Estilo

Hugo Arana: "Hacer Baraka es un masaje"

Hoy y mañana, la obra dirigida por Javier Daulte trae al actor a la provincia. Y junto a él desembarcan: Darío Grandinetti, Juan Leyrado, Jorge Marrale y Paula Kohan.

viernes, 28 de mayo de 2010

"Un personaje es una idea, no una persona”, nos dice. Y sí: cuando uno charla un rato con él, aún sin verlo y con la fibra óptica del teléfono de por medio, su explicación queda clarísima.
A ver, para que entienda.
 
¿Se acuerda del “Groncho y la Dama”?, aquel sketch de “Matrimonios y algo más” que quedó para el recuerdo. Bueno, Hugo Arana, con ese personaje, ¡nada que ver! O, más hacia el presente, el déspota dueño del canal de televisión que supo encarnar en “Los exitosos Pells”. Bueno, con ese personaje, tampoco nada que ver.

Ni siquiera se le parecen los que hizo en “Las puertitas del Sr. López”, “Los golpes bajos”, “No mires para abajo”, “Cautiva” o cualquiera del larguísimo listado de films que lo tienen entre el reparto.
 
Aún en el presente, cuando vemos al tío de esas tres mujeres perdidas y tristes que circulan en “Para vestir santos” (el unitario en el que está trabajando para Pol-ka), estamos viendo a Hugo Arana. Ninguno de esos rostros -que son el mismo- pueden adjudicársele a la voz que suena del otro lado del teléfono, en esta charla con Los Andes.

Así, esta afirmación de Arana (los personajes son ideas, no personas) no sólo concuerda en su discurso, sino que habla de la estatura artística de este actor (formado por el maestro Augusto Fernandes, entre otros) con el que charlamos.

“Este” Hugo Arana: el que está en su casa, tipo 9 y media de la noche y escuchando pacientemente nuestras preguntas, domina el lenguaje con lucidez y precisión: lo que dice es lo que dice; sin verso, sino al contrario, con la palabra justa y conveniente.
 
Es reflexivo, gusta de la charla amable, es franco e inteligente para no dejarse atrapar por un discurso al que no quiere adscribir; y lo dice: “eso lo decís vos, no yo”. Se instala en el diálogo con una proximidad que nos alienta al fluir de una conversación que poco tiene de “pregunta-respuesta” y mucho de ir abriéndonos la puerta hacia múltiples y disímiles territorios.

El resultado de aquel buen momento lo volcamos aquí; sin dejar de contar que, luego de colgar el teléfono, nos quedó la sensación de una ínfima epifanía: sí; hay en nuestro país artistas capaces, conocedores del oficio, luchadores en esto de sostener la noción del “actor” como constructor de la identidad colectiva, como engranaje de que se vale la cultura para “expresarnos”.

-¿Cómo hacés para sostener un nivel de exigencia que te demanda grabar toda la semana para la televisión y luego emprender esta gira con “Baraka”?

-Se hace porque ha habido disposición de la producción de Pol-ka para acomodar horarios y porque es un unitario que se graba de lunes a viernes. Entonces se puede organizar. Si mi personaje fuera un protagónico, sería casi imposible; porque estoy yendo y viniendo. Imaginate: de Mendoza vamos a otra provincia y después a Chile. Entonces, lo que hago es grabar muchas escenas y con eso cubro.

-Muchos actores se quejan del ritmo frenético que impone la televisión para el actor. ¿A vos no te pesa?, digo... Estás con “Baraka” hace dos años y el año pasado hiciste “Los exitosos Pells”, ahora “Para vestir santos”...

- No. Es que desde que terminé “los Pells” han pasado 8 meses sin grabar. A veces sí que se complica. Cuando empezamos “Baraka” yo grababa de lunes a viernes y después me iba a hacer la función. No es lo ideal... (se ríe), pero en nuestra profesión lo ideal no existe. Cuando dos materiales son buenos, la alegría de hacerlos sostiene todo. Pero no, ¿eh?: no duermo tres horas por día, nunca me internaron, ni nada de eso (se ríe).

