Un año después de la caída del muro de Berlín, tuve la responsabilidad de organizar a pedido de amigos italianos, una conferencia internacional en Viena, denominada “América Latina-Este Europeo. Un Desafío para los emprendedores”, con participación de políticos y académicos de ambas regiones. Fue mi primera oportunidad de conversar con líderes de las ex democracias populares en un ambiente de plena libertad y debo reconocer que recibí una inesperada lección.
Yo creía que el interés de aquellos se focalizaría en la transición democrática, como habíamos llamado a la liquidación de las dictaduras militares latinoamericanas, pero ello no estaba en su agenda, sólo los preocupaba como acceder y lo más rápido posible a una “economía de mercado”.
No fue fácil comprender que la democracia no es un bien común de la humanidad, -en particular en aquellos países que nunca la conocieron- y en cambio, sí lo es el acceso a bienes y servicios que surgen como una necesidad más universal.
De regreso, un titular catástrofe en primera plana de Le Monde con la afirmación del presidente del Sudán: “Separar sociedad y Estado es un crimen”, idea común a todos los gobiernos islámicos, me proporcionó una nueva lección sobre la relatividad cultural de la democracia occidental.
En 2009, participando con destacados académicos y expertos de América y Europa de la conferencia Prospecta Chile, el politicólogo francés Guy Hermet, manifestó que la democracia puede estar cerca de la etapa final de su vida social. Hermet explicó su posible fin, expresando que existe un desgaste en este sistema político y que la situación es irreversible. Basado en su último libro “El invierno de la democracia”, dijo que este invierno no será mañana, pero si en unos veinte o treinta años. Y también que aparece un concepto nuevo -que no sabemos bien lo que es- pero que podríamos llamar gobernanza.
Ya a mediados de los ‘70, Horacio Godoy anticipaba la crisis del Estado-Nación; por todo ello, no es aventurado pensar en la crisis de la democracia, al menos de la democracia representativa tal como la conocemos. Son muchas las señales de que la democracia no es algo concluido y definitivo, ni un bien permanente y que la absolutización de la Democracia, como fue el caso de la monarquía “absoluta”, lejos de preservarla la convierte en un sistema sin alternativa.
Los sistemas políticos reconocen normalidad y anomalías; la primera se basa en la percepción de estabilidad y de vigencia de los derechos electorales, las segundas muestran que la legitimidad de gobierno no garantiza la legitimidad de ejercicio, esto es: que el gobierno haga aquello para lo que fue electo. La democracia cívica se alcanza con lo primero, la democracia social por lo segundo.
Un gobierno legítimamente elegido puede cerrarse a la democracia participativa, la que tiene hoy múltiples manifestaciones, desde el elemental derecho de huelga a la opinión pública o a las diversas manifestaciones sociales que van desde reclamos mediáticos por seguridad a marchas, cacerolazos, piquetes, ocupaciones o apropiaciones que reivindican derechos esenciales como ingresos, alimentos, servicios, vivienda y muchos otros. Paradojalmente dos valores estratégicos: salud y educación parecen ausente en este menú de reclamos de los usuarios o consumidores.
Aunque crece la economía también las necesidades sociales se multiplican y la utopía del desarrollo sostenible no logra reemplazar el perimido culto al progreso. Lo cierto es que la opción entre democracia y consumo crece entre nosotros y la balanza parece inclinarse por el consumo.
Terminó un siglo de petróleo barato, el siglo del automóvil y la infraestructura desplegada en base a él. Hoy desarrollar esta infraestructura requiere más energía. Pero ello tiene su costo, lo que se refleja en la alternativa energía vs alimentos. Antes ambos marchaban por vías separadas, hoy están ligados: cuando supera los u$s 120 el barril, conviene producir biodiesel y en consecuencia habrá menos superficie para alimentos y mayores precios de estos.
Más allá de los sistemas políticos, el mundo globalizado muestra que el 5% de la población mundial (los EE.UU.) consume 1/3 de los recursos mundiales y su desafiante China, con más de 1/7 de población global, consume otro tercio; sólo estos dos países se llevan dos tercios de los recursos mundiales. Frente a ello ¿cómo participamos en tanto minúscula expresión del tercio restante del mundo?
La democracia no valida cualquier decisión del poder político, ni otorga un derecho a decidir cual propietario sobre los bienes sociales. Todos tienen y reivindican su derecho a opinar y participar en los procesos de toma de decisión. Y la construcción de la opinión pública ha cambiado mucho. Aquélla de círculos cerrados, limitada al mundo culto de intelectuales e ideólogos está acabada. Hoy la antigua dirigencia social pretende dirigir la opinión, en particular la política, como un espectáculo, con efectos especiales, pero no basta.
La solidaridad regional de la cláusula democrática es notoriamente insuficiente para defender la democracia. Ésta enfrenta una encrucijada en la cual hay que pensar principalmente en cuales deben ser las vías y estrategias más adecuadas construir una nueva democracia participativa, abierta, inclusiva, a partir de la restringida democracia representativa, para que no se torne en su enemiga.
En cómo receptar, canalizar y gestionar las necesidades sociales, en particular aquellas que trascienden lo inmediato, y que hacen a un nuevo modelo plenamente autónomo de desarrollo a largo plazo de nuestros países. En definitiva en actualizar permanentemente el derecho de participación política en concordancia con los tiempos que nos toca vivir.
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