“...la poesía navega sobre cauces profundos”

sábado, 13 de febrero de 2010
“...la poesía navega sobre cauces profundos”

Julio González. Poeta.

Por José Luis Menéndez

-Cuando te conocí, hacia mediados de los '80, no me dijiste que escribías, sólo que mandabas, “por ahí”, a los diarios, alguna cosita...

-Y era cierto, apenas si, por la insistencia de amigos, había publicado un libro, en el ’67. ¡Ya estaba olvidado!

-¿Te queda un ejemplar? ¿Cómo se llamaba?

-No, ¡qué me va a quedar! Se llamaba "Las dulces moscas", había tres cuentos y varios poemas.

-De todos modos te demoraste en publicar. Eras joven, pero no tanto...

-Es que yo escribía poco, prefería observar, leer, acaso iba acumulando sensaciones, historias, para después.

-¿Qué fue lo primero que observaste que te marcó?

-Creo que Tudela. Yo había empezado a estudiar dibujo. En realidad nunca pasé de los palotes. Pero el profesor de historia del arte era Ricardo Tudela. Y me abrió la cabeza, me la llenó de héroes y de mitos. En un momento lo único que hacía era ir a sus clases.

-No era mal comienzo... ¿Qué pasó después?

-Eran los '50. Desde mediados de esa década y hasta fines de los ’60 se vivieron años dorados del arte. En las calles del centro, en los cafés, en las muestras de pinturas y en las reuniones literarias, uno se chocaba con creadores que no sólo difundían su obra sino que eran verdaderos maestros.

Exponían, enseñaban, confraternizaban con los otros. Y también escuchaban.

-¿Quiénes eran?

-¡Eran tantos! Roberto Azzoni, Sobisch, Abal, el gringo Embrioni, Lorenzo Domínguez, Marcelo Santángelo, Pardo, Bermúdez. Estaba, claro, Fernando Lorenzo, con el legado de Galina Tolmacheva.

También se estaba gestando el nuevo cancionero, con Mathus, Tejada Gómez, Mercedes Sosa, Tito Francia. Había otros escritores, como Ángel Bustelo o Benito Marianetti, más inmersos en una corriente ideológica, pero muy potentes, muy respetados. Y en la Universidad daba clases Alfonso Solá González.

-Una maravilla.

-Sí, pero además, en general, eran gente muy abierta. Uno podía ir hacia Solá González con un poemita, y él lo leía y daba una opinión. A mí me sucedió. Recuerdo que me dijo, acá hay mucho Neruda. Imaginate, en aquel tiempo, yo era un nerudiano feroz...

-Quizá Neruda esté en el comienzo de todo poeta...

-Solá González no me dijo que estuviera mal sino que no me encasillara, que había que ampliar. Y me prestó un libro, de Milosz, un poeta lituano. Realmente me produjo una conmoción tremenda. Aprendí a trasponer límites, y a ver mucho más hondo que fuerza verbal. La poesía navega sobre cauces profundos.

-¿Qué ha quedado, qué subsiste de aquello?

-En un sentido, todo. En otro nada. Queda, por ejemplo, un día de Nochebuena. No recuerdo en qué lugar pero sí recuerdo que habían llegado todos, hasta los que vivían en Buenos Aires y venían por las Fiestas, como Carlos Alonso, de la Mota, Pagés...

Queda que eran las once y media del 24 y ninguno se iba a sus casas. Quedan los abrazos en medio del humo de los cigarrillos. O queda José Pardo, a quien hoy sigo viendo con su misma cara de niño asombrado.

-Eso posiblemente sea irrepetible. Ahora se vive con otras urgencias.

-Es cierto, pero tendríamos que hacernos un lugar. No se dejaba de producir, al contrario, y se vivían momentos muy lindos. Una especie de bohemia creativa. Bastaba que se juntaran dos. El resto aparecía de cualquier parte.

-¿Adónde se juntaban?

-Cualquier sitio era bueno. Pero un punto de anclaje muy común era un bar que se llama El Regional, en calle Primitivo de la Reta, en la parte de atrás del diario Los Andes. Hasta pasaron visitantes ilustres...

-....

-En verdad entonces no eran ilustres, pero asomaban. Pensá Juan Gelman. O el Tata Cedrón. Con ellos tuvimos alguna amanecida. Pensá, el premio Príncipe de Asturias recitando poemas en un barcito mendocino de mala muerte.

-Lo que pasa es que eso se conoce después. Justamente, en tus poemas, hay mucho de eso, tal vez ese manejo tan especial del tiempo... Recuerdo una opinión que decía, más o menos, Julio no escribe sobre el tiempo, lo tiene, simplemente, como un personaje invisible.

-Así dijo un amigo, sí, y me gustó que lo hiciera. Ya en mi primer libro, aquellas "dulces moscas" creo que fueron un símbolo de nuestra fugacidad. Y después, las hojas. Yo veo en el otoño las hojas cayendo de los árboles, y siento que nos representan.

-¡Tenemos que rogar, entonces, por un viento horizontal y largo, un viento que alargue la caída!

-El viento es el trabajo. Y mantener la capacidad de ver y de asombrarnos. Por eso yo siento la necesidad de salir, de tomar contacto con el verdor, la tierra, los pasos de la gente. Sin esa atmósfera no podría escribir.

-¿Pero qué es lo que empuja, en tu caso, la decisión?

-En el caso de la poesía es un misterio. Acaso sea como el amor. Lo podés buscar sin encontrarlo, o bien hallarlo sin haberlo buscado. Ahora, por ejemplo, tengo casi listo un libro. ¿De dónde surgió? De una foto de un cuadro de Vermeer. Vi una foto y ahora es un libro, "Confesiones". Está escrito como si yo fuera Veermer.

-Un holandés del siglo 17 caminando en el parque San Martín, golpeado por un sol terrible...

-No, un mendocino que hubiera deseado pintar mujer eternas.

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