En el garaje de la casa, Alina recibe a los comensales con comida casera y una hospitalidad inigualable.
Acá pasa algo muy fuerte, han hecho prócer a un líder vivo, fue la perfecta descripción de Claudio, un argentino que ha viajado mucho, pero que quedó impresionado con Sudáfrica.
Nelson Mandela vivió en Soweto antes de quedar preso en 1961 y sólo 11 días luego de recuperar su libertad en el '90. Eso bastó para que la esquina de Vilazaki y Khuele tomara la dimensión de un lugar de veneración constante. Allí, su casa se convirtió en museo y es un cono de visita obligado para quien llegue a Sudáfrica.
Soweto es un distrito que está a 24 kilómetros de Johannesburgo, en la provincia de Guateng, y donde viven más de tres millones de negros. Se trata de un lugar emblemático del apartheid. Allí se gestó gran parte de la resistencia negra.
A 20 metros de la pequeña casa de ladrillo visto, tres chicos de unos 8 años cantan a coro alrededor de una turista francesa. La música y el canto son un modo de darle la bienvenida a los visitantes. Al final, la mujer les da una propina de 20 rands, pero ellos nunca la pidieron. La sonrisa jamás abandona sus caras y transmiten un afecto desinteresado difícil de encontrar por estas épocas.
Si no fuera por su origen zulú, uno podría confundir una calle del barrio Orlando West con cualquier barriada argentina. Es que se trata de casas muy humildes y calles repletas de chicos jugando al fútbol descalzos y con pelotas desinfladas. Incluso invitan a los que miran para que se sumen al picado de potrero.
La casa-museo de Mandela
Ya adentro de la casa de Mandela todo es simbología e historia que recorre los años de militancia con los que logró derribar aquel régimen que se extendió por casi 50 años de horror y dolor. Mantienen intacta su habitación, el comedor con una mesa y cuatro sillas, algunos aparadores y una vitrina con fotos y cartas de ex presidentes.
A eso, la industria del turismo le sumó algo de tecnología para agregar detalles de esos años. Hay artefactos que parecen porteros eléctricos en los que uno puede escuchar (oprimiendo un botón) la voz de Winnie -segunda esposa de Mandela- contando cómo fueron sus vidas allí con sus dos hijas.
La casa no debe tener más de 60 metros cubiertos. Un cartel sobre la cama dice ?No sentarse', solicitud rápidamente infringida por un santafesino que no quiso perderse su foto original. Nadie dice nada, incluso la mirada del personal que cuida el lugar le hace un guiño de complicidad.
La visita dura alrededor de 40 minutos, en los que una guía cuenta aspectos domésticos y políticos de la familia Mandela. Pero son 40 minutos que permiten conocer lo que desde lejos nunca se lograra percibir.
Un detalle: en la misma calle donde vivió Mandela, también lo hizo el arzobispo Desmond Tut. Los dos ganaron el premio Nobel de la Paz. Es un caso inédito en el mundo que un mismo barrio alcanzara con dos de sus vecinos esa distinción. Es indudable que una energía especial recorre su aire.
A pocas cuadras, se encuentra el Museo Hector Pieterson. Su nombre recuerda a la primera víctima de la revuelta en 1976 que dejó casi 600 estudiantes muertos por la represión policial.
Pieterson fue uno de los primeros niños fallecidos por un disparo de la policía durante el levantamiento de Soweto de 1976. La foto de su cuerpo sin vida cargado en brazos por un amigo fue la imagen con la que el mundo tomó conciencia de semejante masacre. Rechazaban la enseñanza en las escuela del afrikans y del inglés por igual.
Continuando la recorrida por Soweto, en las veredas se pueden ver peluqueras callejeras. Puestos como los que levantan los artesanos en Mendoza, pero para cortar el pelo.
Según palabras de Pablo, el guía que va dando detalles del recorrido, se trata de un conglomerado de casas donde se instalaron fundamentalmente trabajadores de la minera. Sería como las favelas brasileñas o las villas argentinas. De día uno puede caminar tranquilo, pero de noche es preferible no hacerlo, dice Pablo.
Es que parece primar un código implícito por el cual cuando el sol alumbra la inseguridad desaparece. Así el turismo puede dejar dinero en ese barrio necesitado.
Las combis que hacen el transporte público aturden con sus bocinas. La primera impresión es que el nerviosismo de los conductores no es una originalidad argentina, pero tanto bocinazo tiene una explicación inimaginable: es la manera de ir anunciando su destino, una especie de sistema morse mediante el cual los pasajeros que esperan en las esquinas puedan saber cuál es el recorrido.
Alina y una atención diferenciada
La próxima parada es la casa de Alina, allí espera al grupo de argentinos que ya acordaron el almuerzo. Alina decidió darle de comer a los turistas en su propia casa y su idea rápidamente fue un éxito. Platos caseros de carne de vaca y de cordero, verduras hervidas y buenas ensaladas.
Antes de entrar, uno de sus ayudantes alcanza a los visitantes toallas personales mojadas con agua y limón. Cada uno cumple con esa medida de higiene y ya se puede sentar en el garaje de la casa.
Los sabores de la comida superan ampliamente a los de cualquier restaurante. Al fin comida casera -dijo Juan, un empresario neuquino que ya venía cansado de comer en restaurantes convencionales-.
Como si la buena atención no hubiera sido suficiente para los comensales, ya en la sobremesa aparecieron tres chicas y un varón de nos más 16 años. Los cuatro mostraron una improvisada coreografía exclusiva para los presentes. Alina les marcaba el paso desde atrás para que todo saliera como estaba planeado.
Casi como colado entre los bailarines apareció un negrito que se ganó el protagonismo. No más de 5 años y una simpatía desbordante. Seguro que no conoce mucho del fútbol argentino, pero sus padres le pusieron Kun. No es nada de Agüero, el delantero de la Selección, pero ya tiene marca argentina.
Rubén, de Rosario, le regaló su gorro de la Selección nacional y algunos caramelos que había comprado para sus hijos. Mis chicos tienen de todo, el Kun se lo merece mirá la alegría que tiene, confesó emocionado.
Abu, el chofer del micro anuncia que hay que dejar el barrio. Conocer esa zona no pasará nunca al olvido. Reflejo de un país que podría haber terminado en una guerra civil sangrienta y que el pensamiento superador pudo evitar. Soweto no es un barrio más, Soweto es sinónimo de la resistencia negra a la segregación y también es un sinónimo a la capacidad de entender y convivir.
El Fiat 147 es impulsado por seis baterías importadas de 12 voltios. Del vehículo original se extrajo el motor combustión interna y todo lo referente a su funcionamiento.
La concentración tuvo lugar en el kilómetro cero y se detuvo en la puerta de la Legislatura. Apuntaron a la "protección de la familia".