Estoy medio cansado de escuchar hablar de solidaridad con tanta diferencia de criterios. Quizá sea bueno recurrir a algunos ejemplos para entender de qué se trata. Para ello puede servir una situación mundana, cotidiana, como quedarse con el auto a la vera del camino.
Debo decir que el estado en el que mantengo mi vehículo hace poner a prueba frecuentemente la solidaridad de los mendocinos. Y si me pusiera a detallar las experiencias, acumularía un interesante racconto de anécdotas negativas. Pero el domingo ocurrió algo curioso.
Camino al Teatro Griego el auto se detuvo en el momento menos oportuno. Había un kilómetro de cola hacia adelante y algo similar detrás. Encontré que los mendocinos son grandes relatores de la realidad. Varios me preguntaron si le pasaba algo al auto, como si no fuera evidente al estar detenido sobre la calle y con el capot levantado. Otro tanto sólo insultó.
Pero hubo uno que, rápido de reflejos, se acercó, empujó el auto a la banquina y me ofreció ayuda. Era uno de esos chicos que trabajan en los estacionamientos y que no suelen ser objeto de mucha solidaridad, justamente. Sin conocerme, hasta me ofreció su bicicleta, acaso el único bien cuantificable en su haber, para usarla en búsqueda de ayuda. El chico se llamaba Johnny si mal no recuerdo y gracias a él pude zafar.
Sólo saqué una conclusión: estoy cansado de los “relatores de la realidad”, de esos que te dicen “estás mal” cuando es obvio que sos objeto de algún problema. Y, en cambio, prefiero los que, como ese chico, se meten para “transformar la realidad”, aunque sea la de un simple automovilista que necesita ayuda.
Pero vayamos a un ejemplo más trascendente y menos autorreferencial.
Hace algunos años me tocó conocer a Patricia Romero, que vive en el barrio Unión y Fuerza. La mujer no eligió su destino, pero no lo esquivó. Ella tiene tres hijos naturales pero ¡20 niños a su cargo!
A Patricia le cuesta describir los porqué de esa situación. Pero lo que sí tuvo y tiene claro es lo que se debe hacer. Sabía que esos niños necesitaban comer, vestirse, educarse e ir a la escuela. Y de hecho así sucede gracias a ella, que sin preguntar ni hacer alarde, decidió cambiarle la realidad a esos 17 chicos que habían quedado marginados.
Creo que, más allá de cualquier definición de libro, la solidaridad tiene que ver con la actitud de Johny y Patricia, con esa idea de hacerse cargo de que no somos lo único que importa en el mundo y tender una mano sin especulaciones. Y no tanto con desprendernos y regalar algo que nos sobra para lavar culpas, así sea un pantalón viejo y roto o 4 millones de pesos.