Fin de una saga, fin de una era.
Mi amiga Agustina me consiguió una entrada de prensa para ver con ella y su amiga Verónica, otra idólatra de Harry Potter, la segunda parte de la película “Las reliquias de la muerte”, basada en el libro homónimo de la escocesa J.K. Rowling y última entrega de la saga más célebre de los últimos tiempos.
Fuimos al cine el sábado pasado, muy temprano. La función comenzaba a las diez pero temíamos enormes colas de ávidos periodistas que nos quitarían los mejores lugares. Para nuestra sorpresa, hasta las 9.55 el lugar estuvo prácticamente vacío. Cuando abrieron las puertas entramos desbocadas mientras casi toda la concurrencia se iba a buscar golosinas.
Le pregunté a mis acompañantes si querían (sentía que les debía algo por haberme conseguido la entrada) y me devolvieron una mirada perpleja que parecía decir: “¿Masticar viendo Harry Potter? ¡Jamás!” Conseguimos sitios excelentes, igual que un muchacho con una lata de gaseosa y un gran paquete de pororó que se sentó a nuestro lado. Le pregunté si los había comprado.
-¡Ni a palos! Te los dan gratis, ¿por qué creés que vine? Yo odio a Harry Potter.
-¡Entonces no nos hablés!- le devolvió Verónica de pronto, con una sonrisa que de simpatía no tenía nada. Y yo estuve de acuerdo.
Eso hemos escuchado, por lo general, los fans argentinos de Harry Potter desde 1998: “odio Harry Potter”, “Harry Potter no me cabe ni ahí”, “qué boludez Harry Potter”.
Ser fan de Harry Potter y encontrar, pasados los 30, personas como Agustina y Verónica, que no sólo te consiguen una entrada para ver antes que nadie el fin de una historia que te cautivó durante años, sino que te convidan pañuelos descartables y te acompañan en tu emoción, es un raro privilegio.
En otros lugares aparentemente no es así; no se siente vergüenza por ser un adulto pasablemente instruido y decir que te has maravillado con la saga de un niño inglés que un día descubre que es mago. Las razones del desprecio parecen radicar en la estereotípica convicción de que todo lo masivo es repugnante y de baja calidad artística. Pero por más que me muera de ganas, no me pidieron que escriba esta nota para evangelizar, sino para hablar sobre un libro que ha vendido más de 450 millones de copias en 69 idiomas en todo el mundo, y que muy probablemente se convierta en un clásico de la literatura.
Joanne Kathleen Rowling tenía 25 años cuando la saga entera de Harry Potter se desarrolló en su imaginación, con la escuela de hechicería de Hogwarts y buena parte de los personajes: Harry, sus amigos Ron y Hermione, Lord Voldemort y hasta Severus Snape, el inescrutable profesor de pociones. Estaba en un tren que venía demorado, y no tenía nada con qué anotar.
Años más tarde contaría que fue una bendición que no tuviera a mano ni una birome ni una servilleta: la necesidad de retener la idea que se había desplegado en su cabeza la obligó a repetírsela, seguirle el hilo e imprimirla en su memoria.
Cuando llegó a destino se puso a escribir de inmediato, pero por mil motivos diferentes –esos que hacen que todos nos demoremos con nuestros grandes proyectos- no lo encaró en serio sino hasta cinco años después, cuando estaba separada, con una hija recién nacida, deprimida y sin trabajo. Haber tocado fondo, contaría también, le sirvió para entregarse de una vez al llamado que había sentido siempre y del que no se animaba a hacerse cargo: escribir. Terminó el manuscrito de “Harry Potter y la Piedra Filosofal” y soportó estoicamente el rechazo de doce editoriales hasta que la pequeña casa Bloomsbury decidió, en 1997, publicarlo.
El resto es sabido: firmó un contrato por seis libros más y los publicó a lo largo de diez años, sin ninguna bajada de línea por parte de la editorial. Los lectores se multiplicaron en todo el mundo y en decenas de idiomas. Heyday films de Inglaterra junto con Warner Bros. compraron los derechos y realizaron ocho películas basadas en siete libros. Cuatro directores pasaron por ellas, y Rowling no fue ajena a ninguna de las producciones: revisó guiones, sugirió directores (como Terry Gilliam, que la Warner rechazó), y dibujó los escenarios de Hogwarts y alrededores al que se suscribieron todos los encargados de arte y efectos.
