Borghello evoca a Di Benedetto

Lo recuerdo y valoro ahora, ya que cuando nos tratamos no podía comprender que él se interesara por mí y menos aceptar que ese hombre, que había dado de sí obras transformadoras... tuviera actitudes “demasiado humanas” .

sábado, 13 de febrero de 2010

Por José María Borghello

Hasta que nos veamos de nuevo...

"Para morir quisiera un lugar donde nadie me reconozca. Vivir es un desafío. Morir es un acto de soledad, íntimo, del que ojalá nadie -en mi caso- se sienta partícipe. Cuando eso ocurra, si algo provoco, que no sea llanto sino reflexión".

Leí esta declaración mucho tiempo después de su muerte, al conocerla me sentí liberado por mi falta de pena el día que fui a verlo al Hospital Italiano. Cuando entré al dormitorio donde agonizaba, lo miré sin alterarme y me pareció -pienso ahora- propio de él verlo así, inmóvil, a la expectativa de los últimos pasos hacia esa otra existencia de la cual descreía.

Me acerqué un poco y me aparté enseguida, no me atreví a nombrarlo y hasta sospeché que estaba consciente, que quería estar solo y en silencio, al fin desligándose de esa humanidad contra la cual siempre se defendió. "Creo que la muerte es una gran serenidad… porque en la vida andamos descompuestos."

Conocí -es una manera de decir- a Di Benedetto en Mendoza, ciudad donde vivíamos, en 1967, cuando me entregó una mención representando al diario Los Andes, del cual era subdirector, por un cuento mío. En medio del ajetreo del acto, lo abordé con preguntas que disimulaban el requerimiento de halagos. Fue lacónico, dándome a entender que el reconocimiento otorgado era suficiente respuesta: "Yo lo elegí; venga a verme y hablaremos". No lo hice, mi vanidad juvenil lo relegó, o quizás la suposición de que no me serviría, que no podría jugar con él el rol infantil que exige padrinazgos. No había leído ninguna de sus obras y su nombre me resultaba casi ajeno (como sigue siéndolo para muchos argentinos); lo veía de tanto en tanto por las calles, la vista baja, esquivando a la gente de aquella capital provinciana, secreta y vegetal, compulsivamente optimista.

Seis años después nos reunió Abelardo Arias, luego de la publicación de mi primera novela, en la cual yo había puesto como epígrafe una frase de Zama: "Ciegos, todos los adultos eran ciegos. Los niños no". Esa noche, la primera de muchas que se sucederían, me confesó que en un tiempo había sido gordo, pues era goloso, pero que dada la circunstancia se permitiría un pequeño descontrol, que terminó siendo no tan pequeño pues bebimos once botellas de vino.

Nos acompañaba el pintor Dardo Retamoza. El vino produjo el efecto acorde a las personalidades: Abelardo no perdió su compostura ducal, Retamoza disfrazaba la sordidez de algunos tangos con los colores ingenuos del afecto, yo fluctuaba entre la pesadumbre y la exaltación, y Di Benedetto insistía en conflictuarnos, enfrentándonos con dilemas inesperados, a veces a raíz de cualquier futilidad, de los cuales ni los mozos que nos atendían se salvaban, comportamiento propio de él que no siempre era bien interpretado, a pesar de su amplia sonrisa y las pinceladas de ironía festiva con las que intentaba mitigar sus punzazos.

A la última botella, Retamoza la selló con un corcho y le pegó un rótulo con algo que le dio el mozo; el papel decía: "Aquí están encerrados los espíritus de…" y el nombre de cada uno de nosotros. La dejó en el centro de la mesa. Di Benedetto la tomó y me la entregó con picardía: "Guárdela con cuidado, Borghello, si se le rompe…" No sé cómo descubrió mi tendencia a lo mágico, mi veta supersticiosa, pero el resultado fue que la guardé celosamente en el fondo de un baúl, hasta que una vez, durante una de mis tantas mudanzas, la tiré porque me molestaba.
Seguimos viéndonos. Abelardo viajaba a Mendoza para estar con su familia, y era requisito imprescindible reunirnos con Di Benedetto a charlar, comer y beber hasta altas horas de la noche. A veces, pocas, eran reuniones sociales en honor de Abelardo que él soportaba; a una de ellas fuimos invitados Di Benedetto y yo. No fue importante, una más de compromiso con Abelardo, y nosotros como atenuantes del aburrimiento y los bien supuestos silencios, eso supongo, aunque quizás el interés de nuestros huéspedes en que Di Benedetto asistiera fuera otro. Estaba el Interventor Federal en Mendoza, el General de Brigada Ramón Genaro Díaz Bessone.