-Ahora, con “Baraka”, ya ni ensayan, ¿no?; después de dos años...

-No. Sí cuidamos la tarea: hay reuniones, charlamos, corregimos, buscamos conservar la frescura que el espectáculo merece, (se sonríe orgullo) y creo que lo logramos. Llevamos... ¡qué sé yo!, como 470 funciones creo. Estrenamos otro día patrio: el 9 de Julio 2008.

-Vos hablabas de la alegría que sostiene la tarea... ¿cómo se logra ese estado?

-Cuando un material a uno lo regocija, es recibido. Y entonces hay una relajación en la tarea. La función es un masaje. Son incontables las veces en que uno llega cansado a hacer la función y, cuando termina, siente la sensación de armonía. Y cuando eso sucede, no es un esfuerzo.
La obra, casi una excusa

No es la primera vez que Hugo trabaja junto a Juan Leyrado, Darío Grandinetti y Jorge Marrale. Ya antes habían formado el grupo Errare Humanum Est, con el que sostuvieron durante seis años un fenómeno teatral que se llamó “Los mosqueteros del rey”.

Y, de aquella experiencia, la idea de volver a reunirse en escena quedó picando. Es por eso que, poco a poco, se fue concretando hasta llegar a “Baraka”; escrita en 2002 por la holandesa María Goos, luego transformada en película y, finalmente en el debut como director teatral de Kevin Spacey en el Old Vic de Londres.

La lectura del texto fue compartida primero entre Marrale y Leyrado. Éste último estaba, justamente, compartiendo cartel con Grandinetti en “Ella en mi cabeza” (obra que también llegó a Mendoza hace unos años).  Y claro, como estos cuatro actores son también amigos, el texto recién leído se convirtió en posibilidad de reeditar la reunión sobre el escenario. Buscaron director y allí surgió el nombre de Javier Daulte, al que los actores convocaron.

-El hecho de haber trabajado antes con estos actores, ¿cómo influye en la puesta?

-Es un hándicap fantástico, porque cada vez nos conocemos más. Cuando uno es citado a un elenco, en general nos conocemos del ambiente pero siempre está ese miedo de “cómo le digo esto”, y al otro le pasa lo mismo con uno.
 
En este caso, y con este director; que por si fuera poco es psicólogo (se ríe), el equipo funciona totalmente. Pero la psicología no siempre es aliada de la creación: un personaje es una idea, no una persona. En este caso es brillante cómo Daulte ha sabido vincularnos en la tarea, por su manera de dirigir y de guiarnos.

-¿Es la primera vez que te dirige Daulte?

-Para los cuatro es la primera vez.

-¿Por qué lo eligieron a él?

- Lo llamamos porque nos parecía oportuno.

-Se da, con Daulte, el mismo fenómeno que con Daniel Veronese: son directores del universo del teatro “alternativo” que se lanzan al ruedo de obras más masivas. Tal vez esto sea un prejuicio...

-Yo diría que ningún prejuicio viene de la nada. Alguna raíz que creció en demasía es la que da lugar al prejuicio. El llamado teatro comercial se envició, pero aún conserva la posibilidad de una creación, de hacer algo que valga la pena. Estas divisiones son parecidas a eso de tratar de dividir el mundo de los actores, del de la farándula.

No intento, ni quiero, ser despectivo, descalificador o atancante: la farándula existe; pero no se la puede confundir con el mundo del teatro. Si hay gente del teatro que habita y vive, y fomenta ese universo de la farándula, son dueños de hacerlo e incluso lo celebro; en el sentido más amplio de la libertad de expresión. No es lo mismo una cosa que la otra; pero no tengo el pensamiento facho de que ese mundo al que no pertenezco no tiene que existir. Y respecto a lo masivo... La masividad tiene que ver con lo anónimo: “la masa no piensa”;  involucra una versión tendenciosa...

-Me refiero a un teatro accesible a mayor cantidad de público, no restringido a una élite que pueda decodificarlo...

