Afganistán, un Vietnam en miniatura

Las críticas que terminaron con el relevo del general Stanley McChrystal se proyectan al manejo de una guerra que lleva más de ocho años y no hace más que agravarse día a día, con soldados norteamericanos que ya descreen de una victoria.

sábado, 26 de junio de 2010
Afganistán, un Vietnam en miniatura

Desplazado. El general Stanley McChrystal se fue de boca y lo relevaron, aunque las causas serían más profundas.

Por Marcelo Cantelmi - Especial para Los Andes

Todo puede parecer aún peor cuando realidades que son ya dramáticas suman formas patéticas. La Casa Blanca desplazó esta semana al general a cargo de liderar la guerra que desde hace casi 9 años EEUU libra sin destino en Afganistán.

Lo hizo porque este militar lenguaraz usó algunas de las peores formas de la burla y la falta de respeto para comunicar su disgusto con los políticos por los pésimos resultados que exhibe el conflicto, de los cuales es íntimamente responsable.

Esa catarata de críticas que el general Stanley McChrystal descargó a un periodista de Rolling Stone es la razón que se exhibe para el relevo. No es la única y posiblemente no sea la verdadera.

La cuestión central es que la guerra no ha hecho más que agravarse con una montaña de muertos entre la tropa aliada y que amenaza continuar como un Vietnam en miniatura lastrando el relativo apoyo que aún tiene Barack Obama. En un solo día de la semana que termina, el miércoles 23, murieron 10 militares, un récord en este derrotero.

Los 76 soldados caídos en junio convirtieron al actual mes en el peor desde que EEUU invadió a Afganistán en octubre de 2001 en la estela de los atentados del 11 de setiembre de ese año y que el gobierno de Washington atribuyó a la red Al Qaeda y a su jefe Osama Bin Laden, huésped por entonces del gobierno talibán afgano del Mullah Omar.

En principio este relevo desnuda una realidad no admitida. Si esta extensa guerra estuviera encaminada, la perorata crítica de McChrystal no hubiera pasado de una controversia desagradable. Este despido es porque aquello no está como debería.
 
La otra cuestión que debe observarse es que el disgusto del militar con respecto al destino del conflicto (la revista lo describe sintiéndose impotente incluso para convencer a sus propios soldados de que se llegará a la victoria) no apunta a la ofensiva en su conjunto.

Carga, en verdad, sobre la estrategia que se ha venido aplicando, uno de cuyos pilares fue aliviar las bajas civiles para combatir un antinorteamericanismo rampante que no sólo se ve en Afganistán. Ambos objetivos nunca se lograron.

McChrystal, en esa visión crítica que lanza sobre la Casa Blanca, parece reflejar el pensamiento de un amplísimo sector de las fuerzas armadas que experimentan el doble fenómeno de una perturbadora politización de sus cuadros más empinados y un acercamiento creciente al Partido Republicano, en el cual crece su ala más extremista ultracristiana que culpa a Obama de las debilidades de EEUU.

El jefe militar licenciado, en verdad, venía aplicando en Afganistán las estrategias negociadas con su jefe, quien ahora lo reemplazará, el general David Petraeus, apreciado en Washington porque abrió vías de negociación con las fuerzas beligerantes en Irak y logró reducir las bajas aliadas aunque en absoluto pudo contener el choque sangriento entre los sectores que disputan el poder allí.
 
En Afganistán, la masacre de civiles por fallas, descuidos o desinterés de los aliados es cotidiana y el plan ha generado frustración en la tropa que visualiza que se traspasó el riesgo que deberían padecer los afganos a las fuerzas de ocupación con el saldo de aquella lista de muertos.

Bruce Ackerman, un académico de la Universidad de Yale, describió en una columna en Los Angeles Times, el carácter profundo y las características del proceso de politización de los jefes militares que anida en esas críticas. Con Ronald Reagan, explicó, los altos mandos pasaron de ser 33% republicanos en 1976 a 53% en 1984. “Para 1996, 67% de los oficiales eran republicanos y sólo 7% demócratas”, escribió.

Hay otro detalle en esas estadísticas: “Sólo 29% de la oficialidad cree que son las jerarquías civiles, y no sus contrapartes militares, las que tienen la palabra final sobre qué tipo de fuerza militar debe usarse”, y queda implícito el cómo. Es claro lo que Obama pretendió remarcar al explicar el relevo como una medida para preservar “el control civil” sobre las FFAA.

Una de las ideas subyacentes en este duelo dialéctico que es la de arrasar al enemigo sin importar los costos, como supuestamente haría una potencia de rango hegemónico -lo que no es hoy EEUU pero que lo sigue siendo en el ideal de la derecha dura norteamericana-, se reelabora en un país como Afganistán que es mucho más complejo que Irak, donde la influencia iraní construyó también esa distensión para facilitar la salida de los norteamericanos.
En Irak existe un sector urbano amplio y atisbos de clase media y una dirección política real con la cual negociar, condiciones de las que carece la comarca afgana.

Otro desafío sin salida radica en el origen bastardo del movimiento talibán, que no es homogéneo sino que explica a un racimo inmenso de tribus algunas feudales y parte de cuyos fundamentalistas ultraislámicos fueron usados y agigantados por el propio EEUU para debilitar las fuerzas de la entonces Unión Soviética en aquellas épocas de Reagan. Ese es el origen del Mullah Omar y del propio Bin Laden y de la vidriosa Al Qaeda.

Los talibán son una milicia nacida en el aliado norteamericano de Paquistán, lanzada desde allí para combatir a los comunistas rusos hasta su expulsión del espacio afgano y que luego descargó el último sablazo literalmente cortando las cabezas de la generación que había crecido laica en ese despotismo ilustrado que implicó el dominio por parte de la Moscú soviética.
 
Hoy, Afganistán es tierra arrasada en manos de la presidencia oportunista y desprestigiada de Hamid Karzai, cuyo medio hermano simboliza la profundidad del pantano: acusado de capo narco y señalado a sueldo de la CIA por voceros del propio gobierno.

Estos señores de la guerra han convertido en un quiosco personal -se investiga ahora- los más de U$S 2.000 millones que este concierto de fundamentalistas le ha cobrado a la tropa norteamericana, a razón de U$S 4 millones semanales, como peaje para cruzar las zonas difíciles. Ese laberinto es el que Obama pretende desentrañar. Quizá sea pedir demasiado. CC

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