He guardado la pequeña nota del diario por dos motivos. Dice así: "El ministro de Gobierno, doctor Horacio Bustos Dávila, ofreció una comida al escritor Abelardo Arias, la que se sirvió en el Plaza Hotel. Asistieron, además, especialmente invitados, el licenciado Nicanor M. Saleño y los escritores José María Borghello, Guillermo Petra Sierralta y Antonio Di Benedetto".

Por decoro y orgullo -y los tenía en extremo-, nunca se nombraba en un diario que él dirigía; que lo haya hecho esa vez me lleva a pensar que quiso dejar asentado ese hecho. Y la inclusión de mi nombre, el más joven, en mis comienzos literarios, fue otro de sus "favores secretos" para publicitar al que suponía podría ser un buen escritor. No registré la fecha de esa nota (así como tampoco tienen fecha las varias esquelas y algunas cartas que él me escribió), pero la guardé, no sé si por los mismos motivos que ahora la rescato.

Tiempo después Di Benedetto organizó una comida en casa de Gildo D'Accurzio, imprentero de Mendoza que ayudó desinteresadamente a muchos escritores de esa provincia. Fue el 23 de marzo de 1976 a la noche, horas antes de la caída del gobierno de Isabel Perón.

Di Benedetto hizo venir a un fotógrafo del diario para que nos sacara fotografías -él no figuró en ninguna. No alcancé a ver ninguna de esas fotos; después de su detención, nunca fui molestado: ¿las destruyó? Rato después lo llamaron del diario por teléfono: volvió exultante, nos comunicó su alegría diciéndonos que había caído, ¡por fin!, el gobierno de Isabel Perón, y, con un último brindis, se despidió y partió hacia Los Andes.

Esa misma noche, en el diario, lo apresaron esas mismas fuerzas que él, minutos antes, había recibido como una liberación. Lo demás es de público conocimiento: su encarcelamiento en Mendoza y La Plata, los pedidos de las instituciones y escritores del país y del extranjero por su libertad, hecho que ocurrió el 4 de setiembre de 1977.

Zama está dedicado "A las víctimas de la espera". ¿Anticipó, de alguna manera, su destino? Él lo explica: "Quizás la espera, que era una especie de tormento figurado, era la prefiguración de algo que iba a suceder, pero sin que yo sospechara que lo que estaba esperando fuera, no una gratificación, como es lo que espera el personaje central, sino un castigo. Y en ese sentido trato de explicar lo que me ha ocurrido. Lo que me ha ocurrido ha sido esta persecución de que se me hizo víctima, pero también hay que llamarla expiación injustificada, según los argumentos que se insinuaron para ejecutar, para ejecutarme…"
 
Y agrega: "Me parece que es un castigo que necesitaba porque yo, al igual que el personaje de la novela, era muy orgulloso, y el orgullo, la presunción, la vanidad, merecen un castigo, a veces, sobre todo si dañan a los demás. Yo me siento responsable de no haber sido suficientemente equitativo con el prójimo… Yo no me porté bien con el prójimo, aunque traté de llevar una vida que puede calificarse de moral y de buena conducta -así lo califico yo, ya veo que los militares no-. Pero, dentro de eso, y no es que le conceda razón a ellos por lo que hicieron conmigo como por lo que han hecho con tanta gente, quizás he tenido alguna apetencia propiciatoria de que me sucediera algún traspié así, porque yo tenía que moderarme, en mis impulsos y en mis ambiciones. Y como moderador ha funcionado mucho".

Volví a verlo acá, en Buenos Aires. Su apariencia no había cambiado, sin embargo, lo notaba más receloso y desconfiado -nunca al extremo de prolongar el encierro-, había extremado las precauciones en no decir o actuar de manera que se estableciera un malentendido. Nunca supe su nueva dirección: a pesar de que se la pedí, eludió dármela alegando que no era necesario ya que su estadía sería corta; pensé que quizás era una manera de proteger a los que lo trataban y también para evitar interrupciones en su nuevo enfrentamiento con la existencia. Y porque ansiaba el silencio, ese silencio tan buscado por el protagonista de El silenciero, una de sus obras cumbres.

