Hace varios años me tocó presenciar un interesante episodio. Un querido amigo se aprestaba a renovar mandato como concejal. Como estaba ocupado en plena campaña, le pidió a un amigo suyo que se encargara de la inscripción de la lista.
Por razones que no viene a cuento detallar, pero que tenían que ver esencialmente con una falta de cuidado en la tarea confiada, esta persona no lo hizo a tiempo. El candidato no pudo participar de una elección que se presentaba asequible.
Al enterarse de lo sucedido, un amigo común sindicalista, viejo lobo curtido en mil batallas políticas, después de reírse un rato con estas torpezas juveniles, formuló un juicio categórico: "Con los amigos no se puede hacer ni política ni negocios".
El asunto me ha dado mucho para reflexionar. Tiempo después tuve la oportunidad de leer a Aristóteles. Es este autor, con el eco de los siglos, quien nos recuerda algo que la modernidad política ha olvidado por completo, después de haberlo rechazado sistemáticamente.
En su Ética a Nicómaco, Aristóteles se dedica a analizar la relación de amistad: su naturaleza, sus formas diversas. El filósofo distingue tres tipos: la que se da en razón del interés, del placer y la que denomina perfecta, en la cual se quiere el bien del amigo. Además, explica que es una condición fundamental del orden y de la acción política.
Durante siglos, la modernidad política ha intentado suprimir esta poderosa verdad, temiendo una confusión o promiscuidad entre las relaciones personales y el vínculo político. Así, ha entendido el lazo interpersonal sobre el que se funda la política en términos de poder, dominación, identidad, garantías, derechos, acuerdo, consenso o contrato. Ha dado alguna concesión al interés: casi siempre, en términos económicos.
Sólo la amistad puede conservar la necesaria unidad de la comunidad política. Pero además, el acierto de la tesis de Aristóteles se puede demostrar por el absurdo. En lo que hace a la acción política, ¿con quién la llevaremos a cabo: con los indiferentes, con los calculadores, con los enemigos? Si no es con los amigos, ¿con quién?
Pero ¿esto implica que la sentencia del veterano sindicalista no era correcta? Me parece haber entendido lo que quiso decir: no se puede confiar tareas importantes como la política a amigos por el solo hecho de ser tales. Hacen falta intereses, propósitos, valores y afectos compartidos, idoneidad y hábitos adecuados.
Todo gobierno debe practicar la amistad en diversos niveles y formas. Ante todo debe disponer de un círculo de confianza, en el cual la relación personal se sume a una visión, misión y proyecto compartidos. Es necesario que se guarde de los "incondicionales" o "ultras", porque frecuentemente en estos casos las lealtades personales terminan imponiéndose al proyecto.
Debe mantener una buena relación con funcionarios, técnicos y asesores que permitan la eficacia en las diversas esferas de acción. Está obligado a procurar contactos frecuentes y cooperación estrecha con los demás poderes y con los actores sociales.
Debe cultivar los vínculos con aliados y también con la oposición: en definitiva, gobierno y oposición quieren lo mismo, sólo que de diferente forma y por diversos medios. Debe sostener y ampliar el consenso entre la ciudadanía, siempre que se pueda. Finalmente, debe buscar coincidencias e intereses comunes con otros países. La eficacia y el acierto de todo gobierno dependen de la calidad y la cantidad de sus relaciones.
Lo anterior sirve para analizar la red de relaciones sociales sobre la que se apoya el actual gobierno. El primer gabinete de ministros y círculo de asesores que designó el entonces presidente Kirchner tuvo concesiones a la idoneidad y la capacidad técnica.
Las relaciones personales (el entorno de los Kirchner no se caracteriza por ser demasiado exigente, ilustrado ni destacado: la calidad es más bien mediocre) cedieron lugar, al menos temporal y parcialmente, a los especialistas. Conforme se revelaba el estilo presidencial, cerrado e imperativo, fueron abandonando las filas del gobierno.
El círculo de lealtades ha ido adquiriendo perfiles cada vez más netos y estrechos. El núcleo está compuesto por el matrimonio. Más allá se encuentra un entorno de asesores y ministros cuya confiabilidad estriba en la subordinación y funcionalización progresiva a los dictados de la pareja presidencial.
La red incluye una fauna variada de testaferros, antiguos empleados, "empresarios" y arrimados que cumplen la doble tarea de velar por la conservación y el aumento del patrimonio K y medrar a costa de contratos, concesiones y demás prebendas derivadas del Estado.
El círculo se completa con lo que podríamos llamar "grupos de choque" compuesto por piqueteros a sueldo, "juventudes políticas" algo trasnochadas, guardias sindicales e intelectuales obsecuentes que se encargan de amedrentar por diversas formas a la ciudadanía y la oposición.
El traspaso del poder radicalizó este esquema de relaciones, revelando algo que pocos se han ocupado de analizar: la incapacidad de Kirchner de compartir y ampliar su proyecto político más allá de la estrecha frontera de la relación conyugal y/o familiar. Un rasgo propio de autócratas, se llamen Pedro el Grande, Fidel Castro o Kim Il Sung.
La crisis económica, los sucesivos y notorios desaciertos del gobierno y la caída de la popularidad han reducido aún más este círculo. Los viejos amigos adquieren automáticamente la condición de enemigos. La pareja presidencial ya no confía en casi nadie. Pero sería un error pensar que tal condición afecta sólo al gobierno.
El recelo y la hostilidad parecen dominar todo el espectro político del país. La deslealtad se promueve y se celebra: se la eleva a virtud patriótica. En general, la oposición opera con motivaciones poco acordes con sus responsabilidades políticas: cálculos mezquinos, vanidades individuales, insolvencia programática, personalismos intrascendentes. La debilidad no implica mayor voluntad de cohesión y acuerdo.
Las declamaciones en torno a la necesidad del diálogo y de un gobierno de unidad nacional se descalifican apenas ver las pugnas y rencillas que dividen al arco opositor. Allí radica una razón de su ineptitud para formar equipos de gobierno.
Aristóteles destaca una nota fundamental de la amistad: se da propiamente entre iguales. Entre desiguales es más difícil. El gobierno actual no tolera a los iguales. Trata con hostilidad y recelo propios de esclavo a los superiores y sólo acepta relacionarse con inferiores, a través de la prebenda y el miedo: voluntades compradas, títeres, fanáticos, "incondicionales".
Para el gobierno, las relaciones se reducen a dos tipos fundamentales: enemigos o súbditos. Por su parte, cada opositor "hace la guerra" por su cuenta, combatiendo a propios y extraños, incapaz de establecer relaciones de cooperación duradera.
Es cierto que en política, la categoría "enemigo" es un principio fundamental. Pero pierde todo sentido cuando prácticamente el conjunto de los actores políticos o sociales es considerado enemigo.
El enemigo, entonces, pasa a ser otra cosa: no constituye ya el adversario o el oponente, natural o construido, sino la propia incapacidad de relación. Los antiguos griegos tenían una palabra para quienes sufrían de este problema. Los llamaban idiotas.