El barrio porteño de Villa Crespo ha dado a Leopoldo Marechal, eximio poeta y novelista argentino del siglo XX, el contexto urbano apropiado para su Adán Buenosayres, monumento verbal insuperable, y una de las novelas en clave más transgresoras y sólidamente construidas en nuestra lengua.
Los personajes Adán, Pereda, Tesler y Schultze deambulan trepidantes por sus capítulos encarnando el habla porteña a través de episodios inusuales, sin despreciar un inolvidable descenso a los infiernos (capítulo luego denostado por los ofendidos –y furibundos- “colegas” martinfierristas).
Casi un siglo después, otro escritor en la misma ciudad, ha retomado la hazaña de lanzarse a conquistar una novela de aliento épico. Mariano Fiszman (Bs.As. 1965) con Muñecas 970 (Ed. El 8vo. Loco), ha continuado esa búsqueda simbólica de algunos temas constantes, como el de la salvación del hombre y la experiencia purificadora a través de un viaje purgativo rico en imágenes inesperadas.
El argumento es tan extraño como ambiguo. En el mencionado barrio arrabalero de Villa Crespo, en un caserón ubicado precisamente en Muñecas 970, compuesto por varios departamentos en donde viven Ma, Vidal, Milton y la familia Nascate; una tormenta lo arrancará literalmente de sus cimientos para llevarlo río arriba entre las aguas de la inundación, hacia la selva, en una innovadora aventura narrativa. La novela no tarda en madurar su estructura polifónica, pues incorpora registros que van de lo grotesco a la epopeya.
Así lo dramático y lo lírico hallan su cause a través de un lenguaje cuidado pero que, a menudo, desarticula la sintaxis convencional. Fiszman trabajó en el texto una década, hasta otorgarle al hilo narrativo lo que pocos alcanzan: una cadencia única. Hay destellos de Faulkner y Onetti, pero también se oyen los ecos inconfundibles de su maestro y amigo, el escritor Néstor Sánchez. Autor que, como Fiszman, no intentó salirse nunca del territorio de la poesía.
-Muñecas 970 es una novela muy relacionada con el agua...
-Sí. Nuevas cenizas estaba relacionada con el fuego y Muñecas 970 con el agua. Surgió de una imagen, la de una casa que durante una inundación se desprende de la tierra y sale navegando, que es algo fantasioso pero hasta ahí porque vivo en un barrio que cada tanto se inunda, entonces los coches flotan, pasan hombres buzos por la vereda, gomones. Es como un carnaval, las calles de siempre se disfrazan de río por unas horas, a los chicos les encanta.
Después fueron apareciendo más imágenes y escenas acuáticas, el pez de mi apellido (el primer título de la novela, sacado de Macedonio, era El pez náufrago, después se llamó Música acuática, y muy al final Muñecas 970), sueños, eso que dicen de que el cuerpo humano es casi todo agua, igual que el planeta, además el narrador es un feto, un ser flotante...
-Entiendo que tuvo un período de diez años de escritura. ¿A qué se debió la dilación?, ¿cuáles eran los aspectos estéticos que más le interesó explorar al escribirla?
-Soy lerdo para escribir desde que iba a primer grado y me perdía medio recreo terminando de copiar del pizarrón. Ya de grande soy lerdo para darme cuenta qué estoy escribiendo, de qué se trata, qué forma le conviene. Reescribo muchas veces cada cosa, y sobre todo, nunca empiezo a escribir con un plan previo, nunca conozco la historia desde el principio, me aburriría, así que al escribir iba atrás de lo que apareciera, a veces manoteaba un salvavidas o me enganchaba a una lancha y avanzaba unos renglones...
Pero en esos diez años no me dediqué solo a este texto; terminé y publiqué un libro de cuentos, El antílope, pasaron dos reescrituras de Nuevas Cenizas, que apareció en el 2002, empecé y terminé de escribir una novela en colaboración con Roberto Raschella, La historia que nunca les conté, que salió en el 2005... O sea que iba alternando cosas, por épocas. Igual parece mucho, pero si lo que escribís está afuera del circuito comercial, que tiene otras exigencias, ¿qué importa cuánto tardás? Si no es una carrera.
-¿Hubo mucha autocorrección?
-Soy un poco, o mejor dicho bastante quisquilloso con cosas como ésta: no me gustan las palabras corrección, correctivo, correccional, correcto (que me hace acordar a los concursos de Susana Gimenez: “¡Correcto!”). Dicen lo que está bien y lo que está mal, lo que hay que hacer y lo que no. No estoy de acuerdo. Cada texto tiene sus reglas y cada persona tiene que encontrar su manera. Yo prefiero hablar de reescribir, es lo que hago, reescribo mucho, es medio una enfermedad, bah, pero me sale así.
