La pobreza también existe en Japón

El fin del empleo de por vida, la desregulación económica y el deterioro del sistema de seguridad social, son los principales factores que están empobreciendo a importantes sectores sociales del Japón, un país que se suponía inmune a ese mal.

Edición Impresa: domingo, 25 de abril de 2010
La pobreza también existe en Japón

Por Martín Fackler - Servicio de noticias The New York Times - © 2010

Satomi Sato, viuda de 51 años de edad, sabía que enfrentaría dificultades para criar a una hija adolescente con menos de 17.000 dólares anuales, que ella percibía de dos empleos.

Con todo, la tomaron por sorpresa el otoño pasado, cuando el gobierno anunció por vez primera una línea oficial de pobreza y ella estaba por debajo del límite: “No quiero usar la palabra pobreza, pero definitivamente soy pobre”, dice Sato, quien trabaja por las mañanas haciendo almuerzos empacados y por las tardes entrega diarios. “La pobreza sigue siendo un mundo muy poco familiar en Japón”.

Tras años de estancamiento económico y crecientes disparidades en los ingresos, lo que otrora era una nación igualitaria está despertando en últimas fechas al hecho que tiene un número considerable, y en aumento, de gente pobre.

La revelación por parte del Ministerio del Trabajo en octubre, en el sentido que casi uno de cada seis japoneses -o 20 millones de personas- vivía en la pobreza en 2007, dejó pasmado al país y desató un debate sobre posibles remedios que se ha mantenido con intensidad desde ese momento.

Muchos japoneses, que se adhieren al mito popular en el sentido que su nación es de clase media de manera uniforme, quedaron incluso más asombrados cuando vieron que la tasa de pobreza de Japón, de 15,7%, estaba cerca de la cifra de 17,1% de la Organización para Cooperación Económica y Desarrollo correspondiente a Estados Unidos, cuyas estridentes desigualdades sociales se han visto por largo tiempo en Japón con desdén y lástima.

Pero, quizá un factor que causa la misma sorpresa fue cuando el gobierno reconoció que había estado llevando estadísticas de pobreza en secreto desde 1998, en tanto negaba su existencia, pese a la ocasional evidencia anecdótica apuntando a lo contrario.

Eso terminó cuando un gobierno tendiente a la izquierda, encabezado por el primer ministro Yukio Hatoyama, reemplazó el verano pasado al Partido Liberal Democrático, que había gobernado por largo tiempo con una promesa de obligar a los burócratas nipones -legendarios por sus múltiples secretos- a que fueran más abiertos, en particular con respecto a problemas sociales, comentaron funcionarios gubernamentales y expertos en pobreza.

“El gobierno estaba al tanto del problema de pobreza, pero lo estuvo ocultando”, asegura Makoto Yuasa, el director de la Red Antipobreza, grupo sin fines de lucro. “Temía encarar la realidad”.

Al seguir una fórmula con reconocimiento internacional, el ministerio fijó el límite de pobreza en unos 22.000 dólares anuales para una familia de cuatro integrantes, lo cual representa la mitad de los ingresos de una casa promedio en Japón.

Los investigadores estiman que la tasa de pobreza de Japón se ha duplicado desde el colapso de los mercados de bienes raíces y la Bolsa del país a comienzos de los años ’90, trayendo dos décadas de estancamiento económico en los ingresos e incluso declinación.

El anuncio del ministerio contribuyó a exponer un problema que, destacan trabajadores sociales, se pasa por alto con facilidad en la relativa homogeneidad de Japón, que no tiene las altas tasas de delincuencia, deterioro urbano y marcadas divisiones raciales de Estados Unidos.
Expertos y trabajadores sociales destacan que puede ser engañosamente difícil detectar a los pobres de Japón porque se esfuerzan de verdad por mantener la apariencia del confort de la clase media.

Todo indica que muy pocos japoneses en la pobreza están dispuestos a reconocer su dura situación por temor a ser estigmatizados. Si bien apenas poco más de la mitad de las madres solteras de Japón, como Sato, son pobres -casi igual que el radio en Estados Unidos- ella y su hija, Mayu, de 17 años de edad, se esfuerzan por ocultar su necesidad.

Sonríen hacia afuera, dice, pero “lloran por dentro” cuando parientes o amigos hablan de vacaciones, lujo que ellas no pueden darse.

“Si decimos que somos pobres vamos a llamar la atención, así que preferiría ocultarlo”, nos dice Sato, quien vive en una unidad habitacional pública, similar a bloques, en esta pequeña ciudad rodeada de llana tierra agrícola carente de árboles, la cual evoca la región Norcentral de Estados Unidos.

La señora afirma que tenía poco dinero incluso antes que su marido, operador de maquinaria de construcción, muriera de cáncer pulmonar hace tres años. Agregó que las dificultades de su familia empezaron a finales de los ’90, cuando el descenso económico empeoró en la isla norteña de Hokkaido, como ocurrió en buena parte del Japón rural.

Incluso con dos empleos, ella dice que no puede darse el lujo de ver a un médico o comprar medicina para atender su deteriorada salud. Cuando su hija necesitó 700 dólares para comprar uniformes escolares a su ingreso al bachillerato el año pasado, ella ahorró reduciendo a dos comidas al día.

Expertos en pobreza afirman que el caso de Sato es típico. Destacan que más de 80% de quienes viven en la pobreza en Japón son trabajadores pobres y temporales, sin seguridad y pocas prestaciones. Suelen tener dinero suficiente para comer, pero no para hacer actividades normales, como salir a comer con amigos o ir a ver una película.

“La pobreza en una sociedad próspera no suele equivaler a vivir en harapos en el suelo”, nota Masami Iwata, catedrático de asistencia social en la Universidad Femenil de Japón, en Tokio.

“Estas son personas con teléfonos celulares y automóviles, pero están aisladas del resto de la sociedad”.

Años de desregulación del mercado laboral y competencia con los bajos salarios de China han generado una proliferación de estos empleos de bajos sueldos en Japón, destacan economistas.

Para complicar las cosas está el hecho de que estos empleos no están cubiertos mayormente por una anticuada red de seguridad social, creada varias décadas atrás como un último recurso en una era en que la mayoría de los hombres podía esperar empleos de por vida.

Lo anterior ha abierto una enorme grieta a través de la cual millones de japoneses han caído.

Sato expresó temores similares por su hija, Mayu. La joven desea asistir a una escuela vocacional para convertirse en una actriz de voz para la animación, pero Sato dijo que no podía solventar los 10.000 dólares que cuesta la colegiatura anual.

De cualquier forma, sigue manteniendo el ánimo en apariencia, aunque con resignación. Dice que su mayor desafío era no tener a nadie con quien conversar. Si bien comentó que estaba segura que muchas otras familias enfrentaban una dura situación de tipo similar en esta pequeña ciudad, su negativa a reconocer su pobreza imposibilitaba su localización.

“En una cama por la noche, pienso: ¿Cómo caí tan bajo? ¿Cómo me aislé tanto?”, termina Sato. “Pero, normalmente, intento no pensar en ello”.
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