Algunos sostienen que nuestro país está "condenado al éxito" y esperan. Otros siguen suspirando por un país mítico y grandioso: "el granero del mundo". Otros piensan -en el fragor de las urgencias electorales- en "pactos de gobernabilidad" circunstanciales.
La palabra acuerdo está en boca de todos, pero en un país donde se firmaron tantos pactos, leyes y decretos, incumplidos en su mayoría, debemos hacer un esfuerzo para pensar y reflexionar acerca de las condiciones necesarias para alcanzar el desarrollo que como sociedad deseamos.
"Después del Estados Unidos joven y del Japón adolescente, es probable que la Argentina y Australia? adquieran una influencia decisiva en la política del mundo entero". Así percibía José Ingenieros el futuro de la Argentina en su libro La Evolución Sociológica Argentina, de la Barbarie al Imperialismo (1910).
Esta frase refleja el "sentimiento de futura grandeza del país", como lo llamaba Juan Agustín García en La Ciudad Indiana (1900).
Si nos fijamos en la situación económica y social actual, parece obvio que el destino argentino tomó otro camino que el previsto por estas voces y percepciones optimistas.
A principios del siglo XX, Argentina era considerada como uno de los "nuevos países de occidente", entre los cuales se encontraban Canadá y Australia. En 1910, el PBI per cápita argentino superaba al de países como Francia, Alemania, Italia o España. En 1910 Argentina se ubicaba entre los 15 primeros países en torno al PBI per cápita. En 2004, ocupaba el puesto 91.
En la primera década del siglo XX, la Argentina era el séptimo exportador mundial. Participaba de entre el 7% y el 8% del comercio mundial (China participa actualmente en ese porcentaje).
Hoy, la participación argentina en el comercio mundial es del 0,4%. El PBI total de Argentina representaba al principio del siglo la mitad del de América Latina, en 2001 representaba el 13%.
Pasaron casi 100 años y la situación cambió. La Argentina ya no ocupa un lugar destacado en el juego de las naciones, perdió su posición en el mundo y en la región.
En estos casi 100 años pasaron gobiernos de ideologías diferentes: Gobiernos democráticos se alternaron con gobiernos militares. Pasaron dictaduras más "blandas" y dictaduras "duras" y asesinas. Pasaron gobiernos progresistas, liberales, entreguistas y nacionalistas.
En ocasiones, firmamos acuerdos políticos en el marco de la competencia electoral o la urgencia fiscal, y muchas otras nos "sentamos" a esperar que la grandeza nos alcance.
Podemos aprender cómo lo hicieron aquellos que hoy están mejor que hace cien años. Ningún país se desarrolló "esperando" ni tampoco "firmando" pactos circunstanciales.
Sostengo que para que la Argentina retome una senda de desarrollo deben cumplirse algunos denominadores comunes, condiciones o requisitos que parecieran verificarse en aquellos países que siguieron recorriendo un camino de desarrollo:
Que los principales dirigentes sociales, del mundo de la política, de los negocios, de la academia, de los sindicatos, en síntesis, los principales actores del sistema, acuerden un conjunto de reglas mínimas que definan el espacio de posibilidades del juego social, reglas que se compartan y respeten aún en el sentido contrario a sus intereses personales o sectoriales inmediatos.
Esto que comúnmente denominamos "políticas de Estado" que permiten la sustentabilidad de los grandes rumbos del país más allá de los circunstanciales ocupantes del gobierno.
Que esta visión compartida sobre las reglas de juego social esté alineada a las principales tendencias mundiales que permitan una evaluación permanente y sistemática del contexto internacional, de las tendencias imperantes y posibiliten la inserción de largo plazo de nuestro país en el sistema global. No es posible crecer a espaldas del mundo, hay que entender y jugar en el mundo global con sus amenazas y oportunidades.
Que estos acuerdos y visiones compartidas de inserción en el juego mundial vayan acompañados de una profunda definición del rol del Estado, fortaleciendo su papel de regulador del juego e igualador de oportunidades Ello implica una revisión y fortalecimiento de la capacidad estatal. Hoy el progresismo y el pensamiento conservador se igualan en la ineficacia de sus resultados de gobierno.
Que el sistema educativo en todas sus dimensiones y facetas tenga un rol relevante que permita la generación de los conocimientos necesarios para sostener el proceso de crecimiento en el tiempo.
Esto significa contar con un sistema educativo de excelencia con evaluación externa para asegurar que la generación de conocimientos esté al servicio del país y su desarrollo, y no de los intereses corporativos del sistema actual.