Afuera todo el encanto del otoño, adentro toda la calidez.
Cierto día de semana a una amiga porteña se le ocurrió la brillante idea de ir a la montaña. No quería comer en una bodega porque ya había visitado varias durante su estadía. Tras degustar los placeres visuales que ofrece Potrerillos y sus villas circundantes durante esta época, el dilema se nos presentó a la hora del almuerzo.
Claro que para un mendocino un asadito a la vera del camino es una panacea, más si está acompañado de tortitas y empanadas caseras de la zona, la visitante ya estaba persuadida que esa era la mejor opción, cuando caímos en la cuenta que ninguna de las tripulantes del Comando de la alegría -como se denomina al grupo autoconvocado- sabe cocinar a las brazas, tampoco llevábamos los implementos necesarios por tanto el pic nic otoñal quedaría para otra jornada.
Algún otro amigo, de esos dedicados al turismo, recomendó vía MSM a Tomillo, en El Salto.
Las arboledas que arrojan sus últimas hojas coloridas dieron una buena impresión en el camino, queríamos llegar. Un tímido cartel indica el sitio, tan tímidas como la señalética ingresamos al pequeño salón cálidamente alumbrado por el sol del mediodía y climatizado por las salamandras de la familia. Patricia y Roberto anfitriones siempre prestos, nos dieron la bienvenida junto con la sugerencia del día.
Ante la difícil elección entre chivo, trucha o alguna carne al disco, un Cabernet con las brusquetas de hongos de la zona, tomillo y cibulette del jardín, apaciguó las mentes atribuladas. Con el pedido hecho, entre charla y más charla, fuimos descubriendo objetos de la decoración, que más bien pueden definirse como objetos de culto (a los sentimientos).
Las salamandras de hierro heredadas de algún pariente, el viejo mueble de la tía, la lámpara de la abuela, el calefón de la bisabuela. Y así como en un álbum familiar -imaginen que en la pequeña puerta de la cocina está La Chacha de Patoruzú deseando buen apetito, retazo de tela de alguna manta- la indagación sin pretensiones sobre la pareja se desató.
Porteños por naturaleza, mendocinos por adopción, se afincaron en la montaña hace 6 años.
Primero el hombre con un container y su auto junto a un sauce eléctrico comenzó el sueño de la casita y su restaurante. Con mucho pulmón y habilidad levantó la construcción que visitamos.
Patricia llegó después y aportó lo suyo, empezó a desurbanizarse para ruralizarse, y afirma que no cambia esta paz por la vorágine citadina. Su tono de voz lo confirma.
Tras los principales, las castañas (de la casa) y los membrillos en almíbar y vino, se adelantaron al café y así siguió la charla. El liquidambar colorido de la vecina nos arrimó a la calle, al auto y al regreso, sin embargo, nos prometimos volver. TA
Las ballenas están en el Sur, qué buena noticia, el invierno es la gran oportunidad para dejarse sorprender por este “monumento natural”.