Estilo

Plástica

José Scacco, en el Fader: “La luz de Mendoza es mi pasión”

Hoy, a las 19.30, el reconocido pintor inaugura una muestra retrospectiva de 60 obras en el Museo Fader, en celebración de sus 50 años con el arte. La historia de un artista diferente.

José Scacco, en el Fader: “La luz de Mendoza es mi pasión”
El autor mendocino junto a alguna de sus obras. “Jamás me iré de Mendoza”, confesó.

domingo, 07 de febrero de 2010

Mendocino, egresado de la Escuela Superior de Artes de la Provincia, Scacco supera a la fecha la treintena de exposiciones individuales. Y no más porque empezó tarde, ha viajado mucho y su trabajo es lento, minucioso, perfeccionista. Sin embargo, su vocación por el dibujo se remonta a sus años de la escuela Urquiza, de Maipú, donde sus compañeros de primaria sabían que todas las figuras de los pizarrones eran suyas.

Su familia, “un verdadero clan siciliano”, le impidió estudiar pintura “para que no se muriera de hambre”. No obstante, se las arregló para ir a la Academia Provincial de Bellas Artes y en 1970 se recibió de profesor, ejerciendo la docencia hasta jubilarse.

Él dice: “Tuve un negocio muchos años. El quiosco que había en Vicente Zapata y Primitivo de la Reta. Un día me puse a pensar quién era yo y qué quería hacer, aunque sabía la respuesta: pintar. Esa noche repartí el negocio entre mis hijos, me separé, me las arreglé con el sueldo docente y la venta de cuadros y después reincidí: me volví a casar”.

Con respecto a su residencia, señala que alguna vez le dijeron que si quería triunfar debía instalarse en Buenos Aires. Respondió: “Jamás me iré de Mendoza y en esto soy terminante. La luz de Mendoza es mi pasión y las grandes capitales no me atraen. Pese a que mi apellido es gringo, debo tener algo de sangre indígena. Media vida me la he pasado viajando por mi tierra. Yo soy serrano a muerte y mi pintura tiene un sello, una identidad como la de muchos mendocinos: por eso es una pintura muy valorada por los europeos.

-¿Sos feliz, Pepe?

-¡Por Dios, muy feliz! Tanto que me asusta. Dispongo de mucho tiempo para recapacitar, buscar la autocrítica, a solas con mi alma en el taller. Y me pregunto por qué. Evidentemente, en mi vida ha influido muchísimo mi nueva mujer. Es un ser muy especial, le gusta pintar y tiene alma de artista porque ha sido titiritera, de modo que me siento absolutamente comprendido.

-En la mayoría de tus cuadros están los panoramas de tus viajes. ¿Hacés bocetos?

-No. Sólo marco una estructura de línea, porque lo tengo todo en la cabeza. En México estuve en muchos lugares pero las ciudades no me dicen nada. Me emocionaron la pirámide del sol y de la luna, el templo de las vestales y las canchas de pelota. El Valle de los Reyes, en Cusco, fue motivo de varias telas y en 1993 le dediqué una muestra.

En Machu Picchu encontré, además, algo místico. Allí entrás a otro mundo. Andás buscando un horizonte y parece que debe haber algo detrás, porque no puede ser que se corte a la altura de los ojos. Mirando abajo, está esa ciudadela que te transporta en el tiempo. Todo eso a mí me llena de energía y ganas de encontrar la esencia de las cosas. No copiar, aunque la reminiscencia está implícita en un cuadro, pero siempre le encuentro algo más.

-Esa liberación del color que buscás en tu obra es la propuesta de los fauvistas. ¿Cómo lo ves?

-Cada vez que me preguntan, yo digo que tengo las versiones que han dado los críticos. Yo pinto por una necesidad espiritual imperiosa, no por rutina ni por compromiso y no me detengo a analizar lo que hago. Sí a corregir y trabajar cada obra horas y horas, días y días, hasta quedar más o menos satisfecho.

-Si hicieras otro tipo de pintura, de vanguardia, digamos, ¿creés que sería más fácil exponer?

-Posiblemente. Eso lo he pensado muchas veces en mis soliloquios, pero que Dios me deje manco si llego a hacer algo que no siento. Es tal el amor que tengo por la pintura que no podría traicionarme haciendo algo por conveniencia. Jamás. No lo hice cuando me llamaron de Buenos Aires. Tenía que quedarme allá y pintar lo que me proponían. Ellos me fabricaban un status y yo fabricaba cuadros. Era una gloria ficticia. Soy un enamorado de lo que hago, con toda la libertad del mundo. Además, el día que yo no vea mi montaña, no pinto más. Estoy orgulloso de ser mendocino y pintar mis cerros, ahora con alguna fantasía, pero es mi paisaje.

-¿Y lo último que estás haciendo?

-Es medio loco. Medio loco pero mantiene algo de lo que ya venía trabajando.

-¿La montaña viene a ser tu gran tema?

-Sí. Me voy a la montaña y me sumerjo en ese mundo de piedra. Hago largas recorridas palpando directamente y nutriéndome del paisaje. Necesito vivencias directas, porque no puedo pintar sin transmitir las sensaciones que la montaña me suscita. Cuando estuve en España, mi obra gustó porque mantiene una línea en la pintura y porque sigo indagando en algo que se va manteniendo en el tiempo. Y te digo más: mis cuadros han sorprendido mucho a los europeos que están en la ultravanguardia.

-Ya no tenés alumnos, pero sé que algo les recomendabas.

-Sí, les decía que levantaran los ojos y vieran el cielo y no se olvidaran. Que nunca agacharan la cabeza, abrumados por los problemas cotidianos. No quiero que se pierdan esas flores silvestres ni el rumor del agua en las acequias. ¡Si Mendoza es una sinfonía de colores! Didácticamente, no sé si he sido un buen profesor, pero ellos me interesaron siempre a nivel humano y está a la vista que han continuado la obra de todos los mendocinos.

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