-Más allá del trato psicológico de algunos de sus personajes (pienso en Ma y la familia Nascate), su novela nada tiene de costumbrista. Sin querer acotar el relato, o rotularlo a través de reduccionísmos, ¿está de acuerdo en que en él existe un escenario bastante posapocalíptico con tintes delirantes?
-Lo de apocalíptico o post puede ser, esa visión siempre está, en Nuevas Cenizas también, creo que es personal, ¿no?, simpatía por el desastre. Además las imágenes de la inundación te llevan para ese lado. Por otra parte, me alegra que digas que no tiene nada de costumbrista.
Muchos lectores dicen lo mismo, incluso algunas reseñas muy buenas, como las de Flavio Lo Presti o Mariano Dupont, pero tengo una espina con eso porque en una de las editoriales que rechazaron publicarla el editor me escribió diciendo que la novela era costumbrista.
¡Eso es no tener idea! La novela es redelirante, ¿qué costumbrismo? Sí, me meto con la ciudad, con el Buenos Aires de los años cuarenta o cincuenta y el actual, con mi barrio, con personajes que son gente común, una familia tipo, un jubilado municipal, pero todo eso está delirado, es una escritura anti-realista total, es precisamente todo lo contrario.
-¿Siente que con esta novela se alejó aún más de las presiones funcionales de la trama?
-Una novela es mucho más que la historia que cuenta o los “temas” que aparecen en ella. Lo argumental es un elemento poético muy importante, pero para mí no es el principal. Digamos que no me interesa tanto el cuentito sino cómo está contado, y ese cómo incluye el trabajo con la historia, la trama, los personajes, etcétera. No creo haber menospreciado esa parte del trabajo.
-¿Cree en cierto modo que Muñecas 970 mantiene algún tipo de diálogo con su novela anterior, Nuevas cenizas?
-Sí, varios. En cuanto a la escritura, es su continuación. Un poco menos densa, más suelta, pero eso tiene que ver con el tipo de historia que se cuenta, con el clima y el tono, en eso son diferentes. Aunque por otro lado hay tantas cosas que se repiten que es como si fuera otra versión del mismo texto. Eso lo vi después de haberla terminado, fue toda una sorpresa. No voy a decir cuáles son, el que quiera saberlo que las lea.
-¿Comenzó a escribirla cuando aún se reunía en el bar de Mosconi, en compañía de Néstor Sánchez, Roberto Raschella y Hugo Savino?
-Para entonces ya había empezado. Te hago una pequeña corrección (apareció la palabrita).
En realidad Raschella, Savino, Pablo Ingberg y yo nos reuníamos una o dos veces por mes con Sánchez, siempre era los sábados a las cinco de la tarde en la pizzería Santa María, de Chacarita. Al bar de Mosconi y Nazca del que hablás fui un par de veces con él cuando lo visitaba en su casa y salíamos a tomar algo, era a unas cuadras.
-Ud. tuvo una estrecha amistad con el mítico autor de Cómico de la lengua. ¿Qué piensa que aprendió de Néstor Sánchez respecto al proceso de escritura?
-Uh, no sé, espero haber aprendido algo, ojalá. Las enseñanzas de Sánchez, como las de los demás escritores, están en sus textos, al alcance de todos, solamente hay que leerlos, muchas veces, durante mucho tiempo, a fondo. Sobre el proceso de escritura en sí, no sé si aprendí algo en particular. Ahí cada uno hace lo que puede. Puede haber alguna coincidencia, como lo que te decía antes de no saber lo que uno va a escribir desde el principio, de improvisar y que el texto se vaya armando sobre la marcha.
-¿Recuerda qué lecturas le aconsejaba realizar?
-Nunca escuché que Néstor Sánchez le aconsejara nada a nadie, ni lecturas ni cualquier otra cosa.
En esas charlas de café se hablaba de Joyce, que fue una de las pocas lecturas que le resistió hasta el fin, cuando ya no le entusiasmaba casi nada, y también de Kerouac y Ginsberg, de ese poema de Daumal que se llama Hechos memorables, el Eclesiastés, El viento de Claude Simon, El oro de Cendrars, Historia universal de la infamia, de poesía argentina le gustaba Madariaga... Pero todas esas lecturas están de una forma o de otra en sus libros, hay que leerlos y aparecen enseguida.
-Son explícitos los pasajes donde usted se refiere a barrios porteños como Villa Crespo y Chacarita, no obstante, y esto es lo llamativo, su lenguaje reniega de lo simplemente denotativo. Describe, sí; pero abriendo un sesgo poético.
