El escritor mendocino, Juan López, guionista de una de las últimas fiestas de la Vendimia, publicó en Los Andes un anuncio para “vender” un amado Rambler, todo en clave literaria.
domingo, 25 de julio de 2010
Hace unos años, más o menos cinco, escribí este poema:
ROMÁNTICO
vendo rambler rural porque me mudé y no entra en el garaje
no quiero ver cómo la intemperie termina de arruinarla
vendo rambler
como si vendiera parte de mi cuerpo de mi vida
respiro hondo antes de escribir esto
en ese monumento con ruedas esa segunda casa esa segunda cama
en ese auto me desperté a los 14 o 15 (si no me creen pregúntenle a mi prima)
vendo rambler celeste agua pintura original
chapa de mendoza equipo de gas dos tubos de 80 buen andar
no tiene precio esta máquina no voy a explicar cómo llegó a mis manos lo que significa
no puedo imaginar cuánto puede valer
ni quiero saber quién podrá pagar quién se la va a llevar
pero la vendo porque ya dije que no entra en el garaje
y no quiero ver cómo la intemperie termina de arruinarla
respiro hondo
escucho ofertas
El texto se origina por la Rambler rural de un amigo muy querido, Rodolfo Castagnolo, músico notable, para más datos. Pasé el poema a la computadora y se lo envié por correo electrónico a Rodolfo. Me respondió: “Juan, leí el poema de la Rambler y no sabés cómo me he emocionado, estoy en un cíber y la puedo ver desde la ventana”. Primer dato positivo: el implicado más cercano se sintió “tocado” por el texto. Conclusión básica: la poesía puede tocar directamente, sin tanto rodeo ni misterio, eso que llamamos, generalizando de modo brutal, “la realidad”. (...)
Pasaron los años, leí “Romántico” en muchas presentaciones públicas. Está incluido en la antología literaria “La ruptura del silencio” (Dirección General de Escuelas, 2009).
(...) Es ese contraste entre texto poético y texto comercial lo que produce un efecto irónico positivo. Positivo, porque en general la ironía suele utilizarse para los señalamientos críticos negativos. En este caso, lo inapropiado de escribir un poema como un clasificado obra a favor del texto, sorprende a los lectores primero como algo singular. Luego, con el avance de la lectura, se toma nota de que se trata de un poema “de amor”, amor por un auto.
Si seguimos la pendiente interpretativa, podemos decir que no es solamente un poema de amor por un auto, sino un poema de amor en general. Donde el que habla manifiesta por qué ama lo que ama. Ingresan aquí descripciones, valoraciones, que incluyen elementos del pasado, de la historia.
Porque el auto también representa todo “lo viejo”, en un mundo (año 2010) que, si hablamos de vehículos, valora sobre todo lo nuevo, hipermoderno, veloz, ágil, con los patrones estéticos de diseño más recientes, como sucede en todas las épocas. Segundo efecto irónico, en un mundo hipertecnologizado, alguien valora algo viejo, en desuso, casi obsoleto, e incluso, para muchos, feo, descartable, olvidable. (...)
El aviso. Siguieron pasando los años y fui madurando la idea de publicar el poema en la sección Clasificados de un diario y ver sus efectos. Finalmente lo hice, y romántico apareció el domingo 27, el lunes 28 y el martes 29 de este año en la sección Automotores, Venta, Otras Marcas, de Los Andes (...)
Todo el que escribe lo hace “para” algo. Desde la anotación más simple y utilitaria hasta el poema más pretencioso. En este punto, sentí que Romántico estaba pidiendo otro público, uno más simple, no el usual de las lecturas de poesía, tan de gueto, tan exclusivas. Romántico era también para otro gueto, el de los amantes de los autos. Es esta idea, sacar a la poesía, o al menos a este poema, de su lugar esperable, la que sostiene la ocurrencia más concreta de publicar el poema.
