Ciudad tomada

Los vendedores ambulantes, sus proveedores, las mafias chicas, la impotencia del Estado, el retroceso de la sociedad formal y un pedazo de la ciudad tomada.

domingo, 07 de febrero de 2010
Ciudad tomada
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Gabriel Bustos Herrera - Especial para los Andes

Los solíamos ver amuchados, marginales, en la mayoría de las grandes ciudades del mundo.
En las portuarias, sobre todo. Anárquicos, un cambalache avasallante de género, madera, piedras, plásticos, razas múltiples, orígenes lejanos. Y a todo lo largo de nuestra América Latina mestiza y pobre, en una mezcla de artesanos, orfebres y emergentes de la miseria.

A veces fueron un torrente bajando desde los altos hacia el valle, desde el campo a las ciudades, como una corriente que buscó cauces hurgándole las entrañas a las ciudades de conquistadores y civilizadores. Y desde los puertos hacia adentro, con los que vinieron desde los barcos con su bagayo de sueños.

La otra ciudad. Aquí aparecieron a fines de los ’70, en un par de cuadras de la calle San Martín y en la primera de Las Heras. Parecía un remedo del Gran Persa en el que siempre culminaban las vacaciones de los mendocinos “medios” en el Valparaíso de la avenida Argentina, frente el puerto que desveló a Neruda.

En los primeros escarceos con el Viti Fayad -a fines de los ’80- hicieron una pausa a su invasión: el Turco los encauzó en una playa de estacionamiento en la calle General Paz. Hasta que, empujados de nuevo por la miseria y las migraciones del campo nuestro y de otros confines vecinos -bolivianos, peruanos y chilenos-, reaparecieron fuerte a fines de los ’90; esta vez con una marcha más dinámica, más avasallantes y desafiantes.

Los que fueron 150 ambulantes en 2 o 3 cuadras del microcentro en los ’80, estallaron en estos 400 o 500 que en estos días han hecho tierra dominada de 15 o 20 cuadras en General Paz, Godoy Cruz, Las Heras, 9 de Julio, Avenida España y más (estos aparte del Gran Persa “oficial” de la General Paz, donde hay 180 instalados).

Y desde los departamentos vienen más, lenta pero inexorablemente, según cuentan.
Aquel primer persa con que les transó Fayad en el ’88 u ’89, hoy tiene remedos “privados” -4 o 5- convirtiendo baldíos de estacionamiento en persas que enriquecen a los más rápidos en verla venir (hay “empresarios” de baldíos ahora galpones con precarias divisiones, que levantan 80.000 o 100.000 pesos mensuales y ni piensan en construir o en invertir en un negocio formal). El negocio crece y se multiplica para varios: pero en negro, afuera, desorbitado y anárquico.

Y, de nuevo, Fayad y los suyos ven venir la ola incontenible. Y negocia, tratando de encauzar lo irreversible: les promete otro persa -el local del Metro quebrado, para 170 puestos- y les propone “formalizar” acuerdos legales. “Pero no quiero a nadie más en la calle ni en las veredas”, advierte.

Sin embargo, ellos van por más, quieren locales más grandes en la calle San Martín (la ex Casa Tía, o el de C&A).

No obstante, las 2 o 3 agrupaciones “sindicales” de los ambulantes -enfrentadas entre sí- no garantizan que las veredas no volverán a ser ocupadas por “otros nuevos” que se abalanzarán, seguro, sobre cada baldosa (en el Persa de General Paz, el 85 o 90% de los “antiguos” ya vendieron su quiosco -dicen que entre 40.000 y 65.000 pesos- y volvieron a la calle).

Los de la Cámara de Comercio -anémicos, con el cuello apretado por los impuestos y las normas laborales- piden protección y claman por el rescate de la ciudad. Y de sus inversiones legales.

¿Imparable? Es que la horda conquistó veredas, desangró viejos comercios “formales” y degradó el capital de los propietarios de casas o negocios de la ciudad tomada (una propiedad, casona o local para negocio, en la General Paz, perdió el 50 o 60% de su valor de antaño en esta década).

Ellos se venden y revenden espacios y mesones entre ellos. Hay familias con “puestos” consecutivos. Pero en las entrañas de esa masa batallan y se entremezclan emporios oscuros, absolutamente marginales e indiferentes a las normas sociales, impositivas y legales.
Se mueven con descaro e impunidad, 4 o 5 traficantes de la mercadería: “90% ilegal y trucha, importada de Bolivia, vía China o de la mítica Salada”, me cuentan. Se mueve ahí, no sólo entre ambulantes sino también en algunos negocios “formales” de esa tierra, ya de nadie.

Los mayoristas y distribuidores tienen galpones conocidos. Y hasta negocios semi-formales en ese radio. Por supuesto, no hay impuestos, ni reglas comunitarias, ni respeto al espacio público o a la propiedad ajena sobre la que avanzan: ¿Y la AFIP, y Rentas y la Policía Federal y la Provincial? ¿Y los fiscales?

Hay comerciantes “formales” de casas importantes de calles Las Heras, Godoy Cruz y General Paz, que han optado por poner en sus veredas a sus propios ambulantes, a los que les entregan mercadería para ofrecer en sus mesones.

Sociedad en retroceso. Crece y se mueve como espasmos bajo una piel viscosa y que late, un mundo anárquico, descarado, de gruesos intereses, con reglas propias y ante las barbas mismas de la autoridad y de un Estado -policial, municipal, judicial, impositivo- cada vez más impotente: tanto para contenerlos, ordenarlos o reprimirlos cuando se desmadran.

Hace poco más de 2 años, fueron separados de sus cargos y sumariados (no sé si están presos) casi todos los integrantes de la cúpula de la Policía Federal local -creo que 12 oficiales y suboficiales- por presunta corruptela, inmiscuidos en el negocio de tolerancia con algunos de los poderes ocultos de estas mafias de ambulantes, mayoristas y traficantes.

Ha habido historias complejas de inspectores municipales, policías y fiscales que miran para otro lado, desinteresados en enfrentar el desborde marginal. Hubo un subsecretario del gobierno local (ya lo echaron), 2 abogados militantes de los derechos humanos y una fiscal pusilánime, que consideraron a este tema y a los desbordes ocasionales (cortes de calles, violencia y aprietes), “un fenómeno social parte del paisaje y el folclore latinoamericano”. Se opusieron, claro, a la intervención municipal y policial que intentaron Fayad y Ciurca, en un estallido con corte de calles.

Mientras tanto, los otros -los de las normas de la sociedad visible, formal- ceden, retroceden, apichonados e impotentes ante el avance anárquico de este resabio de la miseria, ahora usufructuado por los desesperados, los ilegales y algunos mafiosos.

La “otra” ciudad -como ante el retroceso de la delincuencia y la violencia cotidiana- se encoge, se achica.

Y se expanden las zonas prohibidas para ellos. Son “rojas”, ajenas.

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