-Sí, esa es la idea. No es una visión realista sino poética. En lo que describo de esos lugares reales hay mucho de imaginario, es una mezcla, como es siempre la ficción. La casa cuando sale flotando hace un trayecto por la ciudad que es verificable, agarra Juan B. Justo, pasa por abajo del puente Pacífico, se mete en Barrio Norte, Retiro, sale al río, todo bien, pero ese camino está lleno de lugares inventados, edificios, parques.
Lo mismo cuando aparece la ciudad sesenta años atrás, ¿qué se yo cómo era? ¿Qué me importa? Me dejo llevar por un caserón que me gusta y lo uso, saco cosas de novelas mezcladas con otras que escuché contar, pedazos de otras ciudades, es todo invento. Ahí está mi goce, y espero que el de los lectores. Ves, ahí hay una coincidencia con Sánchez, la fidelidad a una visión, no a la llamada “realidad”.
-Respecto a su estilo, hay un sostenido interés por mantener el fraseo de la novela, esto es, la fluidez que alcanza articular. Un tempo único de cadencia. ¿El sonido de las palabras es crucial?
-Sí, es muy importante el sonido de las palabras, el ritmo de las frases y los párrafos. Soy “sintaxero” como dice Hugo Savino, o como me dijo simpáticamente Javier Adúriz, “estilista”, que me gusta sobre todo por la asociación con los coiffeurs. En otro nivel, todo eso tiene que estar relacionado con lo que pasa en la historia, con lo que les pasa a los personajes y con el ritmo de la narración.
-¿Escuchaba algún tipo de música en particular mientras escribía el texto?
-Mientras escribía ninguna, silencio. Después, siempre escucho mucha música, hay un montón de referencias, en general de tango en la primera parte y de rock en la segunda. Uno de los motores de la novela fue esa canción de Divididos: “Olvidemos todo esto de una vez, vámonos a navegar al Paraguay, olvidemos y rajemos por un rato, mirá qué bueno, no hay nada en qué pensar...” Esa idea escapista y paraguayera estuvo desde el principio.
-La historia incluye circunstancialmente algunos ocurrentes neologismos.
-Sí, es un recurso, algunos de los escritores que nombré lo usan, también otros que son importantes para mí como Rulfo, Apollinaire, Vallejo, Girondo... Acá hay algunas palabras que vienen del portugués o del guaraní, dos regiones hacia las cuales va la casa. Otras a veces son por una necesidad rítmica, o para darle fuerza a una imagen.
-¿Piensa que su particular trabajo con el lenguaje se debe, en parte, a su prolífica labor como traductor?
-No, creo que se debe más bien a mi neurosis. Yo empecé a trabajar como traductor profesional recién a fines del 2007, con la novela terminada. Debe haber sido al revés, que la traducción se dio naturalmente como la ocupación perfecta para esa necesidad de precisión medio enfermiza. Es un trabajo que disfruto mucho.
-¿Por qué autores siente admiración?
-¡Uhhhhh! A ver, para hablar solamente de Muñecas 970, hay una lectura fundamental que es En busca del tiempo perdido. Que se relaciona en esto que hablábamos del trabajo de la frase con otros escritores que estaban muy presentes al escribirla, como Céline, Sánchez, Kerouac, Lezama Lima, Onetti, Pynchon, Di Benedetto, Faulkner, Arlt, Claude Simon...
Al escribirla durante un tiempo largo, improvisando, una de las cosas que hizo avanzar el texto fueron las citas, ir metiendo de contrabando frases o imágenes o palabritas de los libros que leía, así que el texto está lleno de citas, de todos los autores que nombré y también de Echeverría, Melville, Murena, Marechal, Leónidas Lamborghini, Carson McCullers, Zelarayán, Viel Temperley, para nombrar a algunos. Y hablando de admiración (de pie, como cuando empieza el himno): Beckett.
-La historia del moribundo Vidal es bastante triste, diría patética en su verosimilitud. Por cierto, ¿cuánto se parece el autor a sus personajes?
-Uh, bueno, eso es complejo, ¿no? Yo... no sé cuánto se parecen, pero que se deben parecer no tengo dudas, no solo Vidal sino todos, y me hago cargo de lo triste y patético porque los veo a todos bastante patéticos, pero con cariño.
En el caso de Vidal, tiene mucho que ver con el personaje y narrador de Nuevas cenizas, ese tipo acostado que cuenta cosas que ve o recuerda, incapaz de moverse, algo muy beckettiano pero muy mío, que viene desde las primeras cosas que escribí.