Los efectos, las lecturas, fueron muchas. Pensemos que el diario Los Andes, que es el periódico principal de una provincia que tiene aproximadamente un millón seiscientos mil habitantes, entre domingo, lunes y martes imprime aproximadamente 150 mil ejemplares. Este dato ayuda a entender el significado que tiene el hecho de que tanta gente, de modo potencial, pueda leer un poema en un sitio donde jamás alguien esperaría encontrar un poema. (...)
Emociones. Vamos ahora a la respuesta que tuvo el aviso.
Desde el domingo muy temprano hasta el miércoles recibí llamados y mensajes de texto.
“¿A cuánto vende ese auto que tanto adora?”, me dice por teléfono un hombre mayor. Y agrega: “Digamé, jugaba al doctor con su prima usted en la Rambler, ¿no?”.
El domingo a la noche, un anciano con acento italiano llama y dice que se emocionó mucho cuando leyó el aviso. Cuenta que él se compró una Rambler cuando llegó de Italia y que la quería comprar. Lo atendió mi mujer, Cecilia. Dice que el hombre se largó a llorar y que se desilusionó mucho cuando ella le dijo que ya la habíamos vendido.
Cecilia atendió porque, al principio, el domingo, yo estaba atemorizado, me costaba mentirles a los interesados diciendo “ya lo vendí”... Pero ese llamado, tan extremo, me obligó a enfrentar la situación con menos culpa. Y a entender que el mensaje ya había llegado, incluso al corazón de un inmigrante. Ya no podía negarme a los efectos del texto. (...)
Primeros lectores y apertura del juego. Aparecen los que valoran la escritura del aviso: “Juan me encanto tu aviso deseo con el alma tu Rural cuanto me pedis. Julio”.
Me animo a confesarme y le respondo a Julio: “Perdón fue una prueba soy escritor y quería saber si con un poema podia vender un auto la rambler existe pero no la vendo gracias igual!”. Y Julio responde: “Bueno te felicito por la profundidad de tu ser”. (...)
Los incrédulos. Un joven o adolescente llama riéndose y me pregunta si yo escribí el aviso. Se escuchan voces atrás. Le digo que sí. Agrega: “Estoy con mis amigos, nos estamos cagando de risa con el aviso, ¿es cierto o es mentira?”. Le digo que es mentira, que el Rambler existe pero que no se vende. Que es un poema y quise saber el efecto que producía. “Vieron, vieron, les dije (rumores y risas), yo tenía razón, jajaja”.
Los incrédulos confirman eso que muchos profesores no entienden ni enseñan: que la poesía también es ficción, pero, obviamente, no cualquier ficción.
Implicancias. Algunas personas me sugieren que este experimento es una intervención artística, que debo “sacarle el jugo”; hacer, por ejemplo, un documental, explorar y explotar sus múltiples posibilidades, etcétera. Todo eso puede ser asunto de otros espacios, no ya de esta crónica. De todos modos, me interesan más las implicancias sociales del experimento que las artísticas o literarias. Pienso, por ejemplo, que los diarios podrían habilitar secciones con avisos de tono poético y cobrar tarifas menores a quienes publiquen allí. Materia hay.
No cabe duda de que los amantes de los vehículos tienen mucho que decir al respecto y que podrían escribir poemas que aliviaran el dolor de vender sus queridas máquinas. Sería además una metodología muy valiosa y efectiva para, por ejemplo, estimular la escritura en general, pero también la escritura emotiva, creativa, lúdica (...).
E insisto, también, para romper a la vez dos guetos tan alejados aparentemente uno del otro, el de los tuercas y el de los poetas. Surgen muchas más preguntas: ¿son antinómicos, contrarios, los mundos de la producción y consumo automotriz y los mundos de la creación y el consumo literario? ¿Los poetas, los escritores, se transportan de modo mágico a través del éter o viajan en vehículos concretos? (...)
Cierre. Llamada telefónica, lo primero que dice la voz masculina es: “Señor, leí el poema que publicó”.