Recuerdo una noche que fuimos a comer a un restorán céntrico y se cortó la luz; a pesar de no interrumpir ni la conversación ni la comida, lo noté tenso, tensión que se hizo manifiesta al caer una cucharita: bastó ese mínimo ruido para que lo sacudiera instantáneamente un sobresalto, también corto y punzante. Acto reflejo, recuerdos quitados de la memoria: "Tomaron tantas precauciones estos sádicos que uno no se podía inmolar, disponer de su existencia. No nos permitían el suicidio. Entonces decreté el olvido".

Volví a verlo en Barcelona, él fue a buscarme a la dirección que yo le había enviado a Günter Lorenz, en Alemania, a quien me había presentado en Mendoza, en su casa, suponiendo que sería una relación favorable para mí. Yo andaba por Barcelona como botella de náufrago con un solo mensaje (una novela) y la pregunta de siempre: ¿para qué vine?, ¿qué hago? Cuando él llegó de Alemania y nos encontramos, abrevió mis divagaciones existenciales: me presentó a Carmen Balcells, su agente literaria, a quien le dejé mi novela; también habló por mí y me consiguió entrevistas en dos o tres editoriales.

Después: algunas incursiones por lugares non sanctos, como "Donde los artistas nacen", cabaret del Barrio Chino donde viejas de no menos de ochenta años hacían strep-tease; largas caminatas por las Ramblas, por el Barrio Gótico, por la costa. Un día él se fue a París a gestionar la traducción de uno de sus libros; yo regresé a la Argentina. Volvimos a vernos en el ’85. Le habían dado un trabajo en la Casa de Mendoza, en Buenos Aires, que cumplía a desgano, puso un taller literario, viajó a Mendoza para recibir el reconocimiento público que le hizo el Gobierno (una especie de disculpa obligatoria que él asumió), volvió a Buenos Aires, y murió de un derrame cerebral el 10 de octubre de 1986.

No agregaría nada hablar de sus libros, no soy crítico y los que lo son lo han hecho en abundancia y a su favor. Lo recuerdo y valoro ahora, ya que cuando nos tratamos no podía comprender que él se interesara por mí y menos aceptar que ese hombre tan valorado, que había dado de sí obras transformadoras y señeras, en las que predominaba lo estético, tuviera actitudes "demasiado humanas" sin caer en la cuenta que algunas eran simple y afectuosa camaradería.

Contradictorio, riguroso, ejecutor por naturaleza, dueño de un pudor especial, de difícil trato pero que permitía -y escuchaba- cualquier tipo de conflicto, aunque medía el consejo. Una de las notas de su carácter era el temor obsesivo de poner en acción, en movimiento, un pensamiento que causara daño o malos entendidos (aunque a veces los propiciaba).
 
Recuerdo un altercado que se produjo en mi casa entre él y otro comensal, que lo atacó; al día siguiente le escribió una carta a mi madre agradeciendo su hospitalidad. A esta carta adosó otra dirigida a mí: "No sé si esta carta debe llegar a su destinataria. Desconfío de alguna mala interpretación que sin quererlo pueda causar, o de que no exista disposición favorable. Léala. De ningún modo debe entregarla si tiene la menor sospecha de que pueda causar algún disgusto, cualquier problema, a su mamá o a terceros. Queda usted de árbitro. Mida sensatamente las consecuencias". Personalmente, me alertó: "El ataque no fue contra mí".

Me llegan, desordenados en el tiempo, algunas palabras, algunos hechos: "Aprenda a decir no, no acepte la oferta fácil", "… el proceso de trituración que efectuamos todos los días, al salir a la calle", "que sus personajes nunca mientan, que hagan lo que tengan que hacer"; aquellas críticas favorables a mis primeros libros que hizo sin firmarlas ni decirme que eran de su autoría, mi reproche porque se había omitido en ellas uno de mis cuentos y su consiguiente silencio doloroso y comprensivo para con mi fatuidad; la visita nocturna a mi vieja casa familiar, abandonada y en ruinas donde lo llevé para jugar una dramatización que él no aceptó: "Vamos, José María, es como profanar un muerto, la pobre no se puede defender".

Ya no existe. Si acaso contempla pasado y presente desde ese supuesto más allá, sienta -él, tan dostoieskiano- como Alioscha, al final de toda la tragedia de los Karamasovi, cuando le responde a uno de los niños: "Cierto que resucitaremos, sin duda que nos veremos de nuevo y con alegría nos contaremos todo lo que haya pasado".

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