aires. Por fin, luego de algunos avatares, ella consiguió regresar al Río de la Plata.
Un hermano de Anita se había casado con una hija de Liniers, lo cual reforzaba aún más su creencia de ser acreedora de especiales consideraciones, aunque ahora el ex comandante de los Patricios no fuese Virrey. La Primera Junta la autorizó a residir en Buenos Aires siempre y cuando “guarde la circunspección y retiro que le encarga el gobierno y que observará por sí misma”.
Liniers luego sería fusilado por Castelli en Cabeza de Tigre, y ella quedaría viviendo en su quinta, dedicada al manejo de sus negocios y la educación de los hijos. Su esposo (O’Gorman), jamás regresaría. La Perichona pasaría los últimos años recordando, tal vez, los buenos y viejos tiempos de sus amoríos con el Virrey francés, las intrigas con los espías ingleses, y las tertulias en su casa en la calle de San Nicolás. Abandonó este mundo el 1 de diciembre de 1847, en plena tiranía rosista.
Sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta, pero actualmente no se conoce con certeza el lugar exacto de su ubicación. Al momento de su muerte, tenía una nieta –Camila O’Gorman- que protagonizaría un drama del cual todavía hablamos los argentinos.
Pero esa es otra historia.
Juan Edgardo Martín - Especial para Estilo