El amor en los tiempos del canillita

De tanto llevarle el diario todos los días a su casa, Alberto se enamoró de Nélida y se casó con ella. Dedicó 34 años de su vida a repartir Los Andes a lectores de San Martín.

jueves, 20 de octubre de 2011
El amor en los tiempos del canillita

Alberto Leyes con el diario que ha sido para él “un buen amigo”. (Patricio Caneo)

Javier Hernández

Si uno le pide resumir el asunto, Alberto Leyes (74) dice que el diario Los Andes ha sido “un buen amigo”.

Cuenta que se conocieron hace más de medio siglo, a comienzos de los ‘60, cuando él salía a repartirlo en motoneta por las fincas y pueblos del norte de San Martín; dice que aquella tarea de canillita por caminos de tierra y polvaredas interminables le permitió conocer a Nélida, con la que a la vuelta de la vida se casaría, tendría su casita en Tres Porteñas y una gran familia de cuatro hijos, diez nietos y un bisnieto: “Sí, Los Andes ha sido un amigo y una buena compañía para estas zonas alejadas”.

Alberto nació en San Luis, en el casco de una estancia de 400 hectáreas, que su abuelo italiano compró e hizo crecer a puro sudor y sacrificio. Dice que se vino a Mendoza después de haber hecho el servicio militar: “Resulta que me hice paracaidista y en San Luis no se podía practicar el deporte, por eso me vine a San Martín donde ya estaba el aeroclub”.

Aquello fue en los años 50, cuando sólo dos frecuencias de colectivos iban a recorrer los pueblos del norte del departamento y en uno de ellos viajaba la edición de Los Andes, que llegaba a las casas a eso de las 6 de la tarde. “Más temprano no se podía porque no había cómo”, recuerda don Alberto. Y sigue: “Yo entonces trabajaba en una ferretería y para que el diario llegara en la mañana me ofrecieron hacer el reparto en motoneta”.

Alberto era un muchacho que andaba buscando su lugar en el mundo y agarró viaje; los fines de semana se daba la gustada de saltar en paracaídas y todos los días madrugaba para salir a hacer el reparto en la moto a las 5. “Era un diario con muchas menos páginas y la gente lo esperaba con ganas porque era la forma de saber qué estaba pasando, porque en aquellos años no había televisión”.

El hombre hace una pausa, convida con un café, y sigue: “Viajaba 250 kilómetros todos los días; venía de Palmira en la moto y en el invierno usaba uno de los diarios para ponerme en el pecho y esquivarle al frío; iba entrando por caminos y fincas y así llegaba con el reparto hasta las puertas de Nueva California, porque más allá el diario venía por Lavalle”.

En esas largas recorridas, Alberto no sólo hizo de canillita sino también de mensajero, cadete y fletero: “Es que como yo pasaba todos los días con el diario, a uno le iban encargando mensajes de una finca para otra, llevar algún remedio o acercar un encargo”, dice, y de tanto pasar a dejar el diario en casa de la familia de Nélida, la pareja se fue conociendo y un día se pusieron de novios: “En mi casa el Alberto dejaba Los Andes y también una revista de modas y costuras que a mí me gustaba mucho”, explica ella, que es ‘Nely’ para sus vecinos de Tres Porteñas.

Al tiempo se casaron, Alberto abrió un quiosco y continuó repartiendo el matutino en el pueblo. También era el que manejaba el cine. “El diario siempre ha sido una compañía para la gente y yo lo vendí durante 34 años; hoy estoy jubilado y ya no lo trabajo, pero igual sigue llegando a mi casa”, concluye.

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