La Selección argentina aguarda el momento de la coronación. En sus caras puede leerse la amargura. (Orlando Pelichotti / Los Andes)
lunes, 03 de octubre de 2011
El estadio Aldo Cantoni fue el escenario donde se expresaron nuestras emociones, desde la euforia extrema -acompasada por la hinchada al inicio del partido- a un silencio desgarrador -igualmente intenso- cuando terminó la final y España festejaba en el centro de la pista.
Era muy difícil, para todos los presentes (incluida también la prensa) poder abstraerse de aquel momento, del clima que sobrevolaba por cada rincón de la Catedral de nuestro hockey sobre patines.
Las finales son pasionales, al menos así se viven en este lado del mundo; no existen estaciones intermedias entre la alegría esperanzada por la victoria o la sensación amarga de la tragedia.
El plantel albiceleste estaba de pie, aguardando la coronación. La imagen del arquero Daniel Kenan -con sus manos en el rostro- resumía aquellos minutos que parecían eternos. Y realmente lo fueron.
En las tribunas habitaban el desconcierto y las preguntas, mientras algunos espectadores comenzaron a desalojar el estadio otros decidieron quedarse y aplaudir a la Selección argentina, que se había apostado en un rincón mientras los dueños de la Furia Roja volvían a repetir el festejo de 2001, en el mismo lugar, con los mismos héroes: el arquero Guillem Trabal y el ahora capitanísimo Pedro Gil, sobrevivientes del equipo dirigido por Josep Ordeig que se coronó -en San Juan- en una recordada definición por penales.
Pocas banderas celestes y blancas se agitaban con gran timidez y eran protagonistas del cierre de la gran fiesta, con los españoles abrazados y cargando la copa. El técnico de la Selección resaltaba en pocas palabras la actitud de sus jugadores.“Ellos dejaron todo en la cancha, realmente fueron muy valientes”, decía escuetamente el también subcampeón de Vigo 2009.
Todas las noches eran parte de una misma noche, en la que Argentina -como en 2001, 2005, 2009 y 2011- con una enorme dignidad esperaba el momento de tomar el segundo lugar en el podio. El capitán, Reinaldo García, observaba cómo se esfumaba una vez más su primer título de campeón. El Nalo observaba cómo sus compañeros del Barcelona festejaban.
El jugador nacido en Olimpia, el elegido por Martinazzo para estrenar la cinta de adalid, representó los valores con los que Argentina intentó ser el mejor del mundo: humildad, solidaridad y también entrega; un cóctel que complementa el talento individual.
A lo largo de la semana, el DT sanjuanino fue muy cauto y habló sobre la comunión de sus hombres. “No buscamos el lucimiento personal sino el del equipo”, dijo Martinazzo, y allí estaban todos con el emblema de la esperanza en alto.