De rituales y elementos

Continúa abierta la muestra de las acuarelistas María Elena Correa y Laura Balbi en el Centro de Exposiciones “Ruth Santander de Vila” (Canal Siete Mendoza).

sábado, 04 de septiembre de 2010
De rituales y elementos

Laura Balbi. “Serie fuego”.

Jorge O. Gómez de la Torre

María Elena Correa

La presentación que María Elena Correa nos trae con el título “Mujeres despojadas” marca una nueva faceta en su desarrollo artístico. Manteniendo siempre el clima de serenidad y armonía, sus acuarelas buscan ahora, ahondar en ámbitos intimista de la figuración.

En esta oportunidad, debido a la facilidad con que la artista expresaba su mundo interior, el dibujo experimenta cierto auge y hace prevalece sobre todo una capacidad expresiva, hasta ahora contenida en ámbitos singularmente insinuados.

La indagación sobre una pequeña estatuilla de cotidiana provincianía le es motivo suficiente para desarrollar la imaginería secuencia de una mujer que en el decurso de la vida paulatinamente se ha ido encontrando cada vez más despojada de todo lo material y lo superfluo. Personaje que en este proceso recorre los caminos, a veces inaccesibles, sin tener certeza alguna hacia donde han de llegar; quizás tal vez al laberinto de bosque, a un rio, a un mar, pero si estar segura de que haya vuelta.

Miradas enigmáticas detenidas sólo en el espejo del alma, figuras femeninas sedentes en espera algún susurro del viento y manos con aves comienzan a delimitar la atmósfera de una realidad tan distante como misteriosa y ante la cual el acceso podrá ser singularmente a través de un ritual.

 “De mármol y de selva” es una obra, de tamaño apreciable, donde la artista sabe jugar con los reflejos de la luz emanada del una estatua de mármol y sus reflejos en el cristal del vaso y en el metal de los utensilios, en tanto este juego dinámico contrasta con la opacidad de un bosque mesopotámico cerrado y espeso.

La consecución de los primeros términos y de los fondos lejanos queda evidente en trabajos como: “Ritual del amanecer” donde la anunciada diafanidad va paulatinamente recorriendo el rostro de la mujer y desde allí baña el canto de los gallos que nos despiertan para que el nuevo día nos renueve la esperanza.

Desde otra óptica y desde una perspectiva aérea podemos ver una mujer guiada por pequeño animal que se dirige por camino agreste hacia una frondosidad, sólo bosquejada; una obvia referencia simbólica al drama del devenir de los seres humanos en busca de lo desconocido y a la vez ineludible.

Los trabajos “De piedra y madera” y “De piedra” quizás sean los que mejor nos orientan sobre el interés estético de esta artista. Capta en ellos la imagen de una mujer sencilla que al poseer una mirada enigmática, se adentra en los misterios de la vida. El sosiego en que la mujer se encuentra, condición necesaria para la meditación, nos invita, de algún modo, a participar en la búsqueda de sus sueños y anhelos.

Interesa notar cómo el mismo hilo conductor entrama toda su obra; podemos entonces advertir el modo tenue en que las raíces del árbol conforman la oquedad del nido recostado sobre la tierra y a él mismo convertirse en abra que permite transitar infinitamente.

El idéntico ánimo que esgrime para la nominación de los trabajos de la serie de mujeres despojadas se resguarda para la serie de los bosques y la de las inmensidades. Así se dan cita, en un mismo espacio, distancia, serenidad, ensimismamiento y nostalgia.

Otra apunte interesante es reparar que por primera vez aparece de modo manifiesto en su trabajo la presencia de la figura humana, ya antes presupuesta en los esbozos estatuarios de su serie de los arcángeles , de modo que nuestra atención debe atenerse en ellas más hacia la introspección subjetiva que hacia una actitud contemplativa genérica. Este tránsito puede verse con claridad en trabajos en que la composición se centra en la oposición formal de las figuras femeninas en condición escultórica y las de figuración dibujistica, pasaje que de suyo es notorio.

Vale afirmar aquí que el hecho de encontrase inmersas en indivisas atmósferas irreales de ninguna manera quedan encerradas en el lamentable y recurrente patetismo sentimental, riesgo que Correa conoce y sabe evitar; apelando algunas veces a que el acabado del cuadro tenga cierto aspecto de esbozo aunque siempre en años próximos ha desarrollado un estilo más marcado y espacioso.

