Parque a orillas del río Hudson.
Si tengo que citar uno de los viajes más impactantes desde el punto de vista de mi profesión, no podría obviar aquel que hizo Markama en el año de 1980; a Estados Unidos. Gracias a una gestión del músico Damián Sánchez, integrante por aquel entonces del grupo, quien ese año iba a residir en aquel país, se consiguieron varias fechas para actuar en el estado de Nueva York durante veinte días.
Allí fuimos, a instalarnos en el barrio de Village, durante el apogeo de la cultura alternativa que reinaba por aquel entonces. Fue genial. Imaginen que hace treinta años atrás, venir de Bolivia, luego vivir en Mendoza y conocer después Nueva York fue una experiencia impactante. Y lo sería para cualquiera.
La ciudad era un monstruo cultural y no salíamos del asombro al admirar el tamaño de los rascacielos y lo que ellos representaban, sin duda una de las capitales más importantes del mundo.
Sin embargo, no nos imaginamos que una de las actuaciones que había conseguido Damián incluían el Great Hudson River Revival, un exitoso festival folk, que fusionaba música del mundo con actividades relacionadas con el activismo social.
Este festival nació a mediados de los años 60, de la mano del folkie Pete Seeger, una auténtica leyenda en el país del Norte, un activista político, una especie de León Gieco de Nueva York, que actualmente con 91 años todavía toca instrumentos.
La idea original en un principio fue recaudar fondos para descontaminar el río Hudson, que por aquel entonces, era uno de los ecosistemas más sucios y olvidados de todo el Estado.
El encuentro se hacía aquel año en la isla de Croton Point Park, en la ribera del río Hudson. Allí, por dos días, músicos venidos de todo el planeta presentaban su propuesta étnica, la música de sus regiones, algo que fue el precedente de lo que sería luego el formato de los festivales World Music.
No obstante, la organización además de maratones de recitales en cinco escenarios, incluía una larga agenda de conferencias, debates y simposios sobre el activismo ecológico, la pobreza y los Derechos Humanos. Además, los músicos invitados dictaban talleres y clases de distintos instrumentos, lo que enriquecía enormemente a sus visitantes.
El encuentro, también conocido como Clearwater Festival, es una especie de picnic, una reformulación de un mini Woodstock, aunque inspirada en las ideologías de los años 80.
Fue genial para mí escuchar en vivo cómo Pete Seeger tocaba el bajo de cinco cuerdas, su especialidad.
Al verlo tuvimos conocimiento que estábamos frente a uno de los artistas más importantes de Estados Unidos. Pero, los invitados de Europa, África y Asia traían sonidos que asombraban al público, mañana, tarde y noche. Uno tras otro, durante dos días.
Lo lindo además fue que entre los músicos nos juntábamos a festejar. Después de varias "farras" etílicas, terminábamos al lado del río, algunos durmiendo junto a peligrosos acantilados. Me pasó a mí, que cuando me desperté al otro día, estaba a metros de una caída monumental.
Viviendo aquella experiencia, instalados en pintorescas cabañas, disfrutando de música de muchos países e intercambiando conocimientos entre los demás artistas, me daba la impresión que con el Festival de Woodstock de 1969, no había mucha distancia.
Desde lo musical, me impactó una banda formada por esquimales. Ellos hacían música usando la boca del compañero que alternaban con extraños tambores. Eran como besos que expulsaban sonidos, que, como cajas de resonancia, se transformaban en secuencias musicales.
También disfrutamos de mucha música hindú, rusa, folk, country y ritmos fusionados del África. Sonidos que por aquel entonces, realmente resaltaban el espíritu, por su autenticidad, virtuosismo y originalidad.
Pero, hay que decirlo, entre estos visitantes también venían algunos bastante truchos, como un estadounidense que realizó una versión en corno inglés de una obra de Mozart que dejaba bastantes dudas.
Cuando nosotros subimos al escenario, sentimos que el público en general estaba abierto a nuestra música. La disfrutó como algo novedoso y exótico. Percibimos que sentían curiosidad por la música andina, por entonces ignota para ellos.
La banda en 1980, estaba formada por Archi Zambrano, Lars Nilsson, Eduardo Ordóñez, El Nene Ávalos, Eduardo Ocaranza, Juan Lázaro Méndolas y Tonio Contreras.
Una guía para seguir los sitios imperdibles en la capital italiana de uno y otro lado del Tévere.
Circuitos que asombran a los viajeros, condimentados por testimonios de piedra de los primeros habitantes y las costumbres centenarias de solitarios poblados.