Cerró la confitería 9 de Julio, ícono de la pastelería

La historia se remonta a 1910 de la mano de la confitería La Mascota. Luego, evolucionó a confitería Colón. Y, finalmente, ganó el nombre de 9 de Julio, porque nació en la calle homónima. En 1972, se trasladó a calle Garibaldi.

Edición Impresa: domingo, 30 de enero de 2011
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Cerró la confitería 9 de Julio, ícono de la pastelería

Como todos los años, esta vez no fue diferente: el cartel señalaba ?cerrado por vacaciones hasta el 24 de enero; ahora sólo dice Cerrado.

Texto: Miguel Títiro - Foto: Marcelo Ruíz

Los públicos cambian y los tradicionales negocios del centro, como los recordados cines, se van yendo de a poco, casi sin avisar y dejando una estela de nostalgia.

Hace días, tuvo lugar la última horneada en la cuadra de elaboración de la característica confitería 9 de Julio de calle Garibaldi, un ícono en la pastelería mendocina.

Un cartel de "Cerrado" colocado en la cortina metálica del acceso al local, anuncia desde hace días el fin de más de cuatro décadas de contribuir al deleite de incontables clientes.

Hace semanas la familia Perafita, dueña del establecimiento, abrió por última vez, y cuando eso ocurrió muchos de los habituales compradores de masas finas, facturas, sandwiches y otras delicias estaban de vacaciones, y se enteraron de la poco halagüeña noticia al retornar del período de descanso.

Los antecedentes del negocio se remontan a 1910, en que la confitería La Mascota vendió el fondo de comercio a Poncio Gassó, iniciándose en ese lugar la confitería Colón, otro punto de encuentro de generaciones de mendocinos. El negocio se desenvolvió muy bien. Mozos españoles atendían las concurridas mesas donde se tomaba té, tragos y se escuchaba música por orquestas.

En la década del '20, la razón social se transformó y pasó a ser Gassó-Perafita y Compañía, al ingresar don Juan Perafita. Mas tarde, retirado Gassó de la sociedad, ésta pasó a denominarse Perafita y Duch, al incorporarse a la firma Salvador Duch, el papá de quien, con los años, sería ministro de Educación del gobernador radical Felipe Llaver, Hugo Duch.

Con el tiempo, los hijos de los socios integraron la firma, constituyéndose en Perafita, Duch e Hijos. Esta vinculación subsistió hasta 1963, en que se disolvió.

Con la venta de esta empresa en setiembre de 1963 y luego de permanecer en ella durante medio siglo, don Juan, inauguró en enero de 1964 la confitería 9 de Julio, denominada así por estar ubicada en la calle del mismo nombre, en la numeración 1650. Junto a él y con su mismo entusiasmo y dedicación, trabajó su hijo Juancito.

Desafortunadamente, el 1 de enero de 1972 el inmueble fue destruido por un incendio. Este embate no hizo decaer la pasión por el rubro confitero de padre e hijo. Por el contrario, se establecieron con la misma identidad el 30 de marzo de 1972 en Garibaldi 27.
 
Allí fue donde las nuevas generaciones conocieron al establecimiento, que funcionó en ese punto hasta el 12 de mayo de 1993, fecha en la cual fue inaugurado el local propio, en Garibaldi 31 (ex sede de la perfumería Aparicio), a pocos pasos de la anterior dirección.

En los últimos años, la titularidad estuvo a cargo de Lidia Martínez de Perafita, junto a su hijo Jorge Perafita, quienes mantuvieron viva la tradición familiar, con una forma propia de elaborar los productos, gracias a las recetas heredadas del fundador, y un estilo de atención.

Al promediar el mes pasado, falleció doña Lidia y fue entonces cuando los integrantes de la tercera generación decidieron cesar en la explotación comercial, no obstante haber cimentado una fama reconocida por el público local.

Muchos políticos y famosos se acercaban al mostrador: en el pasado fueron habitués el ex gobernador Francisco J. Gabrielli y el ex interventor Bonifacio Cejuela. En días más recientes, y hasta que vivió en la calle Rivadavia, el malargüino Celso Jaque se apersonó más de una vez a comprar facturas.

"Familias enteras, durante diferentes etapas, fuimos clientes de la 9 de Julio, como se la llamaba de entrecasa. Mis padres se deleitaban degustando los famosos ?triples'. Ni qué hablar de sus tarteletas de frutilla o las masas especiales. En Semana Santa, las empanadas de vigilia eran número puesto", decía un periodista, ahora jubilado, quien a sus 73 años recordó a la proveedora de los mejores productos del rubro confitero.

Leonardo Peña, vecino y amigo de Jorge Perafita, señaló que llegar a una casa invitado al almuerzo o cena con una torta de la 9 de Julio, "era una fiesta".

El personal de los Los Andes tuvo diferentes formas de relacionarse con la casa Perafita. Por años, sus elaboraciones conformaron el banquete que se servía en los agasajos de las fiestas aniversario del matutino; por otra parte, muchos empleados eran clientes comunes y corrientes, y bajaban cada tarde a buscar las facturas de dulce de leche o las de pastelera...

Pero, otra conexión, vinculada al placer por la comida, se producía en tardes de verano a través de las papilas olfativas de los trabajadores del rotativo, especialmente en el tercer piso de la redacción, hasta donde se filtraba el aroma de la cocción de las empanadas de los Perafita.

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