Fogwill y Los Pichiciegos: Visiones de una batalla subterránea

Durante la guerra de Malvinas, el escritor Rodolfo Fogwill (1941) escribió en sólo tres días su primera novela larga, Los pichiciegos, uno de los libros capitales de la literatura nacional. Ahora acaba de ser reeditada por El Ateneo. En la entrevista exclusiva que ofrecemos, Fogwill habla sobre esta obra y sobre la época en en que fue escrita.

sábado, 21 de agosto de 2010
Fogwill y Los Pichiciegos: Visiones de una batalla subterránea

Rodolfo Enrique Fogwill. “Argentinos e ingleses son hijos de puta por igual. No lo olvidemos.”

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Por Augusto Munaro

Durante la guerra de Malvinas (1982) y antes de que ésta concluyera, el escritor Rodolfo Fogwill (1941) escribió en sólo tres días su primera novela larga, Los pichiciegos, uno de los libros capitales de la literatura nacional de los últimos cuarenta años.

El texto abarca diversas dimensiones de dicha contienda a través de un tono personal. Así es como expone las vivencias y comportamientos de un grupo de soldados -“pichis”- flagelados por las privaciones, penurias y crueldades que debieron afrontar para poder sobrevivir dentro de una trinchera subterránea. El lector pronto intuirá que el narrador describe una guerra dentro de otra. Un drama por partida doble.

Ahora bien, la verdadera guerra de Fogwill pasa por el lenguaje, su gran fuerza simbólica que ilustra el carácter ambiguo del habla. Todos sus libros y artículos periodísticos lo demuestran.

No en vano el autor es también poeta, habiendo fundado uno de los sellos de poesía más relevantes de la historia argentina: Tierra Baldía, responsable de divulgar autores insoslayables como Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher.

El relato en Los pichiciegos, que la editorial El Ateneo acaba de reeditar con una flamante nota introductoria del autor, está sujeto en parte, a conversaciones regidas por formas coloquiales que, tensadas por la ironía, recurren a la contundente expresividad de las jergas.

Con un  agudo sentido visual y auditivo, la novela halla su cause en el vigor lapidario del fraseo de sus personajes.

Además de su carácter profético, es un texto radicalizador. Desde la primera hasta la última página se reconoce el valor instintivo de una búsqueda que avanza cuestionándose a sí misma. Como toda verdadera obra literaria, plantea problemas, no los resuelve.

Un libro singular, una máquina de crear múltiples interpretaciones que a casi treinta años de su primera edición, su autor vuelve a intentar esclarecer el misterio de su extraña vigencia.

-En la nota introductoria a esta séptima edición, la que denomina como la versión definitiva, Ud. remarca en varias ocasiones que Los pichiciegos no es una novela sobre la guerra sino sobre usted mismo.

-Claro: es como si contase un sueño en el que yo estaba en Helsinki. Nunca estuve en Helsinki.

Todo lo que puedo soñar o contar es algo de mi mente, imágenes de films, distorsiones, proyecciones experiencias en Oslo o Berlín, que también son ciudades frías…   Lo que puedo agregar al relato corre por cuenta, mi imaginación, mi memoria, mi trabajo con la memoria y la imaginación, cualquier otra cosa que aparezca por azar…

-¿Cuál fue el génesis del título?

-Escuché “pichiciegos” por primera vez en 1980 en una celda de la Cámara Federal de la calle Viamonte, donde nos hacinábamos más de 20 presos a la espera de turno para comparecer ante los jueces.

A las nueve de la noche se cortaba la luz y entonces de a poco las conversaciones se iban apagando y se hablaba cada vez en voz más baja para no enojar a los malhumorados guardias. Entre delincuentes de todo tipo, había dos menores, catamarqueños, que habían llegado a Buenos Aires y los confundieron con unos  ladrones conocidos. Los chicos estaban desesperados. A veces lloraban.

Por la noche, cuando ya nadie hablaba, los hermanos se contaban cuentos de su infancia. Eran mitos de pueblo narrados con el acento inolvidable de esa provincia. Aquella vez habían contado el cuento de una víbora negra que durante el sueño entraba a los ranchos y se chupaba la leche de madres primerizas. Uno contaba y el otro le agregaba detalles de otra versión que decía recordar. Tendría que haberlos grabado.

