Historias secretas de los pueblos antiguos

En “Historias desconocidas de la Argentina indígena”, sus autores, Andrés Bonatti y Javier Valdez, señalan haberse propuesto acercar al lector a “pueblos que quedaron relegados al ‘costado de la historia’, a valerosos hombres y mujeres a quienes la civilización aplastó con su prepotencia desmesurada”. Ofrecemos aquí, pues, un fragmento del primer capítulo de esta obra que viene a revelar aspectos poco conocidos de la vida de nuestros pueblos originarios.

sábado, 11 de diciembre de 2010
Historias secretas de los pueblos antiguos
Casi trescientos años antes de que San Martín, Belgrano y Güemes se convirtieran en héroes eternos por el arrojo demostrado en las guerras de la Independencia contra el invasor realista, vivieron en el norte del territorio argentino otros hombres que, dueños de una valentía sin igual y con un nivel de organización militar que hubiera envidiado cualquier general europeo de la época, enfrentaron en cruentas batallas a esos mismos españoles y estuvieron a punto de desmantelar sus recientes dominios en la región.
 
Sólo que, a diferencia de aquellos paladines del siglo XIX, los nombres de estos guerreros fueron olvidados por gran parte de la historiografía argentina. Juan Calchaquí, Viltipoco, Chalimín y Pedro Bohórquez, entre otros personajes calchaquíes, lideraron una de las mayores y más violentas rebeliones indígenas ocurridas en territorio argentino contra los invasores españoles.

Las Guerras Calchaquíes fueron, en realidad, una innumerable serie de acciones bélicas que, a lo largo de cien años, lograron horadar el poderío español y complicaron sus planes de conquista en la tierra americana. La defensa del territorio por los pueblos originarios fue heroica, valerosa e impensada para los españoles, que imaginaban un sometimiento sin resistencia.

La contienda, incluso, pudo haber terminado mucho peor para los invasores, pero las oportunas alianzas que concretaron con algunas comunidades nativas enemigas de los calchaquíes, les permitieron finalmente alcanzar la victoria.

Cuando el español Diego de Almagro ingresó al norte del actual territorio argentino, en 1536, se encontró con una prolongación del mundo inca.

Calchaquíes o Diaguitas, Atacamas y Omaguacas o Humahuacas, las tres grandes culturas que habitaban por aquel entonces la región, habían sido dominadas por el Imperio del Sol alrededor de 1476, cuando el Inca Tupac Yupanqui puso sus ojos en las tierras al sur del Tahuantinsuyu e inició la expansión que alcanzó hasta la actual provincia de Tucumán, empresa que culminó su sucesor, Huayna Capac.

La conquista inca implicó la movilización de más de 50.000 hombres alistados para la guerra, pero que terminaron afincándose en los nuevos territorios anexados al imperio. A esta población se la denominó mitmaqkuna y fue esencial en la expansión política y territorial del Estado incaico. Los incas, además, impusieron en la región sus estructuras e instituciones sociales.

El Estado Inca estaba organizado políticamente sobre una fuerte base de poderes y alianzas centradas en Cusco, la capital. Sus provincias quedaron bajo el control de nobles o gobernadores, que ejercían su poder sobre los jefes locales o curacas. Establecieron un gran sistema de comunicación, por medio de rutas y tambos, que dinamizó la interacción de la capital con el resto de las ciudades.

Ante cada nuevo dominio el Inca se convertía en propietario de toda la tierra anexada, que luego se dividía en forma tripartita: una parte para el Inca, otra para el culto oficial y la tercera para la comunidad.

Aunque algunos testigos de la época, como el escritor Garcilaso de la Vega, sostienen que la integración del Imperio inca a los pueblos del norte argentino fue casi un acto voluntario de estos últimos, otros afirman que en realidad las etnias originarias opusieron gran resistencia, lo que en definitiva les permitió sentar las bases de una organización militar que quedaría en evidencia muchos años después, con la llegada de los españoles.

