Verde que te quiero verde

A los jovencitos brillantes se los suele considerar genios, mientras que a los adultos de igual condición se los toma sencillamente por grandes artistas. El genio es una acepción que por algún motivo está firmemente atada a la precocidad. ¿A qué se debe la apología de la inmadurez creativa?

sábado, 17 de septiembre de 2011
Verde que te quiero verde

Un ¿talento? precoz: Justin explotó en la web antes de ser incluso adolescente.

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Ana Prieto - Especial para Cultura Los Andes

 El mundo es ese lugar injusto en el que una criatura lampiña de 17 años llamada Justin Bieber factura millones, mientras que mi talentoso amigo músico no encuentra un lugar decente para tocar. Es también el lugar que olvidará a Bieber para siempre en uno o dos años, mientras que mi amigo seguirá grabando discos maravillosos a pulmón, a la espera del “descubrimiento”; ese momento extraordinario en el que alguien con dinero e influencias decide invertir en el genio ajeno para ofrecérselo al mundo.

Estos “descubridores” (también llamados productores, editores o mecenas según el caso) son el zapatito de cristal de nuestra era: cineastas, cantantes, pintores, actores, escritores, aguardan la llegada de esa figura heroica que aparece en tantas biografías y entradas de Wikipedia.

Estar a la espera de un descubridor es una ocupación estresante: se nos ha dicho que tales oportunidades aparecen una sola vez en la vida. ¿Qué tal si nos la perdimos por dormir hasta tarde? Se nos ha dicho también que para ser descubiertos hay que llevarse el mundo por delante. ¿Qué pasa si uno es más bien tímido y no se le dan bien las relaciones públicas? Pero sobre todo, se nos dice que si no triunfamos de jóvenes, difícilmente lo haremos de adultos.

El mundo es ese lugar en el que la juventud, una etapa apenas menos breve que la niñez, ha sido colocada en un podio que marca la vida útil del talento. En silencio y sin piedad, esta idea se ha colado en nuestros organismos de indefectibles seres culturales y quién más, quién menos, todos nos la tomamos en serio.
 
Que tire la primera piedra quien no haya tenido alguna vez en la vida temor a que se le pase el tren. Y que dé un paso al frente quien no admire más a alguien realmente talentoso que brilla en su juventud, que a alguien realmente talentoso que brilla en su madurez.

Como tantas ideas incomprobables que calan hondo, a los jovencitos brillantes (entre los que, desde luego, no está Justin Bieber) se los suele considerar genios, mientras que a los adultos de igual condición se los toma sencillamente por grandes artistas. El genio es una acepción que por algún motivo está firmemente atado a la precocidad.
 
Tendemos a creer que para irrumpir en el mundo de las artes o de las letras de una manera verdaderamente innovadora, se necesita la frescura y la energía inagotables de la juventud. Citar a Mozart aquí es un lugar demasiado común, pero lo cierto es que se habla más de su innegable talento que de la pujanza obsesiva de su padre y de las horas que el joven músico practicaba por día, y que, según estudios, triplicaban la media de sus pares en el siglo XVIII.

El genio joven, además, ha cosechado más aplausos que ejemplos y en ocasiones ha opacado el resto de la carrera del iluminado en cuestión. A esta altura ya no se sabe si la obra más conocida de Orson Welles, “El ciudadano Kane”, lo es porque fue su opera prima y la realizó a los 25 años que por ser realmente la mejor del resto de su carrera. Mary Shelley escribió la monumental novela gótica “Frankenstein” a lo 21. Y después publicaría cinco librosmás, el último a los 40. ¿Usted los conoce? Yo tampoco.

Pero también está el mercado. A los 20, Pablo Picasso descollaba con su primera gran obra "Evocación: el entierro de Casagemas". Su talento era tan evidente y prometedor que pronto un marchante (un descubridor) se ofrecía a mantenerlo. En cambio Paul Cézanne, a quien hoy se considera el padre de la pintura moderna, fue ignorado en su prolífica juventud y reconocido como el gran artista que era recién poco antes de morir, a los 66 años. Hoy nadie negaría la grandeza de Cézanne, pero el título de genio se lo lleva Picasso, por talentoso y rupturista, pero sobre todo por precoz.

Otro mito: la transgresión como patrimonio de la juventud. Poetas que marcaron rumbo, como Arthur Rimbaud, que dejó de escribir a los veinte para dedicarse a causas mucho menos nobles, o Alejandra Pizarnik, que publicó su primer libro "La tierra más ajena" a los 19 parecen decirnos que sí.

Pero Jorge Leónidas Escudero, un poeta sanjuanino nacido en 1920, ocupa un lugar sobresaliente en la literatura argentina contemporánea y es hoy el maestro de una de la búsquedas más actuales de la poesía argentina: el pasaje del lirismo a la lengua coloquial. La proyección de la obra de Escudero, que empezó a escribir a los 50 años, derriba el arquetipo de que lo nuevo, lo "absolutamente moderno", como quería Rimbaud, es lo categóricamente joven.

En la atiborrada cosmogonía que idealiza esa etapa de la vida hay una frase de la que se apropió, sobre todo, la cultura rockera: "Vive rápido, muere joven y deja un hermoso cadáver". Esta expresión, atribuida a James Dean (alguien que, de hecho, vivió rápido y murió joven) fue dicha en realidad por el actor John Derek en la película "Knock on any door" de 1949. Janis Joplin, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Kurt Cobain y más recientemente Amy Winehouse, son parte del llamado "Club de los 27"; músicos que movieron masas, se consumieron rápido y dejaron huérfana a una generación entera.

A todos se los toma por genios (salvo quizás a Amy), y pocos hacen el ejercicio de imaginar qué habría pasado con sus carreras de haber seguido con vida. Lo cierto es que en la cosmogonía idealizada de la juventud se los prefiere muertos y leyenda, que vivos y consumiéndose de a poco, sacando tal vez malos discos, dejándose seducir por el mercado y quién sabe cuántos pecados más.

Y ese mercado es el que nutre a la industria cultural de estrellas cada vez más jóvenes y menos talentosas y las disemina por todo Occidente.

Porque finalmente la juventud es un tópico de Occidente, tan vieja como el concepto grecorromano del tempus fugit (el tiempo huye), que se explotó a fondo siglos después tomando a esos años como paradigma de la belleza en todo sentido: física, espiritual, creadora, intelectual.

Por estas tierras el genio es patrimonio de la juventud desde casi siempre, y no importa que Borges, Saramago, Beckett, Simone de Beauvoir, Hitchcock, incluso Albert Einstein nos hayan demostrado lo contrario.

Y quién sabe, quizá sea el propio mercado, con su insistencia en proyectar estrellas que se opacan enseguida y cuya única precocidad es la de no tenerle miedo a las cámaras, el que termine dando por tierra con los bellos prejuicios en torno a la juventud, siquiera por hartazgo.

Ahora sí, a festejar la primavera.

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