Volví como si hubiera caído en la cuenta de estar comprometido en una gran deuda. Como si no hubiera hecho lo suficiente para generar conciencia del más grande de los males que se nos vino encima. Como si estuviera aplicado a cuestiones menores -la política chica, las urnas de 2011, economía de la escasez- mientras se ciñe sobre nosotros, un fantasma que condiciona la vida: el agua.
Nos encontramos periodistas y especialistas de gran parte de América Latina, miércoles y jueves, en un Montevideo agobiado por el calor, mientras José Mujica lidiaba con los anestesistas y sindicalistas municipales que le han parado hospitales y medio país.
Deduje tras el encuentro que no hemos trabajado lo suficiente para enfrentar el avance de la sed, de la deforestación continental y la desertificación, de la contaminación del agua escasa, ni tampoco para prevenir la ambiciosa mirada que los más poderosos intereses del mundo tienen puesta sobre América Latina.
Es explicable el interés de los ricos de todos los confines: desde el Orinoco, pasando por la Amazonia, "la gran bomba de agua que humecta el sur", según explicaron 3 brasileños, Adalberto Marcondes, Rodrigo Prada y Gustavo Hacks de Barros, aterrorizados por su deforestación (para sembrar soja); por el sistema del Plata y el acuífero Guaraní (que reserva agua pura en los bordes de Argentina, Uruguay y Paraguay), y por los afligidos glaciares de la espina dorsal de los Andes (en tétrica retracción).
Ahí están los mayores reservorios de agua potable de la Tierra, después de los polos.
Somos el Nuevo Dorado (como definió Víctor Braccheta, periodista uruguayo, autor de "El fraude de la celulosa", que advierte sobre la llegada de capitales del mundo para utilizar los bosques y procesar celulosa en el borde de nuestros ríos).
Somos el Nuevo Dorado, pero no ya del oro: del agua disponible, que está asediada y en retroceso. Y de los recursos naturales -sobre todo los no renovables-, que seducen a poderosos intereses de chequeras abundantes.
El sayo de cada uno. A un grupo de los que nos hemos ocupado del asunto alguna vez nos invitó la semana pasada la GWP (Asociación Mundial para el Agua) regional Suramérica, que trabaja desde fines de los '90 en casi todo el mundo "para garantizar la seguridad hídrica y fomentar la gestión integrada de los recursos hídricos".
Anda propiciando urgente el diálogo y el compromiso, sobre esta angustia en 81 países distribuidos en 13 regiones.
Y si nosotros andamos preocupados por el Nuevo Dorado latinoamericano, tal vez baste saber que 1.100 millones de personas no disponen actualmente en el resto del mundo de "agua segura" y que 2.000 millones de seres humanos sobreviven oprimidos por la falta de agua en más de 40 países.
Ya hay intereses que mueven enormes capitales y hasta moverían ejércitos, buscando las entrañas donde mora el agua.
Pero el cuento se agrava: los datos de avance de las sequías, de las destructoras inundaciones, de la insólita contaminación y el derroche irracional del escaso 3% del agua que atesora la Tierra, son deprimentes. Es, cuando menos, desaprensivo, irresponsable.
En ese contexto, el cambio climático provocado por el calentamiento global (el de la campana de CO2 que irradia el progreso industrial, entre otros agentes, y del que tanto nos habla todos los días Ricardo Villalba, el Nobel de nuestro Cricyt) ha acelerado el tobogán de la sed.
Nos va la vida, y sin embargo, esta dramática realidad no figura habitualmente en las principales preocupaciones ciudadanas ni en las portadas: fue asombroso advertir la modestas políticas de Estado (esas que no se interrumpen con los cambios de color de gobiernos) para adaptarnos a este nuevo mundo que plantea el agua escasa. Hay improntas sueltas, espasmódicas, pero no conductas, cultura del nuevo componente de la ecuación vital.
La Copa Verde. En el encuentro no hubo desperdicio. Periodistas centroamericanos, brasileños, uruguayos, chilenos y un par de argentinos, hablaron de sus pagos y las luchas o inacciones ante este, el más importante de los desvelos mundiales (más aún que el de la energía y hasta condicionante del hambre).
Adalberto Marcondes -creador del sitio www.envolverde.com.br, un fanático defensor de la Amazonia- advirtió que con los nuevos replanteos de Lula -limitó la deforestación de ese gran pulmón- "habría que hacer una causa continental para evitar la deforestación de esa gigantesca bomba de agua para América Latina".
Dijo que le aporta al ciclo climático del continente "el equivalente hídrico del Amazonas y el Nilo juntos". "La mitad de Brasil es Amazonia", pero se han estado deforestando unas 27.000 hectáreas anuales hasta 2007 (para extender los campos de soja y la ganadería).
Relató que alguna vez, el desértico y pobrísimo noreste brasileño fue un vergel verde del cuerpo amazónico, pero fue defoliado y depredado con la pretensión de producir azúcar y ganado. "El clima de desierto, la aridez, está ganando terreno aceleradamente en Brasil", clamó. Y se lamentó: "En Brasil hay cobertura sistémica sólo para el fútbol y para los mercados financieros".
Su colega, Rodrigo Prada -efusivo y entusiasta, está a cargo de la Oficina de Prensa del próximo Mundial 2014-, forma parte de los equipos con los que Lula se propuso aprovechar el Mundial para "o mais grande plan de saneamiento y limpieza ambiental, de preservación del agua, de aprovechamiento del agua de lluvia y de montaje de instrumentos para racionalizar el consumo", aprovechando los recursos que habrá para el Mundial de "futibol".
Aseguró que habrá no menos de 7 estadios nuevos, con todos los adelantos de cuidado ambientalista y del agua (esos estadios aspiran a la certificación mundial de esa condición). Efusivamente dijo que "además de poner el mejor piso para Messi, Kaká o Ronaldo, vamos a desarrollar un plan ambiental para que el mundo recuerde este Mundial como "La Copa Verde" (que le quedará a Brasil, como legado).
¿Y por casa? Todos aportaron sus realidades y sus esperanzas de armar una cadena continental para profundizar en América Latina la cultura de preservación del agua escasa y de los recursos asediados. "Más compromiso, abrir la participación vinculante de la gente y presionar sobre los poderes públicos", se coincidió.
Todos nos quejamos de políticas de Estado discontinuas, con recursos relativos y metas insuficientes respecto de las urgencias.
Como cuando conté que -pese a que en los últimos 10 años hemos despertado de la modorra de un siglo- en Mendoza regamos todavía como los Huarpes -a manto, por inundación-, que no más del 12% del riego es con métodos modernos -goteo, aspersión y otros-, que aún andamos por el 10% de revestimiento de los 12.000 kilómetros de canales de riego, que sólo tenemos un pequeño dique de embalse en el río Mendoza -el que concentra el 80% del PBG y en torno al cual vive el 75% de los mendocinos de este País de las Arenas (Cuyum)-, que en los centros urbanos consumimos 550 litros per cápita cuando la OMS calcula que con 250 estaríamos hechos, que cobramos por tamaño de la propiedad en lugar de hacerlo por medidor de consumo (sólo 8.000 cuentas, de las 340.000 de Aguas de Mendoza, paga consumo por medidor), que no figura o está lejos de las prioridades, en el discurso de los políticos que sacan punta para 2011.
¿O acaso la emergencia hídrica de este año nos ha cambiado en serio la conducta?