Los incas dividieron la región conquistada en cuatro jurisdicciones: al norte Humahuaca con centro en Tilcara; la zona de Chicoana, en los Valles Calchaquíes, con su eje político de La Paya; más al sur Quire Quire, con Tolombón como principal ciudad; y por último la región Austral, en la actual provincia de La Rioja, con núcleo político-administrativo asentado en Chilecito. De estas mismas ciudades emergieron, unos años más tarde, los líderes de las rebeliones calchaquíes desarrolladas durante la ocupación española.

Juan Calchaquí y Viltipoco

Las primeras expediciones españolas, encabezadas por Diego de Almagro, Felipe Gutiérrez, Nicolás de Heredia y Diego de Rojas, fracasaron rotundamente por la feroz resistencia indígena, que desbarató todos y cada uno de los intentos realistas de fundar ciudades e implantar los usos y costumbres de la "civilización".

La excepción fue Santiago del Estero, fundada por Francisco Gutiérrez en 1553, que sobrevivió a los ataques calchaquíes y se convirtió en la primera ciudad donde los españoles lograron imponer dos de sus principales sistemas de sometimiento -la encomienda y las reducciones- ,que en muy poco tiempo se multiplicarían por toda la colonia.
 
El primero de ellos obligaba a los indígenas a quedar bajo la orden de un encomendero para servirlos en toda clase de trabajos, a cambio de protección y evangelización. Los abusos y la explotación se debieron, en gran parte, al poder conferido al encomendero en las "mercedes" otorgadas por la corona.

Pedro Sotelo Narváez, partícipe activo en el proceso de conquista del Tucumán, dejó testimonio de esta práctica: "… Tiene esta ciudad [Santiago del Estero] cuarenta y ocho vecinos encomenderos de indios, los cuales se sirven de hasta doce mil indios más o menos [...] Los indios de estas provincias es gente humilde, idólatras de idolatrías no intrincadas…".

El otro sistema coercitivo utilizado por los españoles fue el traslado de la población nativa hacia "reducciones", lo que dio como resultado la desestructuración de las comunidades y la desarticulación de los lazos parentales.

En Cartas Annuas, escritas entre 1609 y 1612, el sacerdote Diego de Torres describió algunos aspectos de una misión jesuítica en territorio calchaquí: La provincia de Calchaquí, que está como a cuarenta leguas de San Miguel (de Tucumán).

Está en un valle fértil, aunque llueve en él muy raras veces, tiene muy buena temple, habrá en ella nueve o diez mil almas infieles [...] tomando yo licencia de los señores obispo y gobernador para enviar los padres a pacificar y reducir los indios.

El primer "rebelde" fue Juan Calchaquí, jefe de la comunidad de Tolombón, quien dotado de un gran carisma consiguió reunir bajo su liderazgo a miles de indígenas de toda la región.

Además de ser un gran guerrero, Calchaquí gozaba de un gran prestigio entre sus pares porque era considerado "guaca" en su ciudad, es decir una persona con poderes "chamánicos", capaz de conectar el espacio terrenal con el mundo espiritual y dominar ciertos aspectos de la naturaleza. La mayoría de los pueblos calchaquíes adoraba al sol y creía en la inmortalidad del alma.

El propio Sotelo de Narváez, un año antes de la fundación de Santiago del Estero, hizo referencia a la bravura de las comunidades calchaquíes y a la de su líder en particular: Yendo por estos valles adelante [...], se da en el Valle Calchaquí, indios de guerra, belicosos y para mucho.

Es tierra en donde han estado poblados, tres veces, españoles; saben servir como los del Perú. Han hecho despoblar por fuerza de armas a los españoles tres veces, y muertos muchos de ellos (a causa) de que obedece este valle y otras de su comarca a un señor que señorea a todos los caciques.

