Ni de prepo ni a los gritos

La Iglesia le dio marco conceptual a una semana signada por la confrontación política, llamando la atención sobre el alto costo social que provoca eso que los obispos no dudan en llamar “crisis institucional”.

domingo, 14 de marzo de 2010

Como ya lo han hecho otras veces, los obispos convocaron a bajar tensiones y reencauzar el diálogo, en contraste con jornadas de crispación y controversias irreconciliables. Es decir, al margen de las disparidades de criterio sobre las reservas, el pago de la deuda, el presupuesto, la ley del impuesto a los cheques y otras cuestiones, lo que se advierte como una mancha sobre la superficie es la agresión, la falta absoluta de un diálogo sincero y constructivo, una confrontación de ideas sin concesiones. Nadie parece dispuesto a conceder.

Horas después del llamado de atención de los obispos y en medio de la fricción que imponía la deuda, las reservas y la distribución del tributo por los cheques, una encuesta del diario La Nación -fue por la escasez de las naftas y la importación tanto de petróleo como de combustibles- extractaba lo previsible: “La incertidumbre y la corrupción frenan las inversiones, siembran las dudas sobre el futuro del país y postergan las inversiones imprescindibles como para que el país se autoabastezca”.

Sobre todo el escenario impera la desconfianza. En la Rosada o el Congreso -donde el debate y el consenso debieran edificar presente y futuro- oficialistas y opositores no cruzan saludos siquiera. Y en el recinto o las comisiones hay batallas campales. Se eluden unos a otros. Afuera, la sociedad duda, desconfía.

En esta generalizada dialéctica de agresión se acusa últimamente también la Justicia que, en cualquier sociedad democrática y republicana, es la garantía final de que impere la ley y no la fuerza de la selva en una comunidad. “Jueces alquilados”, “magistrados delivery”, se oyó entre otras imputaciones desde los actos oficiales (cotidianamente transmitidos por TV).

Cuando se extendía la sospecha sobre la entereza de los magistrados, la Corte llamó a la “prudencia y a la mesura” a los funcionarios y políticos en disputa. “La convocatoria a la prudencia suena a censura”, contestaron desde Olivos. La Justicia -que, es cierto, a lo largo de la historia ha desnudado limitaciones, corruptelas, compromisos políticos o empresarios- tiene previstas constitucionalmente normas para su depuración y selección.
 
Y es a esos métodos a los que hay que apelar, para separar a los ineptos o corruptos. Pero no hay otra alternativa para vivir en sociedad que salvaguardar la integridad y respeto social a la Justicia. Sin ella no hay opción. En cambio, los jueces ahora son retados agresivamente, insultados, con la peor de las imputaciones. Un dato más para el descalabro institucional.

José Mujica, el septuagenario presidente de Uruguay -ex guerrillero y hoy empecinado demócrata y republicano- dijo el mismo día en que asumió: “Imagino el proceso político como encuentros, a los que unos llevamos los tornillos y otros llevan las tuercas. Puede ser que el gobierno tenga más tornillos que los partidos o los sindicatos. ¿Pero de qué nos sirven los tornillos sueltos, sin las tuercas?”

Su idea central no es imponer sino construir (en el debate y el consenso), una democracia con instituciones respetadas. Sabe que no tiene toda la verdad, necesita el complemento de los otros para construir la verdad completa y una política duradera. Mujica cerró de una manera que nos convocó a los argentinos a nuestras propias reflexiones: “Nada de lo que queremos se consigue a los gritos”.

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