Al final de ese o de otro cuento que no recuerdo se hizo silencio. Todos los presos los habíamos escuchado con admiración y cuando ya algunos estaban dormidos, volvió a hablar el mayor, el que narraba y preguntaba: ¿sabes chanco…   ? Y el otro preguntaba ¿qué? Y el mayor le decía ¿sabés con qué ganas me comería un pichiciego?

Después hice averiguaciones y me enteré que la carne de esos bichos es muy sabrosa.

-Redactó la novela en medio del conflicto bélico y la concluyó antes que finalizara la contienda. Me gustaría detenerme en el tiempo real de su escritura, si Ud. puede ofrecer algunos detalles circunstanciales sobre su inicio, aquellos cien mil caracteres que escribió de un tirón. ¿Ya tenía planeado el comienzo, definido la estructura de la pichicera, o inclusive el desenlace del libro?

-Al comienzo no tenía plan alguno y la arquitectura fue apareciendo y modificándose a medida que se sucedían los episodios

-¿Recuerda cómo transcurrieron aquellas míticas 72 horas de tipeo?

-No recuerdo mucho. Se que dormí un par de veces, una de ellas, según mis hábitos de la época, 14 horas seguidas, y también que tuve reuniones en la oficina.

-En una entrevista para un diario capitalino, Ud. definió a Los pichiciegos, como “una alegoría sobre el sistema cultural argentino”. ¿Continúa afirmando esta declaración?

-Sí, claro, creo que la repetí mil veces en esas o en otras palabras.

-A lo que me refiero es ¿por qué optó por la alegoría como el procedimiento retórico para narrar esta historia?

-No opté. Como en muchos relatos de la época, escribía sobre mí y al interpretarme, reforzaba la referencias que hoy se leerán como alegorías.

-Acaso la singularidad más atrayente del texto ha sido la elección del lenguaje. La manera de contar la historia, es decir la voz del narrador. Un tono imperturbable que no reblandece a medida que progresa la trama. ¿Cómo trabajó ese registro?

-Es como cuando uno compone un blue: elige tres tonitos y va zapando y todo varía pero la estructura básica, la “tonalidad” se conserva…

-Si, pero quien lea la novela notará que escribir no es describir. ¿Lo cree así?

-Escribir es pensar. Se escribe con palabras y las palabras una vez ordenadas, explican (cuando prima la lógica de los conceptos o el orden de la causalidad) y narran (cuando prima la continuidad temporal) y describen (cuando prima la continuidad espacial). Escribir es pensar y escribir bien es dosificar artísticamente esos tres modos discursivos.

-Según el relato, muchos pichis fueron dados por muertos, desaparecidos o prisioneros de británicos. ¿Para la tropa argentina los pichis son desertores?

-Los pichis no existen, ni existieron. La idea en la novela es que los imaginen como fantasmas, que lo son, en realidad son mis fantasmas.

-¿Vivió su escritura como un ejercicio terapéutico?, ¿al termino del libro se encontró a usted mismo?

-No, al terminar me encontré más bien fuera de mí. Es mi modo de ser.

-El protagonista que relata la historia, Quiquito, graba y escribe todo “para saber”. ¿Por qué?

-En mi familia y en el colegio me conocían por Quique, o Kike. Y todavía me dura la curiosidad inicial. Me gustaría saber todo. Escribo para saber de mí, o para ignorar lo que otros, tal vez mejor que yo, sepan sobre mí.

-Fue el primer libro, o uno de los primeros que denunció los vuelos de la muerte. Las desapariciones, la tortura y demás vejaciones de la última dictadura militar, mucho antes que el Nunca más de Sabato.

-Los vuelos de la muerte fueron denunciados un par de años antes por The Buenos Aires Herald y el Argentinisches Tagelblat, que dieron cuenta de la aparición de cuerpos en la costa uruguaya y en la caída de un cuerpo sobre la cubierta de un carguero en el Río de la Plata. Nadie le prestó atención a aquello. Yo sí.

-¿De qué forma cree que la novela haya prefigurado la argentina que hoy estamos viviendo?

-La argentinidad actual es pichiciega: vive del pequeño comercio con los amigos y los enemigos, medra, se oculta bajo tierra.

