Lo que votó la Legislatura provincial en forma unánime quizá no sea una jubilación de privilegio y quizá no haya sido urdida en secreto, pero se parece tanto a ambas cosas que será muy difícil deslindar técnicamente las diferencias y del todo imposible hacerlo políticamente.
No está en el ánimo personal del que esto escribe -y menos con el actual estado de ánimo social- la aspiración de convertirse en un tribuno del pueblo fogoneando sañas furiosas que le agreguen demagogia periodística a la irresponsabilidad política. Sólo se pretende usar la razón para apagar el fuego.
Los dos grandes espacios públicos de la política clásica son la Plaza griega y el Circo romano.
Idealmente, la Plaza buscaba convocar a la totalidad de los ciudadanos de la república para entre todos resolver los problemas de interés común. Se trata de la democracia ideal, directa, donde todos gobernaban para todos. Pero como en las sociedades de masas es imposible juntar a todos en la misma plaza, se eligen “representantes”, o sea una mínima parte del pueblo que habla y legisla en nombre del resto.
En las democracias modernas, la Plaza pública es -o debería ser- el Parlamento, pero para ello los pocos que representan a muchos deben esforzarse denodadamente en hablar como si allí estuvieran todos.
No obstante, cuando las repúblicas entran en crisis, las instituciones devienen corporaciones. O sea, ya no defienden a los que representan sino sólo a los miembros que las componen. Eso pasó en Roma cuando el Senado sólo representaba los intereses del César o de los senadores mismos. Entonces se cambió la Plaza por el Circo, de modo que las multitudes derivaran sus odios desde la clase política que los traicionó hacia los gladiadores, los cristianos o cualquier chivo expiatorio que los políticos les pudieran ofrecer.
En la sociedad actual, frente a la inoperancia y aislamiento de la política para solucionar los problemas comunes, la Plaza y el Circo se trasladan a los medios de comunicación, donde se libra, a la vez, el debate político y la rebelión de las masas, no tanto por exceso mediático sino por carencia dirigencial.
Frente a esa nueva realidad, los políticos deberían reconstruir el poder público tratando de conducir las nuevas realidades en vez de negarlas, enfrentarlas o censurarlas suponiendo que una conspiración fatal se cierne contra ellos mediante la alianza entre un pueblo exacerbado y una prensa exacerbadora. Pero para eso, los políticos deben recuperar la Plaza pública, en vez de convertir a las instituciones en circos.
En ese sentido -y quizá diferenciándose de la opinión pública generalizada- esta nota no critica de estas supuestas secretas jubilaciones de privilegio lo gigantesco del atropello sino la nimiedad de sus pretensiones. Como que un grupo de seres humanos con responsabilidades extraordinarias minimice la trascendencia de su papel por una insignificante reivindicación corporativa que sólo atizará las broncas acumuladas. Y a sabiendas de que esto ocurriría.
De allí si no el secreto, al menos la “discreción” con que se evitó librar un debate crucial, bajo la cobertura de una unanimidad que pretendió ocultar lo inocultable.
Porque no se puede tratar como un trámite administrativo más, una discusión eminentemente política que por no darse en el parlamento ahora se dará en los medios.
Porque no se puede aspirar a ser capitán de barco si no se está dispuesto primero a salvar al resto de la tripulación, antes de pensar en la propia salvación.
Porque mejor que seguir recriminando en un país donde es muy difícil reunir las condiciones para arrojar la primera piedra, sería más interesante que los legisladores, en vez de aguardar un veto político o que se calme la cobertura mediática y la bronca popular, hoy dieran -ellos mismos- marcha atrás con esta ley. En particular a través de sus voces más autorizadas para hacerlo, aquellas capaces de admitir errores, aquellas que aún tienen mucho para defender, porque no todos los políticos son lo mismo. No todos los políticos pueden ni deben ser lo mismo.
Se sintió sobre todo en el personal médico de los hospitales. El Ejecutivo aún tiene un margen para subir su ofrecimiento, según el Presupuesto.
Mientras Argentina intenta agotar las vías diplomáticas, la prensa británica sigue sacando artículos que incitan a la violencia. Según los populares diarios Daily Mail y The Sun, “los soldados amenazaron con volver a las islas”.