-Pareciera, en la historia, que hay asuntos que son “para los iniciados”. Que hay gente que ha abonado el terreno ese sentido. Qué sé yo: se me ocurre el ejemplo del catador de vinos. El sabe diferenciar un vino de otro y yo no. Pero eso no significa que a mí me guste mezclar el agua con el vino, sería una pena por el agua (se ríe).

Puedo entender que haya expresiones que son más captadas por los iniciados, pero uno nunca puede asegurar quién, entre el público, puede ser un iniciado. Me resisto rotundamente a esta afirmación de: “lo que la gente quiere es tal cosa”. Son singularidades. Podemos hablar de obras con actores más conocidos, en salas más grandes, con más prensa.
 
Pero eso no desestabiliza la energía de la búsqueda, ni el hecho de que algo sea complejo y siga indagando en el mundo de expresión. Es el mismo aliento de pasión para hacer una cosa o la otra. Y uno tiene clarísimo cuándo se vuelve superficial, o facilongo, y abandona la tarea que ha elegido. No es el entorno el responsable, sino uno mismo. Uno sabe cuándo es una hamburguesa que, cada tanto, es una cosa muy rica.

-¿Cómo detectás qué papel elegir y cuál no?

-Hay señales. La primera es el cuento. Uno lee el cuento y se dice : “acá hay algo que me mueve a mí”, empieza la necesidad propia de uno por hacerlo. Después, claro, es fundamental la gente y la actitud para con la tarea. Uno va a un set de televisión o a un teatro a hacer la tarea, si surgen amistades o profundos afectos; mejor aún.
 
Pero uno no se reúne para eso. Y, si en ese equipo todos lo entienden del mismo modo y hay seriedad de trabajo, el contexto es el propicio. En en el camino, a veces, uno descubre que ese trabajo que elegiste al principio es mucho mejor de lo que creías. No sólo hay culebras, sino también colibríes (se sonríe).

-¿Estás con algún proyecto de cine?

- Hay cosa muy incipiente, todavía lejana.

-¿Cómo del cine argentino, hoy, que hay tantos directores jóvenes, probando sus poéticas; con tanta producción diversa?

-El mundo expresivo narrativo va cambiando. Hoy ves un gran clásico y te resulta una película lenta, porque cambió el lenguaje. El cine argentino siempre estuvo saliendo de las cenizas, renaciendo. Siempre he sido hincha quinotos con esto de tratar de decirle a los gobiernos que, para mí, el cine es el mejor embajador de los países.

Y si no fijate Estados Unidos... (le sale el chiste, y se ríe): uno piensa que producen guerras para hacer después las ochocientas películas de Hollywood. El cine es una industria estupenda, una herramienta formidable porque entra por el corazón, la inteligencia, el humor, la poética.

Yo no entiendo por qué los gobiernos no lo toman como cosa seria. Es un transmisor de tu ideología, de tus poéticas, de tu identidad, del pensamiento de un pueblo, o de los brillantes tipos emergentes de ese pueblo. La verdad, no es comprensible.

-¿Cuál es el personaje que más has querido de todos los que hiciste?

-No puedo decirte eso. Es muy probable que el más querido sea el más frágil, el más necesitado de vos. Es difícil decir porque los personajes no están aislados del todo, que es la creación. Cada uno, gracias a dios, es una singularidad.

-¿Qué es lo que te atrapa del teatro?

-Tiene el vértigo de que uno está haciendo su trabajo mientras todo sucede. En el teatro no hay error y marcha atrás. Tiene esa impronta de la cosa viva. Eso irrepetible exige, como del equilibrista, un cuidado especial. (se sonríe y continúa) Se me viene a la cabeza la frase de “no mires hacia abajo”.

Y es eso: para que el vértigo no te voltee existe un equilibrio, que tiene que ver con no bandearse; con la no celebración. Esto de “mirá qué bueno que me sale”. Cuando te ponés en esa postura, te la perdiste; porque ya no sos protagonista, no lo estás viviendo sino que sos un observador. Y ese disfrute es sólo un instante. Hay que hacer equilibrio si se quiere caminar. Por Patricia Slukich - pslukich@losandes.com.ar
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