Ahora ojo, es un texto de ficción, lo que aparece de mí en ellos tampoco es lo que soy yo para quienes me conocen, son facetas más fantasiosas de mí, aunque no por eso son menos verdaderas, por ahí más, justamente.
-La casa siempre fue la protagonista de la novela tanto o más que sus personajes. Por curiosidad, ¿cómo se le ocurrió que la misma debía desprenderse de sus cimientos, tras una inundación, e ir boyando río arriba?
-No sé, fue una ensoñación, una imagen que apareció... Creo que estaba acostado en mi cama, un día de semana, a la tarde, con la luz apagada, escuchando la lluvia, pero no sé, desconfío de lo “poético” (en el peor sentido) de un recuerdo como ese, y pasó tanto tiempo...
Pero estoy de acuerdo en lo que decís que la casa es la protagonista más que sus habitantes.
Por un tiempo hasta pensé que fuera la que contaba la historia, pero no anduvo.
-La construcción de un ámbito vecinal en la novela resulta clave, pues de ella pende buena parte del hilo narrativo. Pocos personajes que delimitan toda una microsociedad con sus respectivas normas y leyes.
-Sí, es otra de las coincidencias con Nuevas cenizas, se ve que es algo mío. Debe venir de mi infancia, de esa vivencia de la vecindad, como la del Chavo. Incluso pasa lo mismo en la novela que escribimos con Raschella, y esto es muy curioso, porque ese argumento no lo imaginamos nosotros, está basado en una historia real, la de Gizela Saginur, una mujer que fue parte de un grupo de 33 judíos que sobrevivieron a los nazis encerrados en el sótano de una casa en Polonia durante dieciocho meses. Una coincidencia rara.
-Otro aspecto formal relevante del libro es la estructura breve de sus capítulos, lo que le brinda dinamismo a la narración a través del multiperspectivismo.
-En Nuevas cenizas es igual. Me siento cómodo en esa forma fragmentaria. Permite saltos en la narración, silencios... En lo que escribo hay mucha historia con el silencio, con lo que no se dice y un pudor, no un pudor sexual (eso más bien todo lo contrario) sino narrativo. Tengo horror por las explicaciones. En ese sentido admiro mucho a Antonio Di Benedetto en El silenciero, justamente, en Los suicidas y en esa joya que es El cariño de los tontos.
Hay otra cosa en la estructura de esta novela que sí fue intencional, que es la división en dos mitades, con personajes diferentes, otro punto de vista, incluso un cambio en la escritura, de alguna forma. Esa idea viene de un libro muy importante para mí, Molloy, de Beckett, y fue como un juego o un desafío que, a diferencia de otras ocurrencias parecidas que tuve que descartar, funcionó bien y se mantuvo.
-¿Se encuentra escribiendo un nuevo libro?
-Me gusta lo de encontrarse escribiendo, es muy gráfico, en varios sentidos. Muñecas 970 fue, me parece, el final de algo, de algunas ideas sobre cómo escribir, que en realidad siempre es cómo no escribir. Por ahí me equivoco, pero siento eso, de hecho entre las dos partes de la novela ya aparece esa diferencia, es un matiz, pero ahí ya estaba cambiando algo.
El problema es que pasó el tiempo y no vinieron otras ideas a reemplazar esas en las que ya no creo tanto, no todavía, por ahí no vengan nunca, no se sabe, dicen que en esa incertidumbre está la gracia del asunto, pero mientras tanto uno sufre.
Así que lo que iba a ser una próxima novela está ahí, engordando con anotaciones, citas, personajes, pero sin encontrar la forma para escribirse, y de repente en cambio hace dos años me encontré escribiendo otra cosa que resultó ser una novela para chicos, algo que nunca se me hubiera ocurrido que iba a hacer.
Pero me gustó escribirla, y me gusta como quedó. Por ahora está inédita. Y después pasó algo más raro todavía: me encontré escribiendo poemas. ¡Sorpresa! Yo había escrito algunos poemas pero hace mucho, que quedaron ahí, y ahora vienen saliendo estos textos cortos, a veces en verso y otras en prosa, que me sorprenden y me entusiasman. Creo que eso ya es bastante, ¿no?
El 12 de febrero de 1818, al cumplirse un año de la contienda de Chacabuco, declara formalmente la Independencia de Chile y gobierna el vecino país hasta su abdicación, el 28 de enero de 1823..
La obra de Berni es prolífica, diversa, compleja y sobre todo densa. El volumen de esa densidad es lo que el libro de Rossi viene a explorar en 10 ensayos -inteligentemente escogidos- a cargo de notables investigadores en historia del arte.