Arlt, Cosquín y sus mujeres

El templo musiquero del folclore supo albergar a una de las plumas más certeras de nuestro país. Destacado novelista, cuentista y dramaturgo, intrépido periodista y superior en el talento de patear la calle, la textura de Roberto Arlt quedó impresa en el Valle de Punilla, donde la relación con "sus mujeres" signó su vida personal y artística.

sábado, 03 de septiembre de 2011
Arlt, Cosquín y sus mujeres

Primeros amores. En Cosquín, vivió junto a su esposa, Carmen Antinucci, y su hija Mirta Electra.

Pablo Donadio - Especial para Cultura

"Creo que para vagabundear se necesitan excepcionales condiciones de soñador. Ante todo, para vagar hay que estar por completo despojado de prejuicios y luego ser un poquitín escéptico, escéptico como esos perros que tienen la mirada de hambre y que cuando los llaman menean la cola pero, en vez de acercarse, se alejan, poniendo entre su cuerpo y la humanidad una respetable distancia. Los extraordinarios encuentros de la calle. Las cosas que se ven. Las palabras que se escuchan".

"Las tragedias que se llegan a conocer. Y de pronto, la calle, la calle lisa y que parecía destinada a ser una arteria de tránsito con veredas para los hombres y calzada para las bestias y los carros, se convierte en un escaparate, mejor dicho, en un escenario grotesco y espantoso donde, como en los cartones de Goya, los endemoniados, los ahorcados, los embrujados, los enloquecidos, danzan su zarabanda infernal". Aguafuertes porteñas (1928-1942).

Casi un huerquén, Roberto Arlt supo llevar el saber de un observador, de un caminante en las sombras y dejar así una obra de ineludible vigencia. Escritor urbano, hizo del frío de veredas e historias mínimas, célebres relatos que trascienden lo bien escrito para crear su corporalidad, su clima, como en sus "Aguafuertes porteñas".

Apasionado por los inventos (¿inspiración de "El juguete rabioso" y "Los siete locos"?) y verdadero entusiasta del periodismo, conquistó el arte de transformar lo cotidiano en una mágica historia. Perteneciente a una generación de escritores latinoamericanos impulsados hacia una literatura atenta a la realidad social y física de América Latina, integra un selecto tridente junto a Borges y Cortazar (el "ABC" de la literatura nacional) y al que habría que sumar sin dudar a Walsh.

Pero esas suelas bien porteñas anduvieron algún tiempo en Cosquín, provincia de Córdoba, signando la vida familiar de Arlt y "sus mujeres" y, de algún modo, se trasladaron a su obra. Aún hoy, en esas callecitas coloniales de pueblo chico, su antigua casa se mantiene en pie y algunos relatos lo recuerdan.

De sierras y pozos

El 10 marzo de 1920 Arlt viajó a Córdoba para hacer el Servicio Militar. Durante esos días de colimba conoció a Carmen Antinucci, una cordobesa que dos años después se transformaría en su mujer. "Con la enfermedad de los pulmones de Carmen declarada, el matrimonio decide instalarse en las sierras de Córdoba. Con la dote de veinticinco mil pesos compran una casa en Cosquín y Arlt inicia una serie de empresas que resultan fallidas. Mientras tanto, continúa escribiendo los capítulos de ?El juguete rabioso' y, según su propio testimonio, publica 'Diario de un morfinómano' en 'La novela cordobesa', con un prólogo de Juan José de Soiza Reilly", cuenta Sylvia Saítta, biógrafa del escritor.

En 1923 nace en Cosquín su única hija, Mirta Electra Arlt pero las cosas no estaban bien entre sus padres. Acostumbrada a una infancia vivida entre algodones y propia de una familia dinerada de la Córdoba poderosa, Carmen no aceptaba vivir en la pobreza de un escritor incapaz de resolver las mínimas cuestiones económicas. Además, Arlt fracasaba una y otra vez en sus locas empresas (como la fábrica de ladrillos) con la dote matrimonial proveniente de la familia de Carmen.

En esa Córdoba inspiradora comenzó a pergeñar una de sus obras destacadas, llamada en principio "La vida Puerca" y luego "El Juguete rabioso" por consejo de Ricardo Güiraldes, uno de los escritores más aristócratas de la época, del cual era secretario y al que burlonamente decía: "A ver maestro, cuándo se pone a escribir en serio", traicionaba sus deseos.
 
"Ese pozo", como comenzó a mencionar a las sierras cuando su matrimonio se desmoronaba, le replicaba día a día la pobreza estructural de su vida. Si bien en 1924 regresa a Buenos Aires (Devoto), donde terminó "El juguete rabioso", la conexión con Córdoba sería permanente por la enfermedad de Carmen.
 