Para los seguidores de la saga, el reciente estreno de la segunda parte de “Las reliquias de la muerte”, y con ello su cierre definitivo, es verdaderamente el fin de una era. Se trata de un fenómeno curioso: los fans de Harry Potter sabemos cómo termina la historia desde la publicación del último libro en 2007. Pero tan fieles somos que aunque las películas nunca nos convenzan del todo nos hemos aferrado a ellas como parte de la continuidad de esa novela que nos acompañó durante tanto tiempo.
Con la intención de sintetizarla, se ha dicho que la obra de J.K. Rowling actualiza la clásica lucha entre el bien y el mal. Y en parte es cierto: Harry Potter tiene un antagonista clarísimo, aun antes de nacer: Tom Marvolo Riddle, devenido en el mago oscuro más poderoso de todos los tiempos, Lord Voldemort. Pero si hilamos más fino encontramos que la sentencia no es del todo precisa.
A medida que la autora profundizó en su propia narración (que en total tiene más de 3.600 páginas), no sólo la trama sino los personajes se complejizaron, y con ello la cacareada lucha entre fuerzas antagónicas perdió pureza y se volvió, por lo tanto, más interesante. Rowling maneja con maestría el sentido de la ambigüedad: hasta los personajes más desabridos, como los tíos de Harry Potter, que tuvieron que adoptarlo cuando Voldemort asesinó a sus padres, tienen una historia que contar y que echa por tierra buena parte de los prejuicios contra ellos que el lector construyó a lo largo de seis tomos.
Por eso las pasiones que despierta la saga no sólo tienen que ver con la prosa galopante de Rowling y su imaginación e ingenio inagotables; se deben también a su habilidad para hacernos descubrir con cierto pasmo lo cómodos que nos sentimos con las explicaciones más obvias acerca de todo: justo cuando creemos que ya no hay nada más que agregar, J.K. Rowling nos suelta una sorpresa fascinante. Y retoma cientos de páginas después -o incluso tomos después- detalles que los lectores pasamos por alto porque así lo quiso ella.
Consiguió, en fin, algo bastante difícil de conseguir: generar verdaderos adictos al hilado de tramas y subtramas.
Las películas de Harry Potter no le hacen demasiada justicia a la serie literaria, pero eso también puede decirse de “El Señor de los Anillos” y de casi cualquier transposición de libros a la gran pantalla. Cuatro directores pasaron por el ideario de la escritora y así no hay manera de hacer una obra pareja. Pero además los films perdieron necesariamente esas subtramas que hacen que la obra tenga un espesor exquisito. Ejemplos: las vicisitudes de los esclavizados elfos domésticos, la historia de la desgraciada madre de Lord Voldemort, la adolescencia de Severus Snape, la amarillista prensa mágica. Y muchos etcéteras.
Rowling anunció hace pocas semanas el lanzamiento del sitio web Pottermore, que desplegará una manera alternativa, interactiva y al parecer del todo novedosa de conectarse con la historia. Veremos de qué se trata en algunos meses. Pero lo cierto es que con o sin internet, y con o sin las películas, los seguidores mundiales de Harry Potter tendremos por siempre un libro que transmitiremos, con el mismo placer que sentimos al leerlo, a las generaciones que nos sigan.
(La autora es periodista mendocina. Escribió un gran reportaje sobre Harry Potter que sale publicado en la revista española Orsai de este mes. También en la revista Ñ de esta semana. Accedió gustosa, cómo no, a anlizar para Cultura Los Andes las razones del éxito del personaje de Rowling)
En vacaciones, y mientras se acerca el Día del Niño, algunos de los escritores para chicos más importantes del país recomiendan obras imperdibles. Además, el recuerdo de María Elena Walsh en la Feria del Libro Infantil de Buenos Aires.