-El libro no es nacionalista. Tampoco pacifista. ¿Podría situarlo políticamente?

-Es como yo: no humanista, mucho menos progresista. Yo soy marxista en cuanto a la concepción de la sociedad actual y liberal en cuanto a mi proyecto personal de vida. ¿Te parece muy inconsistente? Yo sostengo mi inconsistencia.

-¿Cuál fue su mayor preocupación relacionada a la verosimilitud de lo acontecido en las islas, me refiero a los hechos en sí? No es un libro que se ajuste a una lectura estrictamente realista.

-No tuve ninguna preocupación al respecto mientras escribía, al publicar ni ahora mismo tengo preocupaciones de ese tipo. Claro que no es “realista” ni permite una “lectura realista”. Por lo demás, no hay lectura alguna que sea “realista” y a los realistas los derrotó en su momento nuestro General San Martin.

-¿Cómo fue el proceso de corrección del texto?

-Arme una cadena con dos mecanógrafas y a medida que iba terminando un fragmento me llegaba el fragmento anterior algo mas prolijo y a dos espacios, de modo que me metía entre los reglones y agregaba o modificaba palabras y frases. Eso duró tres días y aquellas dos chicas ahora son señoras prontas a ser abuelas. Una se llama Alicia Messiga, a la otra la perdí de vista. Se que estudió agronomía y que era una excelente persona.

-¿La vigencia de un libro es proporcional a su legibilidad?

-No creo que sea legible. Diría que espero que sea proporcional a su calidad y a su originalidad que supongo que la ha de tener.

 -Ud es un autor que relee mucho, sobre todo sus propios textos. ¿Qué busca en ese ejercicio egocéntrico?

-Regodearme, repetirme lo que soy y que todos intentan desmentir, hasta ahora sin mayor éxito.

-¿Se considera un autor incomprendido?

-No, al contrario: todo lo que se sabe, se sospecha o se dice de mí se parece a lo que creo que soy.

-¿A casi treinta años de su primera edición tuvo devoluciones por parte de excombatientes?

-Siempre me cruzo con algún ex combatiente que leyó el libro y se reconoce solamente en el desamparo y la rabia que viven mis personajes.

-¿Piensa que deberían reconocerse en otros aspectos además de los mencionados?

-Nadie debe nada en términos morales, aunque todos, como argentinos medios, debemos seis mil dólares por cabeza a las entidades financieras.

-La novela enfrenta dos metodologías divergentes. Por un lado, la británica: organizada, programática y precisa. Por otro, la argentina, revelando sin piedad sus ineptitudes, aventajando a los ingleses sólo en deficiencias.

-Pero argentinos e ingleses son hijos de puta por igual. No lo olvidemos

-¿Fue el poeta y escritor Osvaldo Lamborghini uno de los 14 primeros lectores de la versión mecanografiada del libro, que luego circuló de mano en mano, casi clandestinamente en fotocopias?

-Lamborghini lo leyó mucho después en Barcelona. Entre los primeros, en junio de 1982 estuvieron -ordena alfabéticamente-Jorge Asís, Sergio Bizzio, Charlie Feiling, Beatriz Guido (que anunció la existencia del libro en Clarín, antes del fin de la guerra), Jorge Lafforgue (que intentó hacerlo publicar, sin éxito), Enrique Pezzoni, Néstor Perlongher, que lo recibió en Sao Paulo, Any Shua. Y, por supuesto, mis novias de la temporada, y los editores de Galerna, que lo leyeron y corrieron a encargar a dos periodistas de segunda la compilación de las grabaciones que aparecieron con el título “los chicos de la guerra”. Me indignó que llamaran “chicos” a los ex combatientes.

-¿Alguna vez pensó en viajar a Malvinas?

-Siempre quise navegar por las islas del Sur por donde merodeo mi abuelo que vivía en la Isla de los Estados. Pero cuando pude hacerlo, ya mi cuerpo no estaba en condiciones de tolerar el frío.

-¿Cree que ésta sea su gran obra, el texto decisivo de su producción?

-No, no lo creo. Creo que lo decisivo de mi producción es la invención del personaje Fogwill.

-Por último Fogwill, ¿se considera un escritor innovador?

-A veces sospecho que lo soy, pero nunca puedo explicarme por qué.
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