Moral civil

Además de la moral individual, el autor nos plantea el desafío de edificar la construcción pública y social desde una moral civil basada en ciertos presupuestos básicos compartidos.

Edición Impresa: martes, 29 de junio de 2010
Moral civil

Por Vicente S. Reale - Sacerdote católico

Estoy imaginando tanto el ceño fruncido y disconforme de algunos, como la sorpresa y el beneplácito de otros ante el encabezamiento de esta nota.

Sí. Es un tema difícil y complicado. Pero alguna vez teníamos que enfrentarlo. Y, en este caso, dando sólo pinceladas a fin de promover un diálogo responsable y constructivo.

Entendemos por moral o criterios morales al conjunto de principios, convicciones, creencias o normas, fundados en razonamientos de orden filosófico, religioso o humano, que indican y proponen cómo debería ser el obrar de una persona singular o de un grupo social, dando orientaciones acerca de lo correcto o incorrecto de determinadas acciones.

Estas orientaciones acerca de lo correcto o incorrecto de las acciones humanas tienen su raíz en el mismo ser humano como "sujeto" de actos voluntarios y libres dentro de un determinado grupo de personas que también actúan voluntaria y libremente. Por lo que la moral se relaciona con la realidad de la libertad humana y abarca la acción de la persona en todas sus manifestaciones.

Creo estar en lo cierto al decir que "en los grandes principios" que dan sentido y sustento al actuar humano, todos estamos de acuerdo: sea en lo referido al respeto de la vida, de la honra, de la verdad, de los bienes, de la privacidad; sea cual fuere el fundamento de esos principios (sean convicciones religiosas, filosóficas o simplemente humanas, como queda dicho).

La "moral pública", la que alcanza a todos los habitantes de un determinado territorio y que se han constituido en pequeña comunidad, país, nación o comunidad de naciones, debería responder a la pluralidad de las posiciones éticas fundamentadas en aquellos "grandes principios" sustentados por todos los ciudadanos (creyentes de una determinada confesión y no creyentes). Como tal, esa moral pública debería, entonces, gozar de la garantía y del apoyo institucional que da el Estado a todo lo que es de orden público.

Si se admite lo anterior, debemos convenir en que la vida social y democrática se fundamenta sobre el intercambio público de ideas, sentimientos, argumentaciones y procedimientos compartidos.

Todo ello se lleva a cabo en el -demás está decirlo- "ámbito público" en el que los ciudadanos acordamos ciertas normas comunes de conducta y convivencia a fin de poder llevar adelante una vida social lo más ordenada posible respetando ciertos criterios comunes y fundantes de esa vida social.

El nudo gordiano

En ese intercambio de ideas, sentimientos, argumentaciones y procedimientos es donde entra en juego un intenso y extenso debate sobre temas puntuales de nuestra convivencia ciudadana. ¿Es razonable, cierta y posible una moral civil y laica cuyo fundamento sea a-religioso y simplemente humano?

Si esto es posible, ¿hasta dónde debe llegar esa moral laica a fin de respetar la conciencia del creyente o la objeción de conciencia? ¿Puede existir una moral que no se sustente en una determinada fe o trascendencia?

Aquí es donde se dividen las aguas entre:

* Quienes afirman que no existe moral verdadera sin sustento religioso, que conlleva decir que todas las referencias de fe que involucran al ser humano son "propias" de la naturaleza humana y, por consiguiente, no admiten una moral humana sin referencia sobrenatural o religiosa.

* Quienes, basados en la libertad de conciencia y en el pluralismo cultural -muy diferente del relativismo- afirmamos que es posible una moral civil laica anclada en los "grandes principios" comunes a creyentes y no creyentes. Ello en la medida en que la puesta en práctica de esos principios no afecten los derechos y la dignidad de terceros y en la medida en que, en temas controvertidos, las leyes no sean vinculantes y obligatorias sino "posibilitadoras" para quienes así lo deseen o lo necesiten.

Es mi opinión que hasta tanto las confesiones religiosas no reconozcamos la plena legitimidad, o por lo menos la posibilidad ética, de argumentaciones cívico-laicas distintas o alternativas a las sostenidas por esas confesiones (sobre la naturaleza humana, sobre la familia, sobre la vida sexual y reproductiva, etc), no será posible un auténtico diálogo ciudadano.

Temas urgentes

La gran transformación actual exige nuevos y públicos cimientos éticos, políticos y sociales a escala mundial. En esta dirección, en el informe de prospectiva Un mundo nuevo y posteriormente en las obras "Claves del Siglo XXI" y "¿Adónde van a parar los valores?", la Unesco ha propuesto que esos nuevos cimientos estén constituidos por cuatro contratos mundiales: un contrato social basado en la educación para todos a lo largo de toda la vida, un contrato ambiental, un contrato cultural y un contrato ético.

Si no se generaliza la educación para todos a lo largo de toda la vida, ¿cómo podremos erradicar la pobreza absoluta, hacer frente a los cambios profundos en los campos de la economía y el trabajo, promover los valores democráticos y construir sociedades del conocimiento genuinas?

Sin un contrato ambiental, en el que el hombre no sea el amo y señor de la naturaleza, sino su depositario y cuidador, ¿cómo podremos poner un término al saqueo del planeta, que amenaza con malograr todo proyecto de desarrollo sustentable e hipotecar las posibilidades de las generaciones venideras?

Asimismo, sin un contrato cultural, ¿qué recurso nos quedará contra el agotamiento de la diversidad cultural?

Si no desembocamos en un nuevo contrato moral basado en el rechazo de la corrupción y de la tiranía de los intereses, en un pacto prospectivo que haga participar a la sociedad y a los ciudadanos en las decisiones, y en una ética del futuro, ¿cómo podremos asentar los cimientos de una convivencia saludable y mejor?
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