Calchaquí consiguió expulsar a Chile a José Núñez del Prado, y presentó una dura resistencia a Francisco de Aguirre, aunque éste logró capturarlo y detenerlo. Hábil negociador, obtuvo rápidamente la libertad y se refugió en las montañas para reorganizar a sus hombres. El objetivo, esta vez, fue la ciudad de Córdoba, principal centro político del poder español por aquellos tiempos.

Durante la batalla, fue nuevamente capturado, en esta oportunidad por el conquistador Castañeda, pero logró escapar. La voz de rebelión ya se hacía oír en toda la región. La situación para los españoles era agobiante, quedaron sitiados en Córdoba y con el suministro de agua cortado, mientras que la ciudad de Londres fue abandonada por sus pobladores, que se refugiaron en Santiago del Estero.

El alzamiento se extendió hasta Humahuaca y Juan Calchaquí adquirió cada vez más poder. Su influencia y liderazgo incluía a casi todos los pueblos de la Puna: casabindos, quilmes, apatamas, hualfines, chichas, juríes y charcas. Para 1563, la única ciudad controlada por los ibéricos en el extenso territorio era Santiago del Estero. En los siguientes veinte años, España emprendió una dura ofensiva militar con victorias y reveses en igual proporción.

Si bien el adelantado Gonzalo de Abreu creó una ciudad en el valle de Salta, repobló Londres y hasta obtuvo una precaria paz con Juan Calchaquí; otro español, Pedro de Zárate, sufrió el ataque de los calchaquíes y debió abandonar la recién fundada ciudad de San Francisco de la Nueva Providencia de Alava, en Jujuy. En 1588, una nueva campaña militar, encabezada por Juan Ramírez de Velasco, logró finalmente dar muerte al líder indígena.

La paz, sin embargo, estaba lejos de alcanzarse porque ya se había producido un nuevo levantamiento, más hacia el sur, encabezado por Diego Viltipoco, curaca de Purmamarca y líder de los omaguacas, un grupo originario asentado en la puerta de ingreso a los valles de Jujuy, Salta, Tucumán y Santiago del Estero, paso obligado de los españoles que se lanzaban desde el Alto Perú hacia el sur en busca de riquezas y población.
 
Los omaguacas no respondían a una autoridad central, sino que tenían jefes o curacas locales que a la hora de tratar temas importantes, como alianzas o guerras, se reunían en parlamentos o asambleas que tomaban las decisiones y los pasos a seguir.

Al igual que su antecesor, Viltipoco tuvo la habilidad de aglutinar bajo su figura a los principales pueblos de la época: diaguitas, chicas, churumatos, juríes y atacamas. En su apogeo, su ejército logró reunir a más de diez mil indígenas, un número superior a las fuerzas que había reunido en su momento Juan Calchaquí.

La rebelión era, para los aborígenes, el único modo conocido para expulsar a los invasores, o por lo menos para combatir la explotación y el sometimiento que el español impulsaba a través de sus encomenderos y sacerdotes.
 
Los indígenas sabían que con la llegada de españoles y la obligación de la encomienda, venía la explotación en forma indiscriminada, los abusos, traslados obligados de población, apropiación de las tierras y una amplia gama de castigos que se practicaban casi de una forma "natural" a niños, mujeres y hombres nativos. 1594 fue el año de mayor tensión entre aborígenes y españoles.

Enterados de que los seguidores de Viltipoco preparaban una estocada final para derrotarlos, los hombres del gobernador Ramírez de Velasco los sorprendieron durante una emboscada en Purmamarca, donde fueron detenidos Viltipoco y Tolay, su principal lugarteniente.

Los calchaquíes combatían a pie, y utilizaban el arco y la flecha como principal herramienta de combate, mientras que los españoles montaban a caballo y contaban con armas de fuego, fundamentales para la definición última de la lucha. Sin Viltipoco, la rebelión fue aplacada y los españoles volvieron a dominar la región. El líder indígena fue trasladado a la recién fundada San Salvador de Jujuy, donde permaneció hasta su muerte, ocurrida algunos años después.
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