Poco después viajaría también su madre y su hermana, que recurría a Cosquín para enfrentar la tuberculosis. Así las mujeres en su vida recalarían en Córdoba mientras él ocupaba pensiones de mala muerte en los barrios porteños, pues no había sueldo que alcanzara para mantener una familia disgregada, enferma y que se desmoronaba afectivamente.
 
"Como su madre años atrás, su mujer le exige que trabaje de cualquier cosa para mantenerla. Arlt se siente humillado; Arlt se siente incomprendido; Arlt comienza a urdir una venganza que tendrá a la literatura como herramienta. Porque con la suegra, ingresarán a su literatura las Elsas y las Irenes, que torturarán y humillarán a sus hombres hasta convertirlos en víctimas", afirma Saítta, autora de "El escritor en el bosque de ladrillos" (2000) de Editorial Sudamericana -ver aparte-.

Ella agrega que en una carta a su hermana Lila, Arlt no sólo afirma que "parte de lo que he sufrido al lado de esta mujer está en Los siete locos en el capítulo de la Casa Obscura", sino que en "El escritor", la biógrafa reproduce una carta que Arlt envía a su hermana, refiriéndose a Carmen: "Otra vez me dijo: Yo no me explico que seas tan idiota de mantener a una mujer que no te quiere".

Y más adelante señala: "A su vez, los escritores que lo conocieron reiteran las similitudes entre su vida privada y ciertas escenas de sus novelas; Eduardo González Lanuza, por ejemplo, señala que "la escena relatada por Elsa en ?Los siete locos', en la que Erdosain, su esposo, lleva a vivir a la casa a una prostituta para que ella le ayude 'a salvar su alma', es autobiográfica al pie de la letra. Lo mismo que el argumento de ?El amor brujo', parte reveladora de su vida que lamentablemente debo pasar por alto. Como marido, Roberto Arlt tiene tanto de torturado como de torturador".

La tierra de la despedida

Paralelamente a los vaivenes de su vida personal, Arlt se afirma como escritor. Surge en Buenos Aires una suerte de florecimiento literario-poético-novelista, manifestado en el "grupo Florida", en alusión a la calle porteña, y que sostenía nombres como Ricardo Güiraldes, Carlos Mastronardi, Conrado Nalé Roxlo y Córdoba Iturburu; y el "grupo Boedo", barrio suburbano que albergaba a intelectuales como Elías Castelnuovo, Roberto Mariani y Leónidas Barletta, inclinados más a las formas populares.

Curiosamente, Arlt fue reconocido por ambas vertientes y "gozó de la amistad de los más destacados entre ellos", según un relato de época. Malo en los negocios, pero experto ya en colaboraciones periodísticas, artículos y cuentos, son estos los que le permiten sostenerse económicamente de allí en más.
 
En 1939, conoce en la Editorial Haynes, productora de diario El Mundo del cual es editorialista y estrella, a una secretaria del director, Elizabeth Mary Shine, con quien se junta y luego se casa, no sin idas y vueltas. En una carta explica a su hija Mirta aquella relación: "Elizabeth y yo, como siempre, lágrimas y sonrisas, besos y patadas. Como de costumbre, somos la piedra del escándalo de las honradas pensiones. Es el amor". El 26 de julio de 1942, luego de tres años de relación, Roberto Arlt muere de un ataque cardíaco, tres meses antes de que su segunda mujer diera a luz a su hijo Roberto.

La relación con la tierra cordobesa en esas fechas finales de su vida se reflejan también en el Epílogo del libro de Saítta: "Quince días antes de su muerte había viajado a Cosquín a visitar a su madre y a su hija. Llevaba consigo la obra teatral "El desierto entra a la ciudad", que no había logrado finalizar durante su viaje a Chile porque había llegado a un punto del que no sabía cómo seguir".

Durante las dos semanas que pasó en Cosquín, Roberto y Mirta pasearon y conversaron por las calles tímidas del pueblo. Uno imagina su vista sobre el cerro Pan de Azúcar, los silencios contemplando el cordón montañoso al que los comechingones llamaron Supaj Nuñu, en mención a la belleza del pecho femenino, género presente y determinante en la vida del escritor.
 
Dicen, padre e hija se refugiaban en un viejo café lindero a la iglesia. "Nuestras caminatas se iniciaban temprano, luego de tomar un café con ginebra. El perro de un vecino se aficionó a nosotros y nos seguía continuamente; entonces él agregaba a las ginebras un café con leche para el amigo", contó Mirta. Fue la última vez que estuvo en contacto con él.

Su madre sobrevivió por varios años más hasta morir en la casa de Cosquín, donde antes vio morir a su hermana Lila. Mirta le dio un fuerte abrazo y esperó que subiera al vagón del tren, hasta verlo alejarse de aquellas sierras de donde desde tan joven marcaron días.

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