Hace mucho tiempo que vivo en Austria, cerca de 20 año y mi adaptación en el Viejo Continente no fue tan difícil como me esperaba en un principio porque siempre observé que había muchas cosas culturales en donde nos semejábamos bastante.
Pero cuando viajé a Japón la mirada del mundo en que vivía me dio un giro rotundo. Esto ocurrió en un tour de una compañía vienesa con la opereta "El Murciélago" de Strauss, en la que interpreté el director de la prisión (donde se desarrolla la trama, vale aclarar, un personaje importante).
En Japón descubrí que existía un mundo que no se le parecía en nada a lo que hasta ese momento había conocido. Algo realmente radical, en el extremo de todo lo que me imaginaba.
Es otra cultura, desde la comida, el lenguaje corporal, la interpretación gestual y su arte, particularísimo.
Sin bien tienen una idiosincrasia muy definida, la mayoría de los japoneses además conocen muy bien la cultura del resto del mundo.
Sobre todo lo observé en la admiración que tienen ellos por la música de Europa, y especialmente por la música de Austria. Mozart y Strauss son figuras que idolatran con más fervor que los mismos austríacos y por eso nos recibieron como reyes.
Es un país que tiene un desarrollo del diseño del teatro realmente espeluznante, sobre todo en el nivel tecnológico y el manejo de una infraestructura de auditorios donde la acústica tiene un despliegue que me dejó con la boca abierta.
Uno se podía ir hasta la más alejada de las butacas y podía escuchar lo que el director de orquesta le susurraba a los otros cantantes. Increíble.
Hay también aspectos negativos, por ejemplo, el rol de la mujer está bastante relegado. Me asombró en la práctica: iba por la vereda y al principio notaba que las mujeres que me cruzaba en el camino se hacían a un costado, se ponían del lado de la pared. Y los hombres no.
Además, todas bajaban las miradas. ¡Porque pasaba un hombre por la vereda se hacían a un costado!
Otro detalle: cuando iba a los restaurantes o cafés, al principio noté que la moza se arrodillaba a mi altura mientras permanecía sentado en esos almohadones del piso. Pensé que era por una cuestión de idioma, pero luego le pregunté a un colega de la compañía que era japonés y me contó que era una tradición que la camarera mujer se postrara a tus pies por ser del otro sexo.
Con respecto a la tecnología lo que ves es avasallante. Tokio realmente es una ciudad del futuro, con treinta y tres millones de habitantes y desde el piso número 45 de una de las torres gemelas a las que me subí, vi un horizonte repleto de rascacielos, con autopistas semejantes a enormes tuberías que se cruzan entre los edificios gigantes. Impresionante.
Además, en el microcentro, hay un distrito dedicado solamente a la electrónica. Un local al lado de otro lleno de los últimos artículos tecnológicos. En Europa no hay nada parecido. Es un barrio donde podrías perder la noción del tiempo, entre tanto robots, cámaras de fotos y celulares extraterrestres.
No obstante, Japón es un país caro. Me acuerdo que un café costaba cinco euros, el mismo café en Viena dos y medio. Otro ejemplo: un bife pequeño costaba 25 euros y la carne es bastante inferior a la que se come en Argentina.
Otra cosa que impresiona es ver a toda la gente, la gente común, conectada con cables que rodean sus caras, el mp3, el celular, todo lo que más pueden, lo lucen en sus cuerpos. Todos parecen locos, hablando solos en los vagones de subtes. Otra curiosidad es su televisión: los programas son realmente delirantes, desbordantes.
Tuve la oportunidad de observar una típica boda tradicional japonesa, un ritual encantador, con un vestuario llamativo y muy elegante.
Los japoneses son tremendamente respetuosos, ritualistas, llenos de coreografías gestuales que a veces te desconciertan si no las comprendés. Una cultura que no se parece a nada que haya conocido.
Playas, parques de dunas, lagos, ríos y un mar claro que acompaña a un lado del trayecto en buggy por el litoral norteño.
Visitas guiadas por el firmamento: constelaciones, planetas y lluvias de meteoros al son del cuenco.