Diego vive en la isla de Lost

martes, 09 de febrero de 2010
Diego vive en la isla de Lost

Por Fabián Galdi - Editor de Más Deportes de Los Andes - fgaldi@losandes.com.ar

Los tantos Maradona que habitan en el cuerpo de este Maradona evocan a cada instante las consecuencias de una existencia surcada por los conflictos a resolver: la crianza dura y las privaciones en Villa Fiorito, haber hallado su lugar en el mundo en la desmesurada Nápoles, la Mano de Dios, la descarga hecha insulto por los silbidos italianos al Himno argentino, las piernas cortadas en el antidoping del Mundial ’94, el corazón al cuarenta por ciento de su funcionamiento y los cíclicos cuadros de angustia y depresión, reflejos fidedignos del caminar en la delgada línea que separa a la vida de la muerte.

El pasado se le hace presente a cada rato y el recuerdo irrumpe cuando menos se lo espera. Pareciera estar atravesado por los flashbacks que acosan a los personajes de Lost, aquellos sobrevivientes a un accidente aéreo que los depositó en una isla del Pacífico. Diego es uno más de ellos; percibe, resignado, que ya nadie irá a rescatarlo.

A Maradona le cabe una relación asimétrica con el posmodernismo, que irrumpió en los noventa cuando la estrella del Diez comenzaba a apagarse lentamente. Si la corriente ideológica presume de borrar y disolver el pasado para potenciar el instante del presente, la construcción de la imagen de Diego está organizada por otros parámetros. El criterio del éxito había emergido durante los ochenta, y el hoy lo muestra como un ser debilitado, blanco fácil para la lógica del consumo.

El gran interrogante es si este presente de Maradona podrá relacionarse con el futuro, en vez de con el pasado. Deviene sola otra similitud con Lost respecto de los flashforwards, esos pasajes donde el inconsciente aflora y deposita al ser en lo que vendrá. No se puede abrir un juicio taxativo: Diego espera que el logro vuelva a caminar de su mano.

En esa isla se siente, quizá, como el Ulises que rememora sus diez años de lucha en la guerra de Troya y que planea su retorno a Ítaca después de otra década de no pocos sobresaltos. Maradona encajaría en la mitología griega como un protagonista central, expuesto a una serie de obstáculos que semejan no tener fin. No habrá una Penélope que teja y desteja, pero sí un fuego interior que lo empuje a protagonizar otra hazaña.

Mientras, actúa ante el afuera. Se muestra presentable, cercano y hasta reflexivo, pero se presiente vulnerable y no encuentra escudo que lo proteja. Acata, entonces, la orden que guía a los habitantes de Lost: sobrevivir es permanecer juntos. Y se pregunta, en una mirada introspectiva, ¿junto a quién?

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