Siempre manteniendo el rigor formal de excluir cualquier esquicio narrativo su trabajo se centra en lograr una ajustada síntesis compositiva entre los elementos elegidos; conserva de este modo la frescura del impulso inicial a la que, su sobrio oficio se lo permite, complementa la carga expresiva de lo plasmado.

Sólo un dibujo se integra a la muestra, Reminiscencia de series anteriores (aún vigentes de algún modo) la imagen de un nido acoge un pájaro muerto, que como curiosidad es el único (de todos elaborados serialmente) que está apoyado en el piso.

 La última serie que nos presenta es la que llama “De las inmensidades”, en la que retoma plantea elaborado con aciertos en etapas anteriores de su tarea. La presencia de un barco muy pequeño disipado en la dilatación del océano, una pequeña cabeza recostada sobre un arenal de una extensa y aislada playa, o una pequeña cuna, a modo de pesebre a modo de nido vacío le sirven como elementos suficientes para revelar la nadería de ansiedad humana.

Laura Balbi

En esta, la primera nuestra individual, la acuarelista Laura Balbi nos presenta una interesante serie de trabajos de la producción de este año. Desde casi una década tenemos conocimiento de su participación en muestras colectiva en la que la búsqueda de caminos expresivos paulatinamente fue pasando de la imagen paisajística a los planteos de una formulación abstracta cada vez más personalizada y firme.

En un principio discípula de María Elena Correa busco, con una paleta muy baja, adentrarse en el conocimiento de la acuarela, técnica tan exigente ciertamente, para acceder al ámbito explícito del paisaje. Pero, ya dominando los modos de este quehacer, su interés expresivo no atinaba allí un cauce preciso, de modo que naturalmente siente la necesidad de acotar las composiciones a los rasgos más elementales del motivo hasta que la estructura formal le resulta sólo lo indispensable.

Cada obras de las que ahora exhibe se nos presenta como secciones elegidos de una composición mayor, pero no manteniendo dependencia alguna de ella.  De este modo es interesante observar que, aún pudiendo integrar cada una de ella una serie, y a su vez ésta en una superior, y sin disipar su singularidad, el espectador pueda en su interpretación redimensionarla en otra sucesión.

La búsqueda de los elementos primigenios de la naturaleza y de sus posibilidades expresiva lleva a Balbi a enfocar su interés precisamente en lo que es la base de la primitiva manifestación de la materia es decir: las cuatro raíces, en la denominación presocrática, que luego conocemos como los cuatro elementos.

Tierra, agua, fuego y aire en esta exposición conforman cuatro serie, que su vez conceden el título de “Elemento” a una mayor. Ante las obras de estas series, en una mirada general, pronto intuimos que el hombre mismo es también un compuesto de los ellos.

Particularmente aislado de un contexto esotérico cada elemento aparece como una instancia vivencial profunda en la que es imposible disociar la forma y su contenido. Queda en la artista prendida así la necesidad personal de la expresión visual. Del mismo modo en que es necesario cada elemento sea comprendido como eterno e imperecedero y la vez precisa de la existencia del otro para ser.

En este mismo sentido subyace en toda esta obra la sensación de fluidez constante, de equilibrio inestable, de transformación emergente en equivalencia con la esencia de la naturaleza humana.

Sugiere, osamos percibir, que si algo resulta armónico es por cuanto devino de un estado de conciencia tensional precedente. Obvio sería puntear que de hecho no se trata de un apólogo del azar, menos aún de una dimisión ante el acaso. Por lo contrario precisamente es este trato el que permite que la proporción del encuadre genere una singular luminosidad, fluidez y los efectos atmosféricos efímeros que se propone.

Si nos detenemos en alguna obra en particular advertiremos que el color usado no responde exclusivamente a una exigencia plástica si no antes bien, a la dinámica impuesta por la propia fuerza elemental.

Esto implica que debamos tener en cuenta la carga simbólica con que ha sido subrayado el elemento en cada trabajo, por ejemplo: si bien la mano es la herramienta principal del hombre, también el fuego tiene parte en la responsabilidad de la construcción de la actual cultura.

Por último, sirve notar que la impresión de irrealidad que puede enmarcar el tránsito de un pasaje interior a otro tiene íntima conexión con temples del espíritu, antes que con cualquier estado de ánimo. Tal vez podamos decirlo de otro modo opinando que para Balbi la constancia del hombre en el tiempo equivale, apenas, a lo que una gota de agua sobre una piedra caliente.

Quizás en comprender esto estemos acertados.

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Laura Balbi. “Serie fuego”.

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María Elena Correa. “El retorno” premio salón acuarelistas 2009.

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