Eduardo con Max Gregorcic, a quien halló en Chile.
Se dice que la base del periodismo es la noticia y que ésta se obtiene mediante la entrevista o la crónica, el reportaje o la opinión. Llevo más de 20 años en Los Andes, es decir casi una vida, a lo que hay que sumarle un paso por las redacciones de los ya desaparecidos diarios El Tiempo de Cuyo y Mendoza.
También se dice que para poder contar una experiencia antes hay que vivirla, sentirla y de esa forma, cada historia primero debe prender en el corazón del que la escribe y así, tan simple como veraz, debe llegar al lector.
Fueron muchas notas, pero entre tantas estas fueron algunas que marcaron mi vida profesional.
Ser enviado a la inauguración del autódromo El Zonda (hoy Eduardo Copello) o poder ver y después contar una operación de corazón a “cielo abierto” de la mano del excelente cardiólogo mendocino Luis Fiorentini, dentro de un quirófano del hospital Central.
Otras veces, muchas veces, recorrer y admirar el paisaje circundante desde Plaza de Mulas, en el camino hacia la cumbre de América y que, junto a expertos profesionales, como Alejandro Randis y Rudy Parra, me permitió descubrir en toda su dimensión la pasión por la montaña.
Después, en ese escenario único, vivir las emocionantes despedidas de los andinistas en busca de la altura máxima o ser mudo testigo de la tristeza del regreso con cuerpos atados a la silla de las mulas.
Visitar, en pleno entredicho con Chile, la Laguna del Desierto en el sur argentino a orillas de El Chaltén o sentirse infinitamente pequeño ante la majestuosidad de los hielos eternos del Perito Moreno.
Lograr una entrevista con Pablo Schoklender dentro de la cárcel de Caseros, mientras estudiaba abogacía, o tener un mano a mano con Carlos Monzón, en la intimidad de la prisión de Batán, cerca de Mar del Plata, aunque ésta, después de la presentación, se frustró ante el pedido de “guita” por parte de uno de los más grandes campeones que dio el boxeo nacional.
Ser un pasajero más del último tren que dejó la provincia rumbo a Buenos Aires, cuando cada estación fue un multitudinario agitar de pañuelos de una despedida que aún hoy se siente y que será irrepetible.
Compartir tiempo y espacio para graficar el peligro que se palpita al caminar por las calles de Ciudad del Este, en el Paraguay de la Triple Frontera, o la espiritualidad que se respira en las Ruinas de San Ignacio, en la provincia de Misiones.
Sentir de cerca el golpe militar que derrocó a Salvador Allende y, curiosamente o no tanto, muchos años después, contar los últimos días de vida de Augusto Pinochet, desde el hospital Militar de Santiago de Chile.
Tratar de comprender el abandono del ser humano por otro ser humano caminando por el interior de la Colonia Montes de Oca (en Luján, provincia de Buenos Aires), después de la desaparición de la doctora Cecilia Giubileo y que Los Andes pudo tener de primera mano o, mucho más cerca en el tiempo (noviembre de 2006), descubrir al financista Max Gregorcic viviendo a menos de 500 kilómetros de la Mendoza que lo vio desaparecer, junto al dinero y las ilusiones de miles de ahorristas, una semana de Vendimia a fines de los ’80.
Disfrutar de una charla frente a frente con Joaquín Lavado, es decir Quino, el padre de Mafalda, o instalado en el valle de Uspallata poder transmitir a las páginas de este matutino y en siete notas aquellos “Siete años en el Tíbet”, de Jean-Jacques Annaud, con Brad Pitt como actor principal, y así poder mostrarle al lector la intimidad de los escenarios de cartón, telgopor y tachos de agua, pero que en la película aparecían como casas y templos.
Y otras muchas que rescataron juicios en la provincia y en los Tribunales Federales, crónicas policiales que hablaron de crímenes, secuestros o robos, entrevistas a personalidades o tratando de reflejar con palabras los paisajes y sus bellezas, el hombre y la naturaleza.
Desde siempre quise ser periodista. Fue a lo largo del tiempo un permanente buscar hechos o acontecimientos para poder compartirlos desde las páginas del diario. En esta apretada síntesis rescaté algunas notas; si fueron leídas, la misión, creo, está cumplida.
Con la revolución tecnológica, quienes trabajan en los medios disponen de múltiples herramientas para realizar su tarea. Ventajas y desventajas del mundo de la conexión full-time.
El hombre y la tecnología se combinan para que Los Andes llegue al lector a tiempo cada día. La trastienda de este proceso en la voz de sus protagonistas.